La foto que recorrió el mundo

Historia de una imagen de resistencia a la Dictadura Stronista.

Liz Fernández, 27 años después en el mismo sitio de la mítica imagen que recorriera el mundo. Foto de Rocío Céspedes

Es martes 13 de junio, un día dorado, de fresco otoñal  y sol abundante. En la explanada de la Catedral, ella ya está sentada en uno de los escalones y Rocío Chari Céspedes apura algunas tomas para E’a. De fondo, la imponente iglesia, a los costados un boulevar Comuneros y al Norte una lengua de la bahía se deja ver brillante. Liz acababa de llegar de uno de los tantos viajes por Europa a los que accede gracias a su trabajo de agente turístico. En ese mismo lugar, el 26 de abril de 1986, una foto de ella, con las manos abiertas y el cuerpo como entregado al universo, recorrería buena parte del mundo. Parece y es ya una postal, pero en condiciones poco plácidas y no tan folklóricas como podrían ser esas fotos de trenzas floridas y danza paraguaya que inundaban las boletas de los correos y las postales turísticas. La policía del régimen de Alfredo Stroessner había acordonado la Catedral con un carro hidrante y armas que disparaban no precisamente rosas. El país despertaba recién del letargo rural, con una casta económica que emergía de los negocios de Itaipú y la reexportación de los productos (eso de traer mercaderías afuera y reenviarlas a Argentina y Brasil). Los nuevos ricos ya se habían hecho cargo del país, dejando al antiguo grupo de ganaderos liberales en un segundo o quizá tercer escalón de la acumulación económica. Era un 26 de abril de 1986, decíamos, y Liz salía de la Iglesia donde se había desarrollado una misa por la liberación de cuatro médicos, entre ellos el actual senador del Frente Guasu, Carlos Filizzola, y ministro de Interior del gobierno de Fernando Lugo cuando ocurrió la matanza de Curuguaty (15 de junio de 2012).

Con los brazos abiertos y el cuerpo entregado al universo, aquel día, 26 de abril de 1986, Liz Fernández salió a enfrentar a la fuerza policial. Autor de la Foto: Juan Moreno. Fuente: Archivo de Ultima Hora y Museo de las Memorias

Con los brazos abiertos y el cuerpo entregado al universo, aquel día, 26 de abril de 1986, Liz Fernández salió a enfrentar a la fuerza policial. No era una indignada repentina con necesidad catártica de desenchufarse de la computadora para sentir su propia carne. Un día antes de su nacimiento, en 1958 la policía entró a la casa en busca de su padre, Ignacio Fernández Casabianca. Viviría en ese tren oscuro y avieso de la clandestinidad casi toda su vida, compartiendo, sin embargo, vida y educación con grandes mujeres y hombres de nuestro país. Estudió con Olga Blinder, Livio Abramo y departió con Carmen Soler, la compañera entrañable de su tío, Luis Casabianca, también comunista, también apresado en muchas ocasiones. “Ella me leía poemas y yo le contaba chistes de Mario Abdo (Benítez, secretario privado de Alfredo Stroessner)”, comenta.

“Había mucha gente valiente, la lucha era genuina, de verdad”, suelta, como tratando de aproximarse secretamente a esos tiempos, tiempos épicos, según ella, “de dar la vida por una causa” y de diferenciarlo de los actuales.

En abril de 1986 salieron de la iglesia cantando Patria Querida y al advertir la presencia policial, ella se adelantó y les dijo: “vayánse de acá”.

Liz Fernández: Había mucha gente valiente, la lucha era genuina, de verdad. Foto de Rocío Céspedes

La caída de Alfredo Stroessner, en febrero de 1989, le tomó en Buenos Aires. “No sabía qué hacer, dónde ir, es algo que no le perdono a mi marido”, suelta y se ríe. Esperar toda la vida que el régimen de Stroessner caiga y que justo ese hecho le agarrara en otro país es como para “matarse”. También la masacre de Curuguaty y la formalización del golpe sicario y corporativo del 22 de junio la tomó estando ella en otro país, de viaje por Europa. Son cosas del destierro y del trabajo, “qué se le va a hacer”. Del 86 a esta parte han pasado muchas cosas, “es todo muy distinto. No sé cómo es hoy la lucha, veo mucho desencanto, no sé, no sé…” Tiene cuatro hijos, de 24, 19, 15 y 12 años. Vive en su antiguo barrio, Las Mercedes. “Estoy sola, no es fácil”, comenta. Sí, han cambiado muchas cosas de ese tiempo épico a esta parte. Hace rato que Stroessner ya no está, pero todo huele a stronismo y barbarie neoliberal.

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