La crisis económica argentina y el eterno péndulo de Diamand

Por Nelson Denis y Joaquín Sostoa

35% fue el número de estimación porcentual de pobreza para este año que dio a conocer el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA). En 2015 esta cifra era de un 28,5%, esto es, un incremento del 6,5% que se traduce en casi tres millones de pobres nuevos en Argentina desde que arrancó la gestión de Cambiemos con Mauricio Macri hace cuatro años. Para darnos una idea con respecto a Paraguay: el último dato oficial que se conoce de pobreza por ingresos en nuestro país es de 24,2% [1].

El demoledor número arrojado por la UCA se suma al de 2,7% de inflación acumulada durante el mes de junio. En comparación interanual, la inflación ronda los 55,8%, la segunda más alta de la región detrás de Venezuela [2]. Cotejando nuevamente estadísticas en relación al panorama paraguayo, la tasa de inflación en junio según el Banco Central del Paraguay arrojó una variación negativa del Índice de Precios al Consumidor del −0,2%. A nivel interanual fue de tan solo 2,8%, siendo esta una tasa promedio en Latinoamérica actualmente junto a países como México y Brasil.

Aclaremos: con esto no estamos diciendo que la situación económica del Paraguay sea la mejor. Pero contrastando solo los datos de pobreza y de inflación argentina con respecto a una economía menos desarrollada como la paraguaya, podemos evidenciar el recrudecimiento de una situación que cada vez se torna más crítica en dicho país, y que abre a la vez una pregunta de crucial relevancia: ¿qué puede hacer entonces el próximo gobierno que asuma para superar la crisis económica que tiene en vilo a la población argentina desde hace más de un año y que no vislumbra demasiadas certidumbres en el corto plazo?

La campaña electoral para las presidenciales del 27 de octubre en Argentina ya comenzó oficialmente. Frente a este escenario intentaremos responder, aunque sea someramente, dicho interrogante.

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Más allá de los componentes de la crisis actual, como recesión, aumento acelerado del desempleo, caída astronómica de la industria nacional ─a los que se suman los recientes datos mencionados de pobreza e inflación─, es preciso remarcar sin embargo que el mayor problema con que se encontrará la fuerza política que gane en estas elecciones, es el de repago de la deuda externa contraída durante la gestión actual de Mauricio Macri. En especial, preocupa el endeudamiento con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Las exigencias de austeridad que impone el FMI al gobierno de turno, en aras de otorgarle un financiamiento que no consigue más en el mercado internacional de divisas, generan trabas importantes en un contexto donde la economía argentina necesita crecer y expandirse. El clásico recetario neoliberal de ahorro y recorte fiscal (en pesos argentinos) propuesto por dicho organismo internacional para superar el déficit público, no parece traer las soluciones más adecuadas cuando lo que se necesitan son dólares para pagar una deuda contraída principalmente en moneda extranjera.

Según números de la consultora Labour Capital & Growth, entre los años 2020 y 2023, los montos de vencimiento de deuda, sumados capital e intereses, ascienden a U$S 156.220 millones. Aproximadamente el 40% corresponde al acuerdo stand-by de tres años firmado con el FMI (U$S 57.600 millones más intereses). Según la firma Ecolatina, la deuda pública en relación al PBI pasó de 53,5% en 2015 a 89,2% al primer trimestre de 2019. Como se puede apreciar, la cuestión de la enormidad de la deuda es de suma importancia, dado el escenario recesivo que limita las posibilidades para su repago. Es decir, Argentina necesita de un aumento del producto para generar de esta manera un incremento exponencial de sus exportaciones nacionales, y conseguir así las divisas necesarias que permitan pagar dicha deuda, entre otras cosas.

Es sabido que el problema de Argentina con la deuda externa es más bien una cuestión histórica que una novedad de los años recientes. Esto es así debido a la crónica “restricción externa” que presenta la economía del país, esto es, la escasez relativa de dólares para sostener su crecimiento en el tiempo. El origen de tal fenómeno lo podemos encontrar en la particular estructura productiva de su economía, lo que el teórico argentino Marcelo Diamand denominó “Estructura Productiva Desequilibrada” (EPD). Para comprender mejor el histórico problema de la deuda externa argentina y la situación crítica de su economía actual, resulta fundamental dar con una breve introducción a las concepciones de este renombrado economista.

La EPD que Diamand intenta abordar desde diversos trabajos teóricos, básicamente se caracteriza por la convivencia forzada de dos sectores con diferentes niveles de productividad: por un lado, un sector agroexportador que opera con alta productividad y con una oferta de bienes cotizados a precios internacionales y dolarizados y, por otro, un sector industrial orientado al mercado interno que produce bienes nominados en pesos argentinos y con niveles más bajos de productividad.

