La cuarentena de Ñasaindy: Ficción y realidad de estos tiempos de coronavirus

El escritor y músico Eulo García comparte con nosotros el texto que leyó durante la presentación de la novela La cuarentena de Ñasaindy, de Julio Benegas Vidallet, el 30 de octubre, en Literaity, Asunción. “Aprovecho para invitarles a leer este gran y necesario libro de estos tiempos, que es una brisa de humanidad entre tanta hipocresía reinante. ¡Salud!”, dijo ayer en un post.

Por Eulo García

Hace poco más de un año, al terminar el libro sobre el querido Francisco Estigarribia, le pregunté a Julio cuál sería el próximo proyecto. «Ahora quiero trabajar una novela, por primera vez tengo la idea ya completa de cómo se va a desarrollar», me dijo. Me habló sobre la trama y sobre los temas que iba a tratar. «Será la historia de un person que de grande se encuentra con una historia sobre su origen, y va a transcurrir entre Asunción, Nueva York, Zúrich y una comunidad Paĩ Tavyterã», resumió.

El plan estaba hecho. Nada podía salir mal. Conociendo la prolificidad y el compromiso de Julio con la narración de una historia, el proceso debía de durar no más de un año. Era cuestión de sentarse, escribir, preguntar, reformular, reescribir, revisar, corregir y cerrar. Lo normal, digamos, en este proceso.

Más o menos así estábamos todos a finales del año pasado. Teníamos nuestras ideas, algunos incluso hasta planes de lo que seguro haríamos al terminar otro año de mierda más. ¿Eran esperanzas? Tal vez, por qué no. Somos también como obstinadas hormigas que creemos que, aunque sea difícil, podemos llegar.

Y en eso estábamos, el último verano que pasó. Después, sabemos todos ya qué sucedió: la pandemia, la tensión, las medidas gubernamentales, el miedo como presión, el temor de ser nosotros el enemigo. El encierro.

Yo, como mucha gente, creo, si no toda, me encerré con mis dudas, al inicio de todo esto. Sin salir los primeros tres meses, de las pocas certezas que tuve en ese tiempo dos eran las principales: la primera, sin duda, fue no contraer la covid; la segunda, peleándole el primer puesto palmo a palmo, ahí nomás, era tratar de no enloquecer del todo. Estoy prácticamente seguro de que la primera la sigo logrando, pero no me animo a decir lo mismo de la segunda. Más de una vez estuve —como mucha gente, creo, si no toda— al borde del colapso, y ese es un peligro del cual hasta ahora no me puedo despegar. Porque la pandemia sigue, dicen; el encierro seguirá siendo la forma más segura para contrarrestar el “pico”, decían primero, y lo será aún más ahora para combatir el “rebrote”, dicen otra vez. Mientras tanto, el miedo siempre, la represión, y la angustia que genera el pensar que el enemigo mañana seré yo. Digo yo como podrías ser vos, como podría ser ella, como podría ser él. Qué importa, de todas formas, el enemigo siempre somos nosotros cuando todo pareciera que no podría estar tan mal. Esto, claro, siempre desde el relato del poder.

En una de esas ocasiones que estuve al borde del colapso, me dije “va a la mierda”, y salí a caminar por el desierto, quiero decir por el Centro, con pasos bastante rudos. En ese momento pensé que era el miedo, pero ahora identifico que en realidad era la rabia. Me había encerrado tres meses y apenas salía de tanto en tanto para comprar puchos o un poco pan de la esquina.

Era de noche ya, y cuando estaba cruzando Chile, arribando sobre Oliva, veo que de la Plaza de la Libertad viene saliendo el Julio. Sorprendidos, nos acercamos riendo y levantando los brazos. Por supuesto, no sabíamos cómo saludarnos: si él me pasaba la mano yo le pasaba el puño, si yo intentaba abrazarlo él me pasaba el codo. Estuvimos así, como dos pelotudos, un buen rato intentando ubicarnos en cómo volver a interaccionar con un amigo a quien no veíamos en varios meses de encierro. Finalmente, y sin darnos cuenta, ya nos estábamos haciendo las preguntas de rigor: ¿qué tal la cuarentena?; ¿y el laburo?; ¿cuándo será que esto va a pasar?…

Entonces fue que le pregunté sobre la novela, y me contó que estaba a punto de irse a la comunidad Paĩ para la construcción de ambientes y personajes, cuando le cayó la cuarentena. También como mucha gente, creo, si no toda, se encerró con los temores y la cautela al principio, y siguió con la ansiedad, la angustia y la bronca, después, con ese conocido coqueteo que tenemos muchos, si no todos, con los bordes de la locura. Julio me contó esa vez que ya había empezado a escribir los primeros capítulos de la novela cuando empezó esto. Yo me lo imaginaba y me entraba una angustia otra vez de verlo a él frente a la compu, con la hoja en blanco y el último pucho apagándose en el cenicero, y las despensas cerradas y las calles con el ensayo ya de este paraje fantasmal en el que hoy están convertidas.

