La estética del poder

Sobre la circular de la nueva minsitra de la Función Pública para la vestimenta de los funcionarios. Opinión de Giovana Guggiari.

Caricatura de dibujante Goiriz

La burocracia tiene sus normas, sus rituales administrativos, sus códigos y sus prácticas. Se viste de un montón de aspectos formales (de forma) para construir y preservar su poder y su autoridad frente a los comunes mortales trabajadores de a pie que les pagamos sus salarios.

Los burócratas hablan difícil y cada tres palabras usan un número de decreto, ley o resolución ministerial para obstaculizar toda comprensión de los derechos que deberían garantizarte.

Los burócratas usan traje y corbata, sus mocasines siempre brillan, y ponen cara de poker para que quede claro que no están para ayudarte.

Los burócratas usan un manual de ceremonial y protocolo para destacar a las autoridades, comunicando a cada paso quien detenta el poder.

Los burócratas tienen chofer y alguien que les prepara el café. Siempre están ocupados en cualquier tipo de reunión, nunca atienden el teléfono ni tienen tiempo para resolver un pequeño problema que ellos argumentan es muy difícil y complicado.

Esa burocracia insensible y gris se vistió de colores a partir del 2008. Mucha gente joven con altos perfiles profesionales inundó con una nueva energía transformadora el pesado aparato burocrático en algunas instituciones claves del Poder Ejecutivo. Los pasillos se empezaron a llenar de movimiento, de ideas y de nuevos sentidos en torno a lo público. Perfiles técnicos nunca antes requeridos se volvieron necesarios. Antes solamente abogados, economistas, contadores y administradores tenían trabajo en el Estado, ahora sociólogos, psicólogos, comunicadores, trabajadores sociales, entre otros perfiles del área social, eran demandados por las instituciones púbicas. Por primera vez se empezó a entender la importancia de los procesos participativos, de la investigación y sistematización de información, de la comunicación para el desarrollo, etc. Y todo eso cambiaba el enfoque de las políticas públicas, orientándolas fundamentalmente hacia el desarrollo humano y la garantía de derechos ciudadanos.

Esa gente nueva “mal vestida” y “sin clase” tenía su propia «onda», mucha inteligencia y compromiso, trabajaban hasta 18 horas al día, en la oficina, con la gente en las comunidades, en la calle o en el Palacio de Gobierno. Esa gente diferente fue configurando una nueva estética del poder que ofendía a la burocracia clásica aferrada a sus simbologías autoritarias para subsistir. La presencia de esa gente “rara” se sentía en todas partes, aunque fueran minoría, eran los molestosos en las reuniones técnicas burocráticas, los que planteaban las cuestiones de fondo en los espacios formales no acostumbrados a discutir más allá de sus torpes marcos lógicos. Los eventos públicos tenían nuevos protocolos inclusivos, con intérpretes en lengua de señas, con locutores bilingües (español-guarani), con momentos de arte y cultura… rompiendo así con las viejas prácticas del ceremonial estatal heredadas de las monarquías europeas y las dictaduras, instalando un nuevo discurso y conceptualización acerca de lo público, dando paso a otras formas de pensar, construir y trabajar desde la diversidad.

Por eso creo que la circular sobre vestimenta que emitió la nueva Ministra de la Función Pública no es un detalle menor, implica un gran restroceso. No me causa risa que se prohíban explícitamente ropas extravagantes, llamativas o inapropiadas y que se exija “ropa de vestir” en la oficina, me suena más bien a un intento de “limpieza étnica”, donde nadie podrá expresar su personalidad ni sus ideas como lo garantiza el Articulo 25 de la Constitución Nacional: “Toda persona tiene el derecho a la libre expresión de su personalidad, a la creatividad y a la formación de su propia identidad. Se garantiza el pluralismo ideológico”. Se trata de una clara censura a la libertad de expresión y una prueba del retorno de esa lógica del poder autoritario, que no da espacio a que personas valiosas y con vocación de servicio sean parte del sector público, porque ya no importan los méritos y las capacidades sino la forma de vestir o la «buen presencia» en base a un criterio uniformador, y quizás incluso de la mano de esto, se vuelva a priorizar la adherencia a algún partido tradicional.

Uniformar las mentes es un poco más difícil que uniformar la vestimenta, pero claro está que se trata del primer paso para lo segundo. Bien pueden contarnos de esto el sistema educativo o el sistema militar. Me decía una amiga pedagoga, que hasta la década del 90, los institutos de formación docente en Paraguay calificaban, al igual que la propuesta educativa, si la maestra llevaba pollera, tacos a la medida requerida y maquillaje. ¡Pobres soldadas del Sistema! Educadas para no pensar ni cuestionar…

A pesar que desconsuela pensar en los efectos nefastos de las acciones de este gobierno golpista, resuenan en mi mente y me estimulan, las palabras que una funcionaria con más de 10 años de antigüedad en la función pública me dijo hace poco, «podrán venir nuevos jefes y nuevas autoridades, pero no les será fácil tener poder, porque ahora ya entendimos de qué se trata el poder: el poder es la capacidad de hacer cosas con otros, y ese poder no te lo da un cargo, sino tus habilidades humanas».

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