La hipocresía en política: Cartes descubre la ética y la corrupción

Opinión: «Ha llegado el momento de que la ciudadanía comience a juzgarlo por sus acciones y no tanto por su personalidad».

Horacio Cartes.

Para el advenedizo en la política nacional Horacio Cartes, ha llegado el momento de que la ciudadanía comience a juzgarlo por sus acciones y no tanto por su personalidad, presentada hasta ahora en un mapa controvertido, en el que se han mezclado, en minoría, los elogios de sus allegados, y las versiones mayoritarias provenientes de diferentes fuentes locales y extranjeras, incluso diplomáticas, situándolo como delincuente.

Exitoso empresario, dicen sus informes de cierre de balances anuales, esas tablas de números que nunca develan el origen de los capitales, y que a menudo se olvidan cuando el jolgorio mediático y del entorno disminuyen, todo indica que Cartes ingresó a la política con la misma idea que tiempo atrás incursionó en el fútbol, aunque con una diferencia substancial en su objetivo.

Comprar el Club Libertad le permitió lograr una notoriedad popular que nunca había tenido y que superó de lejos todas sus gordas inversiones en publicidad comercial de sus gaseosas, cuando supuestamente habría considerado que ya era momento de salir de su discreta figuración que probablemente había optado para servir mejor a las otras actividades que, más bien, le imponían el mayor alejamiento de entrevistas de prensa, flashes y cámaras.

El fútbol le sirvió  de trampolín para ocupar un sitial de mucha influencia en la Asociación del balompié nacional, y su voto fue decisivo en la conformación de la nueva conducción de esa venerable institución, una de las menos transparentes en este país de grosero velo administrativo, alimento de la impunidad y corrupción en todas las estructuras de poder.

Un desconocido en el mundo político hasta hace dos años, en el que hizo su irrupción en mérito a su inmensa fortuna personal y a su ideología retrógrada, ignorada hasta ese momento por la inmensa mayoría de los paraguayos, pero que en una pocas manifestaciones, el propio precandidato se ha encargado de presentar sin ningún disimulo.

Adicto al poder, obsesionado por mandar y conducir personalmente toda empresa que, en base a sus colosales inversiones de capital considera que le pertenecen, así  sean de servicio público, como el fútbol, o un partido político, alimenta con fanatismo su adhesión al modelo capitalista de crecimiento macroeconómico del tipo aplicado en Chile por la tiranía del General Augusto Pinochet, de la mano de los Chicago Boys.

Ignora voluntariamente los principios, conceptos y métodos del desarrollo social y está  convencido de que gobernar un país es similar a dirigir una estancia (tendría más de media docena).

Pobre, muy pobre en presentación política, en su tozudo emprendimiento por apropiarse del Partido Colorado, Cartes, ha carecido de una estrategia básica, mostrando una ignorancia supina del engranaje de esa maléfica máquina política, dos errores que le pueden resultar fatales en la proyección a abril del 2013.

Pese a la senectud de sus más poderosos dirigentes, la ANR exhibe aún gran habilidad para ser conducida desde las sombras por personas que poseen inmensas fortunas, mayor parte igualmente malhabidas, las cuales nunca han permitido ser superadas por el dinero de personajes foráneos, tal el caso del fracasado Domínguez Dibb, ante un hombre con larga militancia en el partido, como lo es Nicanor Duarte Frutos.

Cartes, seguramente desarrolló mucha experiencia tejiendo negociados en el proceso de la construcción de su fortuna personal, pero se confundió  al ingresar en la política, porque nunca supo, y quizás nadie le dijo o su soberbia el impidió escuchar bien,  que ella es arte hasta en su desquicio y, quizás por primera vez en su vida, cayó  seducido por la oferta de hacerse fácilmente del poder y los beneficios financieros que todo  Estado depara a los oportunistas, como le vendieron profesionales de la politiquería.

Envuelto en las redes deshilachadas de la cúpula colorada, trata de zafarse como cualquier pescado, aprovechando la turbulencia de las aguas, pero resulta que el hilo es mucho más resistente de lo que pudo imaginarse desde la orilla y, aunque pudiera salir, no podrá evitar dejar tras de sí un reguero sanguinolento.

Ahora descubre, en el sumun de la hipocresía, que “el modelo de Lilian y Zacarías es idéntico, administrar sin ética, (aunque) la institucionalidad es ética, transparencia y control, lo que ella no quiere”, dijo en entrevistas concedidas a dos diarios capitalinos el pasado fin de semana.

Es por todos conocidos que fue decisiva su intervención financiera para que la ANR recuperara varias municipalidades (“me acerqué al Partido cuando estaba en silencio absoluto”), pero ahora descubre que sus adversarios “están cortados por la misma tijera, uno, candidato presidencial, tiene a su señora Intendente de Ciudad del Este y la otra (también postulada) en Asunción a su hermano (Arnaldo Samaniego).

Aquí cabe perfectamente recordar lo que el 13 de mayo de 1904 dijo el vasco Pío Baroja, en el madrileño Café de Levante, ante una tertulia de prestigiosos pensadores que hablaban de los españoles y de las clases sociales:

“La verdad es que en España hay siete clases de españoles… Sí, como los siete pecados capitales. A saber:

1) Los que no saben;

2) los que no quieren saber;

3) los que odian el saber;

4) los que sufren por no saber;

5) los que aparentan que saben;

6) los que triunfan sin saber;

7) y los que viven gracias a que los demás no saben.

Estos últimos se llaman a sí mismos ‘políticos’ y, a veces, hasta ‘intelectuales’.»

 

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