«Entonces metí a los personajes en cuarentena», me dijo, y algo parece que se me destrabó en la garganta, algo que estaba a punto de llevarme al borde otra vez. Me dijo que la novela estaba ya prácticamente cerrada y que tras unas lecturas que tenían que devolverle me la pasaría para hacer el trabajo acostumbrado, de revisión de estilo y todos los chirimbolos que una corrección acarrea. Creo que volvieron a pasar otros dos o tres meses, cuando a mediados de agosto recibo un e-mail suyo, con estas palabras: «Querido. Hasta aquí me da el cuero. Si no me deshago de ella me desintegro, ja. Abrazos», y en un archivo adjunto, el primer borrador de la novela: La cuarentena de Ñasaindy.

¿Por qué les estoy contando todo esto? Porque la novela es todo esto. Y más. En esta novela están estos miedos, los antiguos y los nuevos; están la angustia y la sorpresa de lo inesperado; el pesar de lo sabido; la ternura y la belleza de la poesía y el encanto de la música. Está también la ansiedad en el encierro, la fisura del reviente y la gloria de una buena yerba paraguaya; está el pasado al descubierto y quizá más por descubrir; está el amor en varias de sus expresadas formas (el clamor, el silencio, la ilusión, la ira y el proceso). Hay cierto suspenso de repente, y verdades como luciérnagas que van haciendo chispas entre pasajes, arrancándonos algún suspiro, una sonrisa, provocando ciertos erizos en la piel y…

Habitan también en esta novela unos personajes, para mí, entrañables. Unos con sus silencios, otras con elocuencia y dulzura, otro por ahí con sus sueños, alguno con cierta sabiduría (no exenta de dudas y temores); alguna nos contará un mundo casi sin decir nada, y otra escupirá de bronca y nos enamorará, quizá, con habilidades múltiples. Y, bueno, no creo que haga falta decirlo, en el centro de todas estas idas y vueltos reside Ñasaindy, quien posee un secreto, una historia, una llave que puede llevarnos a recorrer el fascinante trayecto que transitaremos con la lectura.

Pero hay también un elemento que me llamó la atención, y me atrajo, desde el primero momento que abrí el archivo del primer borrador: la incertidumbre, ese no saber qué va a pasar y ver después lo que está pasando, y comenzar entonces a preguntarnos cómo va a seguir, y por supuesto qué pasará después, y después, y después… Sí, ya sé, de eso se trata también la literatura, de saber llevarnos por territorios desconocidos, pero sin soltarnos la mano, al menos que no nos demos cuenta. Y ese es otro punto va a la cuenta del Julio narrador, el cronista comprometido no solo con la integridad humana, sino también comprometido con la integridad de una historia, de una trama, de una vida.

Me quedo con esa incertidumbre, porque de ella también sale lo inesperado. En este caso, yo me vi envuelto en uno de esos tejidos, porque sin preverlo me terminé metiendo en las entrañas de La cuarentena…, y terminé siguiendo los surcos sanguíneos del hilo narrativo de la novela y hasta tuve el tupé de comprometerme en algunos de los personajes. Tal es así que terminé descubriendo que aquella breve frase que me escribió en el correo, cuando me envió su novela, no era tanto así como decía. Descubrimos con Julio que había algo más en esta historia que se podía decir, que se debía incluso contar. Así es que lo que tienen ahora en sus manos es un poco de eso también, de esa búsqueda interminable por desentrañar un misterio, o descubrir una verdad que nos acerque un poquito más a quienes verdaderamente somos. Y personalmente creo que mucha gente aquí, si no toda, sabe que somos aquello que estamos buscando, y que en el camino vamos siendo eso que vamos descubriendo. Pero sobre todo somos también eso que aún no sabemos. Y que quizá encontremos unas pistas en las páginas de esta, para mí, gran novela de nuestro amigo y compañero, el querido Julio.

Gracias.

Asunción, 30 de octubre de 2020.

Fotos de la presentación en Literaity

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