La despedida

Por el aniversario número 116 del nacimiento de Manuel Ortiz Guerrero, compartimos con ustedes el cuento La despedida, que trata de los últimos momentos de Manú, el poeta paraguayo.

La despedida, según Juan de Dios Valdez (facebook.com/juandediospintor). Imagen: cortesía de la revista Acción Cooperativa.

José no se mueve. Percibe un sonido imposible entre las letras del epitafio, la cruz, y los otros nichos. Su mirada es una mirada extraviada entre el silencio y el epitafio. Imagina a Manú vivo, joven, robando velas a los difuntos. Es como si lo viera. Manú encendiendo las velas, Manú leyendo a Rubén Darío, Manú y Guillermo Molinas charlando sobre los artículos de Barrett. Manú compartiendo una caña, fumando un tabaco pobre, escribiendo. El tiempo pasa, o es solo un silencio de redonda entre José y el epitafio. Ahora José imagina a Manú caminando apenas, y entre penas, a orillas del arroyo Mburicao. Es como si lo viera: apoyado en su bastón, mirando su rostro curtido, mirando a través del agua su mirada oculta entre cabellos largos y ondulados, mirando la sombra que proyecta la capa, el sombrero, la nada. Mirando sus guantes blancos como destellos remotos. «para no contagiarte José, porque la lepra no es poética José».

José se acurruca en el silencio del cementerio. Hace unos días viajaba, con Manú y Dalmacia, desde la casita de Tayasuape hasta Asunción. Fue un viaje largo en una carreta tirada por bueyes color ceniza, que mientras tiraban, rumiaban su transitar de toros muertos en vida. Llegaron al amanecer, luego de siete horas lentas y frágiles como si el tiempo estuviera por quebrarse. La carreta bogó entre aromas de jazmines,  azahares, y calvarios color azabache. Siete horas eternas y fugaces. Escucharon innumerables cantos de gallos, oyeron ladridos lejanos y opacos que se perdían entre las luces de muás y luciérnagas. Pero, definitivamente, el ritmo estaba marcado por los pasos de los toros vivos muertos. Manú viajó acostado y agonizando, envuelto en su vieja capa. José sintió los lentos y pesados pasos de los bueyes como ecos, ecos como los reflejos de los hilos de la luna en una calle triste.

En el cementerio José recuerda a Manú. Casi sordo, casi ciego, pedía a José que cantara. José cantaba y cantaba un viejo poema de Manú, a Manú, entre el pesado sonido de los lentos pasos rumiantes, y el rechinar de las dos enormes ruedas de madera. La carreta era como un símbolo, luminoso y sombrío a la vez, llegando a Asunción para una tarea absurda, imposible, necesaria.

“Andate a Buenos Aires, José, tenés que hacerlo, José”. También recuerda las vendas de las manos húmedas por el pus y la sangre. Recuerda su rostro curtido por las cicatrices. Su mirada era un surco que a ratos se desvanecía entre los vaivenes de la carreta. A ratos Manú escuchaba o imaginaba escuchar las canciones de José en la carreta. A ratos escuchaba o imaginaba escuchar las palabras de Dalmacia, “ya estamos cerca, descansá Manú, ya estamos cerca Manú”. José ve a Manú tendido en los delirios de la agonía. Por momentos despertaba y les musitaba algo sobre un poema, que lo tenía dentro, que quería escribirlo. Por momentos cerraba los ojos, y su voz quejido murmuraba el poema de la despedida. En el cementerio, salvo José, ya no está nadie. Un suave viento agita delicadamente la estola de la cruz. Atardece. José sigue en silencio. Nadie lo ve.

–Ya estamos cerca, descansá Manú…

José recuerda. Vuelve el silencio de redonda, está suspendido entre el cementerio y la nada. El silencio de redonda parece eterno, es como si un instante de ese viaje en la carreta lo acompañase. Observa las velas de los nichos, ya atardece. “Ojalá otros poetas roben velas”, piensa. Vuelve a leer las letras del epitafio “Manuel Ortiz Guerrero, su mejor poema fue su vida”. Piensa en su vida y el tiempo. Hoy el río de Heráclito es el Mburicao de Manú. El cementerio es la surgente del silencio. José está suspendido entre los recuerdos y el presente de un silencio de redonda. Siente la brisa. Siente el viejo sufrimiento que renace hoy con una violencia en creciente. La estola se agita en el manso viento, piensa en Dalmacia. Su mirada es una mirada perdida.

Mira la estola. Imagina a Dalmacia y Manú caminando hacia los proyectos y delirios, las casitas a crédito, las cuentas del pan cada día más duro, y las risas, y los hijos nunca nacidos. Los imagina entre los libros, los panfletos, las notas de venta, la imprenta y los dédalos del infortunio y la esperanza. Ahí están, Manú y Dalmacia, fabricando andamios, transformándose en imágenes parecidas a un tornado sin viento.

