La indignación pasera

(Reportaje). Sol, humedad, diciembre, la virgencita, Navidad y fin de año. “¡Por qué juegan con los pobres justo en estas fechas, mi Dios!”, se pregunta dolida doña Perla, sobre la persecusión a los paseros y paseras en el denominado operativo Hendy.

Reseña de gases lacrimógenos, ansiedad, espanto y rabia provocados por la represión y la restricción al comercio menor intrafronterizo.

Paseras rumbo a la balsa que traslada a los comerciantes a Formosa, de donde se trasladan a la ciudad de Clorinda. Foto: Mónica Omayra.

Entrada al Puerto Itá Enramada. Foto: Mónica Omayra.

Por tanto humo, fuego, balas, gritos, en esa hora crepuscular, doña Perla Coronel (66 años) y don Aurelio Mereles (68) no tuvieron tiempo de vislumbrar el dorado metálico en el horizonte y los claroscuros que se dibujaban en el río Paraguay ni de percibir la bandada de pájaros que formaban aros y piruetas en el aire. La abrupta incursión armada contra los manifestantes que protestaban por la restricción de traer mercaderías de la Argentina los sacó de su rutina de 40 años de atender su copetín, al lado de otros copetines y almacenes de sus hijos, hasta someterlos en el espanto y en el horror.

A sus 66 años, doña Perla no puede creer lo que esa tardecita del lunes, 1 de diciembre, vivió. No puede creer “cómo y con qué derecho” pegaban los cascos azules a las mujeres, a los jóvenes; cómo atropellaban con sus balas, sus bombas lacrimógenas; cómo inundaron de “inmundicia” el barrio Itá Enramada. “Ndahecháiva che péicha mba’e, ma-que por televisión”.

Ella, acostumbrada con su marido a atender a los paseros, estibadores, pescadores en su copetín, ella se pregunta “cómo y por qué se juega tanto por la gente pobre” y muestra sus ojos medio llorosos, hinchados aún de tanto humo lacrimógeno. Ante la tremenda incursión de los cascos azules, muchos de los manifestantes se refugiaron en las piezas de su casa y en el patio del fondo. “Yo tenía miedo de que entraran como hicieron con las casas de la villa”.

Los manifestantes se refugiaron en las casas de los alrededores, en los copetines de Aurelio y Perla y en las casitas de la villa más cercana. “No sé cómo es que aguanté y no desmayé, seguramente fue porque para mí era la primera vez. Estaba asombrada por todo”, recuerda doña Perla.

Don Aurelio, al centro, y Doña Perla, a la deracha, en el copetían donde trabajan hace 40 años, en la entrada del Puerto. Foto: Mónica Omayra.

“Ndaipóri chupekuéra mitã, embarazada, kuñakarai, otopáva henondépe ogarrotea ha ojapipa. Oimevaerãko drogado mba’e hikuái la péicha o actua haĝua”, refuerza don Aurelio. Y luego “vino la reacción, muchos manifestantes rompieron los vidrios de los tanques (carros hidrantes) con piedras, quemaron cubiertas, quemaron nafta y algunos más katu ya ombokapúma hi’ári kuéra. Cómo no, mba’éicha piko péicha ojehugáta mboriahúre”, rezonga y justifica don Aurelio. “Quince días sin trabajo, ahora, en pleno diciembre, cerca de la Navidad, el año nuevo, nos sacan el puchero de cada día”, comentaría luego, en otra ronda, el pasero Claudio Cabrera, reunido con los demás para ver qué hacer con la nueva medida del gobierno de establecer un techo de 2.500 dólares mensuales, con varios requisitos legales, incluido el registro único de contribuyente, para traer las mercaderías. Don Aurelio se deshace de indignación por tamaño atropello a su rutina. “Puta, ramera, haragán, mondaha, péicha he’i hikuái, ha ombokapu hi’ári kuéra, ogarrotea kuanto otopahápe”, sentencia y remata: “De golpe sacar la comida de la boca de los pobres es criminal”.

