La cruz de los pobres ya no soporta tanta humillación

A un año y medio de la masacre de Curuguaty, los familiares de las víctimas peregrinaron bajo el signo de la cruz en memoria de los fallecidos.

El hijo de Avelino abriga más py’aro que tristeza. Foto: Charizard.

El hijo de Avelino Espínola ya no se halla en Yvypytã. Todo le recuerda a su padre, asesinado aquel 15 de junio de 2012 en las tierras de Marina Cue. Salir a la ruta y encontrarse siempre con aquel territorio ensangrentado, ocupado por la soja, provocan en él mucha tristeza y rabia.  Hijo único de Avelino con la señora Ysabel, el joven ha crecido abruptamente. De los ojos tristes y melancólicos de los primeros días de la masacre de Curuguaty a esta parte, su mirada abriga ahora más py’aro que tristeza. Más rencor que resignación.

“La policía ko ocumplínte orden, che memby”, le dice reiteradamente la madre. En ese intento de aplacar la rabia, su madre lo ha enviado a retiro con los curas, que le han dicho que “no debe guardar rencor en su corazón”. A sus 15 años, el joven ha tomado el rol de sostén con la madre, de 62 años, manteniendo no solo el ganado familiar, sino que trabajando en albañilería para traer la plata. “Con la plata por lo menos roguereko ropaga haguã almacén”, comenta Ysabel.

El retiro con los curas no le ha sacado el ensuvy, esa rabia macerada que puede estallar en el momento menos pensado. El hijo de Avelino ha heredado de su padre no solo el cuerpo macetón, los ojos claros, la tez medio castaña, sino que el carácter tosco, de poco hablar, y los desplantes abruptos. Ese carácter con el que su padre enfrentó a la policía el 15 de junio de 2012, diciéndoles: “pepyta upépe, ñañemongueta. Pepyta upépe”, desenfundando un machete. “Pesê peê campesino, pesê campesino”, repetían los policías, con un escuadrón de fusileros del GEO encabezando la operación de desalojo, arropada con una precaria orden de allanamiento emitida por el juez José Benítez.

“Hasy chupe enterove mba’e. Ohose ko’águi”, nos cuenta doña Ysabel durante la peregrinación del pasado 15 de diciembre, a un año y seis meses de la tragedia. “Naikatumo’ái cheresarái la oikova’ekue la che túare”, le dice a la madre.

Doña Ysabel sigue tratando a Avelino como pe karai y en su mirada y en sus soliloquios se siente más resignación que rabia. “Mba’éiko jajapovéta, oikóma la oikova’erã”, susurra durante la peregrinación de su casa hasta Marina Cue, donde se cerraba la procesión. A diferencia de aquel 15 de junio de 2012, de un sol reparador, bueno para sanar los cuerpos de la humedad y las crisis bronquiales, el sol de diciembre hiere con su lengua lacerante.

La cruz

En el barranco de la carpa de Marina Cue, una cruz grande abriga el nombre de los once campesinos asesinados el 15 de junio y en su

La cruz que don Mariano Castro soporta durante la peregrinación parece no bastar para redimir sus penas. Foto: Charizard.

ala trasversal acuña la frase: “La cruz sigue redimiendo al pueblo”.  Unos floreros de porcelana sencilla, encima de una mesita pulcramente vestida, el nombre de los seis policías fallecidos. Con tortilla avati y un jugo de mburukuja reciben a los peregrinantes que recorrieron las casas de los siete fallecidos de Yvypytã, más Vidal Vega, asesinado por sicarios el 1 de diciembre de 2012. De telón inmediato el sojal, más de fondo la vista se pierde en el bosque, en cuyo barranco acamparon un mes y medio los ocupantes asesinados, encarcelados, malheridos y refugiados. La vista ya no registra la casita utilizada para guardar la utilería de la ocupación, destruida hace poco tiempo tal vez como símbolo más de lo que el ruin poder intenta con la memoria: matarla, embutirla en la urgencia y en la fragmentación. “Un día de estos iremos hasta el lugar donde murieron nuestros compatriotas para no salir nunca más”, repetía Darío Acosta, tío de uno de los fallecidos. “Oguãhéta pe día, ore poroavisáta”.

“Naikatúi péicha oje juga ñande rehe, ndaikatúi oñeñoty soja ñande anguiru omanohaguépe. Kóa ko yvy kóga rendagua, avaty ha kumanda ha mymba, ja’umi va’erã ha ja comparti haguã”, dispararía en el cierre de la peregrinación el profesor Darío Espínola.

La cruz que don Mariano Castro soporta durante la peregrinación parece no bastar para redimir sus penas ni someterlo a la resignación. Un hijo ejecutado aquel 15 de junio (Adolfo Castro), otro hijo, Adalberto, al que se lo abandonó en los sojales pensando los policías que ya estaba muerto, ahora encarcelado; otro hijo al que le destruyeron la mandíbula, Néstor, encarcelado, abrigan más en él, sin perder la serena armonía, sed de justicia y de lucha. “Che aipota unidad de todos los sectores janohe haguã cárcel-gui umi preso político ha ja recupera haguã ñande yvy”, afirma.

“Péa la che aipotáva”, refuerza mirando el suelo, removiéndolo despacito con sus pies. Aquel 15 de junio de 2012, las primeras balas se incrustaron en el muslo y en el vientre de Adolfo Castro, dejándolo malherido detrás de un matorral que pudo ganar para guarecerse. Cuando vio al hijo de tres años en el completo desamparo al ser herida de bala Lucía Agüero, con quien se encontraba su niño, salió de su guarida con las manos levantadas. Varios disparos más sellaron su cuerpo en aquella fértil tierra de Marina Cue. Balas en el pecho y una en la boca lo dejaron sin respiro, según el informe del médico forense Matías Arce.

En qué y en quiénes confiar

La cruz preside el telón de fondo del sojal.

El hijo de Avelino observa desde la distancia el aty de cierre de la peregrinación. Su madre también. Parece difícil que a su corta edad la cruz redima esa rabia impenitente. No es para menos. A su padre, dos días después de la masacre, lo entregaron envuelto en una bolsa negra gruesa, sellada. Cómo redimir tamaña afrenta. Desconfía de toda la ceremonia, aun de las palabras del dirigente campesino Luis Aguayo, que, en un tramo de la ceremonia, ofrece a la organización MCNOC para acompañar las tres reivindicaciones más importantes de las víctimas vivas y los familiares de los fallecidos: libertad a todos los presos, indemnización justa a las víctimas y recuperación de las tierras de Marina Cue. Estas tierras que la Industrial Paraguaya (un latifundio creado después de la Guerra Grande que llegó a concentrar 2.400.000 hectáreas) donara al Estado paraguayo en 1967 y que la Armada Nacional ocupara hasta 1999 y que el gobierno de Nicanor Duarte Frutos, en el 2004, trasfiriera al Indert para asentamiento campesino.

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