José es el vórtice de un tornado de recuerdos. En el cementerio atardece, los nichos adquieren una tonalidad naranja y gris. La brisa es fresca, tenue. Siente los ecos de los pasos de los bueyes, la imagen de la carreta vuelve, inevitable, siente el rechinar de las ruedas, recuerda las horas, las calles, recuerda los ojos tristes pero intensos de Dalmacia. Ella miraba hacia un horizonte oscuro, luego hacia José, luego hacia Manú.

–Ya llegaremos a Suruku’a –le decía Dalmacia, y lo invitaba a intentar dormir en la vieja carreta que iba, lentamente, hacia el viejo ritual de la muerte.

–Antes de desmayarse Manú murmuraba palabras bellas sin cuerpo.

La mirada de José está fija en la estola y la cruz. Entre José y Manú hay una frontera. Una frontera parecida a ese instante cuando llegaron a Suruku’a. La carreta no bogaba. Los bueyes bebían en bateas para luego pastar cerca de la escalinata de Antequera. Manú se sentía cansado, la lepra lo dejaba sin fuerzas y la tuberculosis apenas lo dejaba respirar. Ahora Manú aspiraba y expiraba, luchaba, quería escribir un poema a la vida.

–Lo sabemos, iremos enseguida. Esas palabras aparecen como fantasmas; las manos de José se contraen.

José mira hacia los otros nichos. La ovenia proyecta una sombra de la cual no teme. Mira los nichos, mira sus pequeñas puertas. Recuerda las puertas que golpeó.

–Manú se está muriendo. Sí, lo sabemos, iremos enseguida. El epitafio es el eterno retorno de ese instante. En realidad José golpeó muchas puertas pero pocos llegaron hasta Suruku’a, la editorial y casa, construida a deudas para el arte y la revuelta. La casita de pared francesa que por muchos años solo tuvo aberturas de lona, sin piso ni oropeles. La pequeña editorial con una imprenta Minerva que Manú compró usada y a crédito, luego de la edición de Surgente. La casita del poeta con lepra.

Las hojas de los árboles del cementerio se agitan al viento. Son como cuchicheos tristes o solemnes. Recuerda un sonido leve, agónico. Y es como si viera a Dalmacia escuchando atenta la voz murmullo de Manú.

–Dr. Boggino, Manú le dice… Luego Dalmacia calló. Y como si fuese un secreto o una confesión miró a José que miraba a Manú. José escuchó cómo Dalmacia dijo: “Manú le dice, que (silencio eterno, fugaz y frágil) cuando escriba el poema podrá morir tranquilo”. Luego sólo se escuchó la respiración quejido de Manú.

El viento lleva una hoja a los pies de José mientras mira el epitafio, piensa en Manú y piensa en sí mismo. Recuerda a Manú respirando con dificultad, se recuerda a sí mismo escuchando el trabajoso aspirar y expirar. Manú parecía mejorar en algo. José vio su ciega mirada intensa, vio su esfuerzo por intentar escribir. De los mutilados dedos manaba pus, la pluma se resbalaba, caía.

En el cementerio José piensa que esos últimos momentos son un recuerdo de formas tristes, pero de contenido bello. Ahora José ve unas flores casi marchitas, y recuerda a Manú intentando, sordo y ciego, escribir palabras como murmullos. Lo ve, Manú intenta, lucha, pelea, la pluma cae, la hoja es un garabato. «Si existiera dios…» piensa José.

José da un paso hacia el epitafio, la cruz, la estola y las flores casi marchitas. Recuerda la mirada de Dalmacia perdida entre el poema y la muerte de Manú. José entendió, y los dejó a solas. Luego de unas horas, parecidas a las horas de la carreta tirada por bueyes, encontró a Manú, serenado por la muerte y a Dalmacia besando su frente.

José toca el epitafio, lo siente fresco, húmedo, frío. Ahora recuerda el velatorio, los rezos y los llantos de Dalmacia; ve que en la plataforma de la impresora se agazapan la capa, el sombrero, los guantes y el bastón. En el suelo, libro sobre libro, se encumbra parte de la edición de La Conquista. Al lado del lecho, sobre la minerva, arde, tenuemente, un cirio. José siente la brisa. Su mirada ya no es una mirada perdida, ya no está como suspendido. Acaricia el epitafio, siente como una surgente que nace entre las piedras, o como el canto del suruku’a en el Mburicao. La situación es como un símbolo triste y alegre, siente la brisa en el cementerio. Toca una frontera al sentir con la mano el epitafio. Es la despedida. José mañana cruzará otra frontera de la que quizá tampoco haya retorno. Mañana se va a Buenos Aires. Siente un dolor intenso pero no tiene miedo; la última imagen de Manú es como un bálsamo. Entiende algo que por ahora, sólo puede explicar con melodías.

Nota: este cuento obtuvo el primer premio del Concurso de Cuentos Cortos 2008 del Centro Cultural de la República Cabildo.

 

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