Es jueves. Una humedad que llueve en el cuerpo y un sol que sin darse cuenta lo subvierte y lo codifica en clave de plagueo se suman involuntariamente a la tensión general en el Puerto Itá Enramada. Un cordón de la Infantería de Marina marca el ingreso. Adentro, el humor de los estibadores y los paseros es agrio, hostil y en el fondo, a orillas del río, se observa una enorme plataforma de hierro semivacía. Del otro lado, en la Argentina, un  bloqueo de la ruta principal solo dejaba pasar autos y motos, formándose un cordón, entre Paraguay y Argentina, de alrededor de 10 kilómetros de camiones pesados. “Es que nosotros (el comercio de Clorinda) vivimos de Paraguay”, nos diría al otro día un trabajador argentino.

La presencia de la cámara fotográfica en la mano de la compañera Mónica incomoda, irrita más. “Kóa ipatrón-pe guarã omba’ápo, Vierci (Antonio J. Vierci, uno de los mayores importadores de productos de consumo básico en el Paraguay) umíape guarã”, escupiría un estibador que, sentado, sin nada qué hacer, esperaba la reapertura del comercio de pacotilla.

Paseros de Itá Enramada debatiendo sobre las nuevas medidas del gobierno. Foto: Mónica Omayra.

Ese día el Gobierno ya había decretado que los paseros podían traer mercaderías por valor de 2.500 dólares durante el mes. Los trabajadores no tomaban la medida como una victoria porque tenían que inscribirse como contribuyentes del Estado, pagar el impuesto por importación y no podían traer una extensa lista de productos: carnes, leche, crema, yogurt, suero de manteca, pastas lácteas para untar, quesos y requesón, huevos, miel, menudencias, yerba, azúcar, ropas, calzados y aceite.

El día terminaría en una confusión general. Qué hacer, cómo.

“Sapy’aiténteko kóa ko medida, upéiko ojeliberapajeýta hína, penemandu’a cherehe”, afirma uno de los paseros, en ronda con estibadores y pescadores en torno de una Brahma. “Kóa ko presidente oñemoî porã haguã i-socio kuérandi, umi empresario supermercadista-ndi. Ha’ekuéra ko la mayor contrabandista, maã piko ndoikuaái”, agrega Claudio Cabrera, antiguo pasero.

Una vez hechas las presentaciones, del recelo inicial de los trabajadores se descorcha un py’aro general contra los supermercados. “Yo te voy contar la verdad: en los supermercados se vive una esclavitud moderna”, arriesga don Hilario, trabajador de estiva y pesca, abriendo grande los ojos pequeños, negros, acentuando las frases con ademanes muy pronunciados. La ronda, dispersa en un principio, para y escucha a don Hilario, 60 años, con atención. “Se les maltrata a los trabajadores, ni al baño pueden ir; además;  se paga a 30 y sesenta días a los distribuidores. Son un gran pulpo que chupa la sangre de los demás”. Claudio Cabrera, envalentonado con la conversación, agrega: “Lo que en la Argentina compran por cinco mil, en los supermercados venden por 15.000 y quién no sabe que debajo de las papas y las naranjas meten de todo, en los enormes contenedores”.

El cielo empieza a oscurecer y el mundo de los bares, almacenes y copetines de los alrededores de Puerto Itá Enramada, a despoblarse. Uno de los estibadores, bien peinado, con una mochila al hombro, se prepara para cruzar a la Argentina y sumarse al bloqueo de ruta, medida de presión para acelerar las negociaciones. “Yo me iría, pero es muy peligroso manifestarse en otro país”, se justifica Claudio Cabrera. En el noticiero de la noche de Unicanal, se informa que 1.200 paseros (de los 20.000 aproximadamente en todo el país) ya se habían registrado como pequeños importadores y que existía la posibilidad de que al otro día se levante el corte de ruta en la Argentina.

