La educación: entre el estado y el mercado (I)

Ante el postergado debate de la educación en el Paraguay y la necesaria reivindicación de las oportunidades igualitarias en el acceso, la permanencia, el egreso y los efectos de la educación en la movilidad social y la equiparación de condiciones de vida justas para toda la población.

"La educación pública y laica de calidad, gratuita y obligatoria, la que no tenemos en Paraguay, es la que necesitamos para convivir como sujetos de derecho libres e iguales, y participar de una sociedad cohesionada, inclusiva y con oportunidades para todos y todas, la sociedad que no somos." Fotografía: "Bajo el mango" de Patricia López Benítez.

Por Claudia Talavera Reyes.

Tan postergado resulta el debate de la educación en el Paraguay que en relación al tema de la oferta educativa privada se han leído o escuchado recurrentemente expresiones como “no hay” nadie ni nada que se refiera a la regulación de la educación privada, “no sabemos”… a quién le corresponde hacerlo, “no estamos seguros”… de cómo se haría. Y estas han sido sólo las dudas del MEC. La FEDAPAR no ha encontrado argumentos para fundamentar por qué la educación debe ser garantizada y regulada por el Estado y no regida por la libre competencia (1), pese a expresarse enérgicamente acerca del lucro que persiguen muchas de las instituciones educativas locales. Más que señalar la responsabilidad del sector privado, acusa al Estado de ser el culpable de ofrecer una basura de educación pública, que ninguna familia elegiría para sus hijos e hijas.

Las instituciones educativas privadas también han manifestado su desconcierto ante la reclamación, declarando carecer de una postura acerca de la reglamentación de aranceles, puesto que nadie los había planteado nunca, pero en todo caso, oponiéndose a priori a la misma. Si a ello sumamos las contrapuestas y a ratos controvertidas posturas de los ciudadanos y las ciudadanas que participan, casi únicamente desde los foros de prensa digital, hallamos suficientes elementos sociológicos respecto a las antagónicas perspectivas de clase e ideologías que conforman la sociedad paraguaya, y, por supuesto, atraviesan la educación, y que la educación atravesada que tenemos las reproduce y perpetúa.

Y eso, aunque en este país nunca se hable de ideologías, o sólo se hable de ello para acusar a alguien, frecuentemente de manera despectiva. Sin embargo, la ideología y la clase subyacen en el debate educativo, nos guste o no admitirlo, sabiendo que la mayoría de las veces no somos conscientes de ello. Pero en vez de utilizarlo como arma arrojadiza, digámoslo de otro modo, sin terminología sospechosa: los intereses individuales y de grupo priman por sobre los intereses colectivos. Y los intereses económicos se imponen sobre los intereses humanos.

Porque la educación pública y laica de calidad, gratuita y obligatoria, la que no tenemos en Paraguay, es la que necesitamos para convivir como sujetos de derecho libres e iguales, y participar de una sociedad cohesionada, inclusiva y con oportunidades para todos y todas, la sociedad que no somos.

"La educación privada consolida la fragmentación social y nos recuerdala pertenencia o no pertenencia, la inclusión o no inclusión en el espectro de oportunidades sociales, laborales, económicas y en las posibilidades de futuro, muy explícitamente diferenciadas, entre unos y otros." Fotografía: "Mitakuña tavagua" de Patricia López Benítez.

La educación privada, que solo algunos pocos tienen en Paraguay, es la que consolida la fragmentación social y nos recuerda, por medio de uniformes, edificios, tecnologías, idiomas y toda una simbología creciente y consciente, la pertenencia o no pertenencia, la inclusión o no inclusión en el espectro de  oportunidades sociales, laborales, económicas y en las posibilidades de futuro, muy explícitamente diferenciadas, entre unos y otros. Ésta es la sociedad en la que vivimos.

Por un lado, las escuelas y los colegios de los hijos e hijas de los que pueden pagarse una empleada doméstica; por otro lado, las escuelas y los colegios a los que asisten hijos e hijas de esa empleada doméstica (si es que logran asistir). Aquí, la escuela privada de quienes van a la iglesia y dan una limosna; por allá, la escuel(it)a pública de quienes van a la iglesia a pedirla. De este lado, el edificio de quienes llevan a sus hijos e hijas al colegio en coche; de aquel lado, la derruida escuel(it)a nocturna que recibe a los que de día nos cuidan esos coches.

