La independencia paraguaya, experiencia de vida

(Reeditado) En este artículo, el lingüísta Bartomeu Meliá escribe sobre cómo mirar la independencia del Paraguay. 

Fuente de este artículo: edición Número 311 de la Revista Acción de febrero 2011

El padre jesuita Bartomeu Meliá. Fuente: www.infocatolicos.com

El padre jesuita Bartomeu Meliá. Fuente: www.infocatolicos.com

Muchos de nosotros relacionamos la independencia con aquel proceso –o un momento determinado– en el que sentimos que hemos roto ataduras que nos sujetaban y oprimían. Esto no quiere decir que lo que sentimos como dependencia, lo hemos sentido siempre como tal, ni que no podamos desear volver de nuevo a la misma u otra dependencia similar.

Lo que sucede en la vida individual de las personas puede trasladarse a la vida de un pueblo, comunidad o nación. Los tiempos de la dependencia están marcados por la falta de libertad en un u otro orden. La condición general de la dependencia así como los deseos de independencia hacen de ella una verdadera experiencia que adquiere el valor de categoría universal. Todos y cada uno estamos siempre en procesos de independencia hasta conseguir la libertad plena.

En este año de 2011 en el que recordamos la Independencia del Paraguay, hace 200 años, ¿hasta qué punto ese recuerdo y memoria puede convertirse en experiencia personal y presente, pero cargada de futuro?

Algunos hitos del proceso de emancipación La Independencia del Paraguay es un hito en el camino que indica un punto al que se llegó, y del que se partió de nuevo. Como dice Pedro Guido Rodríguez-Alcalá, en el proceso hay que distinguir un inicio, una declaración y el logro real de la independencia.

Se insiste con mucha razón que el 14 de mayo se inicia un proceso. Desde ese día y a lo largo de 1811 hasta 1814 se produjeron en el país una serie de congresos y asambleas en los que se fue declarando cómo se concretaban y entendían los propósitos de la revolución de mayo. La importancia de esos actos viene dada por su continuidad. la sociedad paraguaya estuvo en estado de cambio.

Lo más relevante de esos años es la participación popular de los vecinos de esa patria que se van sintiendo ciudadanos de una nueva república.

En diversas notas, como la de junio de 1811, se definen los propósitos de la revolución de mayo, “de no entregarse al arbitrio ajeno ni cambiar una cadena por otras, ni mudar de amos”; para ello la educación se presenta como prioridad, como consta en el bando de enero de 1812.

La representatividad de los Cabildos fue esencial en todo el proceso. El Congreso General de octubre de 1813, al cual acudieron 1.000 representantes, marca el punto alto de la formación política del nuevo Estado. No es un congreso de gente letrada, y no está compuesto solo por asuncenos. Vienen a él desde los más apartados rincones de la provincia los nombrados en elecciones populares y libres, prescindiendo de si calzan o no zapatos, de si son comerciantes o agricultores, militares o civiles, con tal de que sean hombres de bien y honrados. Muchos son analfabetos y es del todo cierto que no hablan sino guaraní. Esa “abigarrada multitud” obligada a mantenerse a sus costas mientras permanece en Asunción, parece que en realidad no entiende mucho de lo que se habla, pero acepta y convalida sin más las resoluciones preparadas ya por el doctor José Gaspar de Francia. En este congreso se adopta el consulado como régimen de gobierno, para el que son elegidos Fulgencio Yegros y el doctor Francia.

En el siguiente congreso de 1814 el doctor Francia es nombrado dictador, y dictador supremo en 1816, con lo que se interrumpe el proceso democrático.

Así pues, pocos años después de la tal independencia, el Paraguay vivirá ya sometido a dos dictaduras seguidas, la del doctor Francia, hasta 1840, y la de Carlos Antonio López, hasta 1862, público, mantienen a la nueva nación sujeta a sus dictados e intereses personales.

Para no dejar demasiados cabos sueltos, recuérdese que sólo el 25 de diciembre de 1842 el congreso declara solemnemente la independencia del Paraguay, que España sólo reconoce en 1880, es decir, después de la Guerra Grande.

Las historias escolares

Por todo lo dicho no es fácil marcar una fecha única para la independencia del Paraguay, ya que ella se da a través de varios hechos sucesivos que se fortalecen entre sí, en los cuales se dan también grandes contradicciones; una historia de glorias y desgracias.

Antes estas confusiones y dificultades las historias convencionales que han pasado a la enseñanza escolar han cedido a la tentación de contar una historia fragmentada, simplificada y discontinua, en la que caben al mismo tiempo héroes y villanos, próceres y traidores, sin que se explique cómo ellos pasaron de una condición honrosa a otra denigrante.

Los grandes prohombres del primer momento son pocos años después pobres desgraciados que estarán en la cárcel. ¿Por qué Fulgencio Yegros, que había sido cónsul junto con el doctor Francia, fue mandado ejecutar por este mismo, en 1821? ¿Por qué Pedro Juan Caballero es llevado a suicidarse en su celda de prisión, también en 1821? ¿Por qué Vicente Ignacio Iturbe, encarcelado hasta 1837, fue fusilado por orden del mismo Francia? Fernando de la Mora estuvo también en la cárcel hasta en ella morir en 1835.

Francisco Javier Bogarín entró en el anonimato, sin que se sepa siquiera el año de su muerte.

Explicar una Independencia del Paraguay en la cual se quiere hacer pasar como elementos positivos las dictaduras «necesarias» de Francia y López, como se hacía durante los años de terrible dictadura de Alfredo Stroessner, complica todavía más el cuadro. Desde qué perspectiva explicar a niños y jóvenes que se inician en su educación ciudadana, es un enorme desafío.

Salir de las historias para entrar en la historia

La labor de clarificación en estos años de Bicentenario del proceso de independencia no podrá terminar en 2011. Son demasiadas las incógnitas, demasiadas las cuestiones que queremos saber y nadie nos sabe explicar.

Como toda historia es una cuestión de re-presentación, es decir, de hacer de nuevo presente lo pasado en vistas a un futuro propio, parte de nuestra experiencia de vida como paraguayos, es necesario conocer la documentación, mucha no publicada todavía. La tarea es enorme, porque por mucho tiempo se dejó para mañana. Y se necesita coraje para leer, interpretar y sacar conclusiones propias, con respeto y sin miedo.

Los tres volúmenes, con el escueto título de: Francia, publicados en 2009 y 2010 por la Editorial Tiempo de Historia, son ya un aporte fundamental para el periodo crucial de la historia del Paraguay de 1762 a 1840.

Produjo desazón y rechazo según noticia aparecida en primera plana de Última Hora (viernes 11 de febrero) que “1.400 colegios nodarán historia en pleno Bicentenario”. La medida no sería tan “estúpida” como la califican algunos docentes de la materia, si se tiene en cuenta que en realidad ha habido una enseñanza de la historia por demás rutinaria, “que se limitó a una mirada cronológica, biográfica y memorística de los sucesos”, como acotaba el mismo día el profesor José Antonio Galeano.

La Independencia del Paraguay no son fechas ni personajes, sino experiencia de vida ciudadana en libertad y para la libertad. La Independencia pasa por las experiencias de dependencia que ya nos abruman de nuevo en todos los órdenes y de las que hay que liberarse. Quienes están en edad escolar ya tienen conciencia de ello, y esa experiencia tiene que ser profundizada y llevada a sus puntos críticos. Hay que sacar a la Historia de las historias hechas y repetidas.

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