La impronta autoritaria ha permeado todo el tejido social paraguayo

Blas es editor de Correo Semanal, de Ultima Hora. Lee mucho y escribe con mucha sobriedad. Es de esos raros tipos que todavía leen un libro papel en el colectivo. De joven era muy bueno también con la pelota (metió un gol a Iker Kasillas, Real Madrid, cuando jugaba en las juveniles de Olimpia), pero las letras y otros hábitos se impusieron. Luqueño, dirigente estudiantil, impulsor de clubes de lectura, hijo dilecto ya de la “transición”, acá nos cuenta su experiencia y su opinión en torno de este alarde fascista de “salir a cazar zurdos”, de llamar “campesinos haraganes” o “vagos” a disconformes con el modelo de acumulación, entre otras consideraciones hostiles.

-Blas, ¿tenés o tuviste experiencias de agresión verbal o física de parte de los que te consideran «extraño»?

Soy de la generación que vivió buena parte de su juventud en los años 90, es decir, los inmediatamente posteriores a la caída de la dictadura. Todavía aquel ambiente opresivo que dejaron 35 años de régimen de institucionalización de la mediocridad y de persecución a la diferencia estaba bastante fuerte. Así que por llevar el pelo largo, por gustar de la literatura y, sobre todo, por haber impulsado junto con otra gente un movimiento estudiantil con ideas de izquierda en el Colegio Nacional de Luque, hubo agresiones físicas y verbales (en este último caso de parte de un profesor quien no podía ver a ningún estudiante con pelo largo y barba, es decir, el estereotipo del «guerrillero», del «revolucionario» para el stronismo de manual).

-Blas, por qué creés que todavía se toman naturalmente el derecho de agredir, de amenazar…

Es la herencia, me parece, que casi un siglo de autoritarismo ha dejado en Paraguay. Es un autoritarismo ejercido, si uno se pone a mirar bien adentro de su esencia, por parte de la misma procedencia social, económica, política y de clase que lo ha venido ejerciendo desde la constitución de los partidos tradicionales, a fines del siglo XIX. Allá, arriba, son los mismos apellidos siempre. Esa impronta autoritaria ha permeado ya a estas alturas (y sobre todo mediante el trabajo «quirúrgico» del stronismo) todo el tejido social paraguayo, que los mismos colorados o liberales de clases populares naturalizan la infamia del despotismo, del absolutismo. Cuando pueden, lo ejercen. Y cuando les toca sufrirlo, lo sufren «naturalmente». Es «normal» hacerlo porque los ampara más de una centuria de prácticas culturales autoritarias.

-¿Cómo imaginás una reacción fascista si existiera confrontación real. Es decir, si en realidad existiera un proceso que «peligre» su hegemonía?

 

Con el ejemplo apenas tímido que se dio entre 2008 y 2012, sin la profundización en un modelo económico, cultural y político que por su propia naturaleza democrática arrase con los nostálgicos y practicantes de la intolerancia, éstos estuvieron muy «nerviosos» durante aquellos años en que colectivos culturales otros, líderazgos otros, expresiones políticas otras asomaron mínimamente en la escena paraguaya. A pesar de ese mínimo asomo, de ese tímido ejemplo, la respuesta de la nostalgia autoritaria fue un «golpe de Estado», y la vuelta a esa atmósfera «enrarecida», siempre al filo del regreso al fascismo que caracteriza a Paraguay de 2012 a 2015. Sin que las expresiones políticas y sociales de esa «diferencia», de esa mayoría y esas minorías con prácticas cotidianas más democráticas, muestren un crecimiento en el campo de lo político-electoral, de lo político-social, de lo político-cultural, de lo político-insurrecional incluso, no veo que se pueda apeligrar esa «hegemonía». Si aquello sucede, no tengo dudas de que la respuesta de los que ven peligrada su hegemonía autoritaria será mucho más violenta de lo que hasta hoy ha sido.

 

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