La felicidad de Rubén Villalba

Por Julio Benegas Vidallet

Rubén Villalba no cabe en sí, se abraza con todos, abraza a las criaturas, juega con ellas, la gente se toma fotos con él. El local del Partido Comunista, Brasil casi España, se viste de fiesta.
Najeeb Amado, el secretario general, de cumpleaños, recibe la libertad Rubén como un regalo inesperado e insuperable. Trae a la memoria la primera reunión que tuvieran, luego de 20 años de prisión, dirigentes del Partido Comunista paraguayo en Europa del Este. Se acuerda de Luis Casabianca, recientemente fallecido, el único que se animó a firmar un hábeas corpus en un momento en que se necesitaba generar atención en torno de la segunda huelga de hambre de Rubén en la cárcel. Se acuerda de que en todo este tiempo su gente no dejó de visitar ni una semana a los presos políticos.
El pa’i (Francisco de) Oliva dice “hemos vencido” y lo repite, casi le sale un “podemos, carajo”, pero en vez de carajo le nace una sonrisa plena, amable, que acaricia la ternura de un bebe durmiendo en la cuna. Los jóvenes lo miran, encantados, como se mira a un abuelito que narra epopeyas de la Guerra del Chaco o a las abuelas que cuentan relatos de poras en los senderos del bosque, en los pajonales y en las plantaciones.
Rubén, que ya quiere hablar, quiere decir tantas cosas, espera su turno sobándose las piernas. Cada vez le cuesta más atajar las lágrimas. Siente que debe decir un mensaje claro de esperanza y de lucha. A la mañana de ese jueves 13 de setiembre sorteó, por fin, las múltiples barras de hierro de Tacumbu, con su oficio de libertad condicional.
Cuando aquel 13 de abril de 2014, luego de 58 días de huelga de hambre, con sus demás compañeros del caso Curuguaty, había conseguido su prisión domiliciaria, a Rubén, sin pisar completamente el suelo de Curuguaty, lo habían devuelto a prisión. Desempolvaron en un santiamén el caso Pindo, de resistencia a un desalojo en 2008. Lo condenaron a siete años de prisión sin atenderse a los testigos propuestos por la defensa, sin atender los plazos procesales perimidos, sin considerarse las múltiples contradicciones en la acusación fiscal.
Rubén, sentenciado luego a 35 años por el Caso Curuguaty, no había apelado aquella sentencia de primera instancia por el caso Pindo. Esa es la razón por la cual él no traspasó los pabellones, las celdas y los barrotes de Tacumbu aquel 26 de julio del 2018 junto con Néstor Castro, Arnaldo Quintana y Luis Olmedo.
En un país en el que el Código solo toma en cuenta la sentencia mayor, a quién se le iba a ocurrir apelar una sentencia de siete teniendo encima una de 35 años. No habían previsto que “una crisis de la oligarquía paraguaya” –entre el grupo Cartes y una buena parte de las demás corporaciones- más la permanente movilización, nacional e internacional, al decir de Najeeb Amado, hubieran decantado, entre otras cosas, por el lado de la liberación plena de todos los procesados por la masacre de Curuguaty, aquel 26 de julio de 2018.
Pero todo ese mundo de especulación no estaba presente entre esos globos rojos y amarillos que colgaban del techo del local del PCP ni en la música de Néstor Amarilla ni de Santiago (El abuelo) Morales.
Afuera llueve, de esas lluvias que prometen extenderse toda la semana. Pararían, saldría, el viernes y sábado, un pleno sol, para retomar sus andanzas el domingo. Afuera, sobre Brasil casi España, hora de salida del trabajo, mucha gente intenta sostenerse parada a la espera del colectivo que la llevaría a casa. Adentro, Rubén Villalba no cabe en sí. “Añe’esetereima”, dice. Salta del asiento, abre las manos, agradece el acompañamiento y define un programa de lucha: “tierra, justicia y libertad, educación, salud y vivienda”.

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