Sin embargo, esta reivindicación de las oportunidades igualitarias en el acceso, la permanencia, el egreso y los efectos de la educación en la movilidad social y la equiparación de condiciones de vida justas para toda la población, raramente se esgrime en tiempos de festejos, banderas, triunfos deportivos o himnos que aparentan cobijar a paraguayos y paraguayas con un sentir único. ¿Para cuándo el patriotismo educativo? Ese que también interpela y compromete a padres y madres de colegios privados que ahora se activan ante la forzosa migración de sus hijos e hijas hacia instituciones más baratas, muchas de ellas públicas (¡qué remedio!), pero que no los ha comprometido antes con los hijos e hijas de los otros, los sin voz, los sin derechos y sin más alternativas que esa “basura” que el Estado les ofrece. Ni siquiera se trata de que esos sin voz no sean católicos o de alguna otra religión, pues casi siempre lo son. En algún caso, esos mismos sectores religiosos que ofrecen una educación alternativa a la “basura” estatal a las familias con más recursos, ofrecen también alternativas a las familias pobres, pero nunca en la misma institución. ¿Cuándo estarán todos juntos en las mismas aulas codo con codo desafiando y desarmando esa fragmentación social tan manifiesta?

Los estudios internacionales corroboran que cuando la población con más recursos se aleja de la escuela pública, la calidad de ésta decae. Las familias más desfavorecidas raramente cuentan con tiempos, espacios o instrumentos para la defensa de sus derechos. A menudo deben conformarse con lo que se les ofrece. Se crean guetos de clase y se acentúan las opciones orientadas según intereses de grupos, y obviamente ello impacta en  la estructura social; en nuestro caso consolida las diferencias ya de por sí acuciantes.

Posiblemente, como afirma Pablo Gentili, el problema es que la educación no “interesa” a todos de la misma forma, en tanto la realidad latinoamericana desmiente “que todos tengamos las mismas aspiraciones y deseos acerca de la educación de nuestras futuras generaciones y que todos estemos en las mismas condiciones o con el mismo deseo de compartir los beneficios que la misma generará en materia de ampliación de oportunidades y derechos”, y “tampoco, claro está, que todos estemos del mismo modo de acuerdo en generar estrategias más democráticas de distribución de las riquezas que la educación genera y, en nuestra región, hoy como ayer, sólo algunos pocos acumulan” (2).

En definitiva, ¿estamos ante una nueva oportunidad para la queja mutua, la denuncia exaltada en los medios, la acusación y contraacusación en los foros, y el consiguiente opa reí paraguayo? ¿O incluso para alguna legislación de emergencia, que luego nadie se ocupa de que sea cumplida?

No es ésta una historia de culpas, culpables y acusadores. Ni es que el debate educativo asome per se, lamentablemente. Pero ojalá lo convirtamos entre todos en algo inaplazable. La queja, la denuncia, la reclamación que ha surgido en este tema en particular, que en definitiva afecta a unos POCOS, es deseable que se transforme en un debate más profundo y sobretodo, sin hipocresías, sobre la educación que se merecen TODAS las paraguayas, TODOS los paraguayos. Y que debemos seguir pensando en el marco de un proyecto de sociedad para unas y otros.

Porque alguna vez deberemos reconocer, mejor más pronto que más tarde, que éste es un país débil, de instituciones siempre en reconstrucción, de democracia siempre superficial, de historia siempre determinante, que si no se edifica colectivamente, no podrá “salvarlo” nadie. Ni un ególatra populista, ni un exobispo improvisado, o un ¿empresario? sin escrúpulos devenido en político (por decir lo menos de cada uno de los aludidos), o cualquier ejemplar de tales tipos.

Ojalá contemos con otras opciones más esperanzadoras de aquí a un año, pero con o sin esas opciones, ¿aspiramos realmente a una sociedad de iguales? ¿Es cierto que todos deseamos una sociedad integrada y justa, una escuela y una educación pública de calidad, laica, gratuita y obligatoria, garante de los derechos fundamentales de la infancia y la adolescencia paraguaya en general? ¿O nos sentimos más cómodos con la alternativa privada particular, en donde nuestros hijos e hijas crecen bien apartaditos del resto para que nadie se confunda, y en donde no pocas veces los instruyen acerca de los privilegios de su clase y la defensa de sus oportunidades? (Y como si no bastara, también sobre los de su religión.)

Más allá de la gravedad de las acusaciones hechas por FEDAPAR y compartidas por mucha gente, o de la necesaria revisión de las políticas de lucro privado a través de la educación, entre otras varias cuestiones relativas a este tema, la educación paraguaya afronta una vez más el reto de reconocerse en sus límites, los del acceso y la cobertura en todos los territorios, los de la equidad y calidad de la oferta, y por supuesto, los de la (in)justicia de sus resultados.

Notas:

  1. Sobre los argumentos de esta cuestión se tratará en otro artículo.
  2. Gentili, P. (2010). Tres argumentos acerca de la crisis de la Educación Media en América Latina. Buenos Aires: SITEAL, pp. 5-6.

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