Uno de las balsas utilizados para el cruce de Paraguay hacia Formosa, y viceversa. Foto: Mónica Omayra.

Turistas argentinos realizando el cruce en balsa. Las paseras no quisieron ser fotografiadas en su viaje a Clorinda. Los estigmas generados sobre ellas en la prensa les ha quitado toda confianza. Foto: Mónica Omayra.

La primera expedición

A la mañana del viernes la información del desbloqueo ocupa los titulares de la prensa. Por Itá Enramada, un pequeño grupo de mujeres se anima a encabezar la expedición. Lo hace en un murmullo general de quejas. Cuando la compañera fotógrafa desenvaina su cámara, la asaltan con preguntas: de dónde, quién, para qué.

“Ustedes sacan lo que quieren o solo lo que sus patrones le piden”, protesta Inocencia Valiente, 49 años. “Y cuando nos hacen entrevistas, editan todo”, agrega. Inocencia se ha levantado a las siete de la mañana. Se ha levantado muy quebrantada. Quince días sin trabajar “son muchísimos. Nosotros vivimos de esto. Yo, de esto (de traer mercaderías de Clorinda), crié a todos mis hijos”. Inocencia es maciza, arremetedora, un carácter construido en 35 años en el oficio de comprar, cargar, tramitar, alzar, bajar, lidiar con gendarmes, aduaneros y luego otra vez los policías de Paraguay “que te persiguen, no es poca cosa. Este no es un trabajo para cualquiera. Pero qué puedo hacer”.

Ella, del barrio San Rafael, Lambaré, de tanta ida y vuelta con los padres a Clorinda, en busca de mercaderías, no pudo estudiar, pero con su trabajo “hice estudiar a toditos mis hijos. Tengo una hija licenciada en administración de empresas, pero para qué que le sirvió. Ahora infla globos”.

A sus 49 años ya se siente cansada de tanto andar. “Nde py callo-pa ko reguatahápe, egana haguã 100.000 guaraníes. Este trabajo no es para cualquier persona”, reitera acentuando el gesto con las manos.

Al otro lado del río. Foto: Mónica Omayra.

“Hay veces que no puedo dormir de tantas preocupaciones. En Paraguay, nada es gratis, todo se compra. Che ambyasy la ndaguerekói hague dos o tres hijos argentinos, por lo menos asignación familiar hubiera tenido”, remata y pierde la vista en el horizonte boscoso del camino por el Pilcomayo.

Inocencia va a probar. Con 35 años de experiencia, algo se le ocurrirá para pasar las mercaderías que luego repartirá a la gente o a pequeños almacenes. Si bien nunca pensó enfrentar una represión como la de aquel lunes (“mba’éicha piko che dio la peichaitépeve o jugá hikuái la mboriahúre”), ella, de muy joven, sobrevivió a varias persecuciones de gendarmes argentinos, incluso a tiroteos.

La ciudad argentina de Clorinda tiene como principal actividad el comercio con Paraguay. Foto: Mónica Omayra.

Enzo Omar Martínez, comerciante de Clorinda. Foto: Mónica Omayra.

En Clorinda

Antes de despedirnos, Inocencia nos aconseja cuidarnos “porque hendy hína, ipy’aro hína lo mitã, ani aĝa oipe’a pendehegui pénde cámara”. Le agradecemos la advertencia y nos despedimos bajando del taxi en el centro mismo de esas cuatro manzanas de comercios, “el barrio Chino”.

En esas manzanas, “todos vivimos de los paraguayos”, comenta Enzo Omar Martínez, 45 años, argentino, hijo de paraguayos. Desde hace 30 años, él trabaja en los negocios del “barrio Chino”. “Estamos muy familiarizados con los paraguayos”. El comercio en Clorinda mueve un mundo de trabajo y capitales en fletes, remises, estibas y “el 90 por ciento de lo que acá se vende va a Paraguay”. No fue por casualidad o espíritu solidario que el corte de la ruta internacional por tres días haya tenido un consenso muy amplio en Clorinda, entre trabajadores y patrones. “Hasta los gendarmes estaban de acuerdo”, agrega Omar Martínez.

El primer día el trabajo en los comercios es relajado. El sol calienta igual que en Asunción, la tierra es grisácea y la mayor parte de las calles, de cemento. “En días normales, no damos abasto. Esto es un mundo de gente”, nos comenta otro comerciante, mientras despacha “Pepas”, una de las galletitas de producción argentina más vendidas en los últimos tiempos en los colectivos, comercios y las calles del Gran Asunción.

La mayoría de los comercios argentinos trabajan ventas al por mayor. Foto: Mónica Omayra.

El pequeño colectivo que va de Falcón a Asunción no se mueve hasta que se llena de pasajeros. Foto: Mónica Omayra.

El regreso

El retorno, ya por Puerto Falcón, nos permite observar la gigantesca hilera de camiones de carga apostados en los costados de la ruta internacional. Muy de a poco empezaría la circulación de esos enormes camiones, muchos de ellos llenos de autos. Un pequeño y casi imperceptible cartel de hierro, pegado en uno de los troncos metálicos del puente sobre el Pilcomayo, en el medio de ese río que divide el Chaco paraguayo del argentino, nos recuerda que ya estamos en Paraguay. A metros, en la orilla, se vislumbra a unas personas cargando un botecito de madera con mercaderías de almacén. “Hay muchas formas de pasar la mercadería”, diría I.V.

En Puerto Falcón, cuesta que se llene el colectivo que conduce a Asunción. Es un colectivo chico, coqueto, con una pintura agreste de Falcón encima del conductor. Ningún pasero lo utiliza para traer las mercaderías.

En el vehículo, una mujer de 60 años, cachetona, ampulosa, no para de protestar por la medida del gobierno de Horacio Cartes. “En 40 años que hago este recorrido, ni en tiempos de Stroessner pasé por esto”, se queja con su acompañante.  “Ndoduramo’ãi kóa (el Presidente), ndaikatúi ojehuga péicha mboriahúre”,  responde una chipera. Sin nada en el portabultos ni en la cajita decorada, el colectivo pasa sin muchos trámites el control de Aduanas. Unos minutos después, la gente masticaría con rabia silenciosa la abrupta incursión de un joven soldado de Infantería de Marina, cargado de una metralla, que rezongaba: “Ndapeguerúipa hína aceite”. No hay respuesta, solo el susurro de la mujer cachetona que no paraba de quejarse: “En 45 años nunca pasé por esto, ni en tiempo de la dictadura, señor”.

El trayecto de Falcón está cargado con grandes camiones, en su mayoría trasportadores de autos. Foto: Mónica Omayra.

Cruzando el Pilcomayo, de Falcón hacia Paraguay, vemos que “hay muchas formas de pasar la mercadería”. Foto: Mónica Omayra.

Clorinda. Foto: Mónica Omayra.

 

Las calles de Clorinda están inundadas de productos, principalmente de uso doméstico. Foto: Mónica Omayra.

Foto: Mónica Omayra.

Llegando al Paraguay, por Falcón. Foto: Mónica Omayra.

Itá Enramada. Foto: Mónica Omayra.

Puerto Itá Enramada. Foto: Mónica Omayra.

 

“No sé cómo es que aguanté y no desmayé», dijo Perla Coronel sobre la represión policial a los paseros la semana pasada.

Los copetines que rodean al Puerto Itá Enramada son los puntos de encuentro de los pequeños comerciantes y pescadores paraguayos. Foto: Mónica Omayra.

Estos últimos días estuvieorn más tranquilos en el Puerto Itá Enramada, tras los últimos acuerdos con el gobierno. Foto: Mónica Omayra.

El largo y pesado trajín de las paseras es cosa de todos los días. Para muchas, un trabajo familiar de generaciones. Foto: Mónica Omayra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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