El sector industrial requiere de un alto nivel de importaciones para su funcionamiento, desde bienes de capital e insumos. Importaciones, que como todos sabemos, se compran con las divisas que obtiene una economía a través de sus exportaciones nacionales. El problema se encuentra en que este consumo de divisas no se ve financiado por el mismo sector, ya que como remarcábamos antes opera solo en el mercado interno argentino, al no ser lo suficientemente competitivo como para exportar. Al sector agroexportador le toca financiar dichas importaciones, que se ven en aumento cuando la economía crece y el nivel de ingreso se eleva.

Cuando el desfase entre esta generación y absorción de divisas se hace constante, la economía en su conjunto empieza a consumir “más de lo que puede” ─o lo que en la literatura académica se denomina comúnmente “déficit de balanza de pagos”─. Esto significa que las importaciones superan en número a las exportaciones, y por lo tanto aumenta la demanda de divisas del país. Es ahí cuando aflora la cuestión del financiamiento externo, puesto que las divisas que una economía consume se pueden conseguir también contrayendo deuda en el exterior.

De esta manera, el crecimiento de la economía argentina encuentra siempre sus limitaciones en los llamados “cuellos de botella” que presenta su sector externo. Así, desde el 2003, la economía argentina experimentó un crecimiento sin precedentes guiado por la demanda, es decir, por la explosión del consumo privado (creció a una tasa media anual de 8% de 2003 a 2011). Una parte significativa de este consumo estuvo impulsado por los distintos programas de transferencias sociales implementados por los recientes gobiernos kirchneristas, y por supuesto, por una reducción del desempleo y una mejora en los salarios reales. Esta inclusión en el consumo de los sectores de menores ingresos se topó con escollos insoslayables cuando los precios de los principales productos de exportación (commodities) del país cayeron a principio de esta década, desequilibrando esa relación entre la absorción y la generación de divisas descrita anteriormente.

Frente a la imposibilidad de endeudamiento para cubrir el déficit que se iba presentando en las cuentas externas dada la pérdida de confianza que empezó a experimentar por parte de los mercados financieros internacionales, el gobierno kirchnerista de Cristina Fernández (CFK) se vio obligado a devaluar su moneda. El efecto inflacionario de la devaluación, por ser el tipo de cambio un costo transversal a toda la economía, se sumó a las presiones inflacionarias que se venían presentando tímidamente desde 2007, por una suerte de puja distributiva entre el capital y el trabajo. La mejora en los salarios reales se traducía en aumento de precios. Esto significa que cuando el gobierno aumentaba salarios los empresarios alzaban casi automáticamente los precios de sus productos.

En este escenario conflictivo, el gobierno de CFK optó por restricciones cambiarias para limitar la demanda de dólares. Lo que de alguna manera permitía salvaguardar a duras penas el crecimiento y el empleo, pero por otro lado, generaba desequilibrios macroeconómicos. La pérdida de reservas internacionales fue notoria, mientras que la volatilidad del peso se veía en aumento. Por ende, el freno de este proceso presentó desafíos profundos que el kirchnerismo no pudo o supo compensar desde el ámbito político, lo que en parte explica su imposibilidad para expandir su hegemonía en el sistema político al perder las elecciones de 2015 que dieron con el triunfo de una nueva derecha en la Argentina.

La llegada de Mauricio Macri a la presidencia representó no solo una salida a contra mano de las medidas implementadas anteriormente por el gobierno de Cristina Fernández, sino que manifestaba una vez más en la historia del país lo que Diamand llamaba “el péndulo argentino” [3]. Para él, los ciclos económico-políticos argentinos obedecían a un problema no resuelto en la balanza de pagos del sector externo, y que tenían su origen en lo que aquí llamamos EPD. En síntesis, las repetidas dificultades de una economía que va de un extremo a otro tienen una estrecha relación con los conflictos entre los diferentes sectores y agentes productivos de la sociedad, que, por supuesto, poseen una clara expresión político-ideológica.

De un lado de este péndulo se encuentra la corriente expansionista o popular, que cuando llega al gobierno aplica sus políticas con base en las teorías económicas keynesianas que ponen el acento en la demanda efectiva junto a una distribución progresiva del ingreso y el pleno empleo, en consideración de la clase trabajadora que empieza a recibir mayores beneficios y derechos sociales. Del otro lado se ubica la corriente ortodoxa y liberal que encuentra sus basamentos económicos en la teoría neoclásica (de carácter neoliberal), impartida ampliamente en la academia del mundo occidental. Esta corriente refleja el sentir y pensar de los sectores más concentrados y de mayores recursos de la economía, mientras que pone el acento sobre cuestiones tales como el equilibrio presupuestario, el ahorro, la eficiencia, la confianza en los mercados financieros internacionales, la atracción de capitales del exterior y una narrativa sacrificial sobre los sectores populares, a los cuales demanda un enorme esfuerzo para poner a la economía en marcha.

Como marcan casi proféticamente los escritos de Diamand de hace aproximadamente unos cuarenta años atrás, el gobierno actual apostó entonces a una salida ya conocida en el péndulo, la de la ortodoxia neoliberal. Como parte de sus primeras políticas optó por un endeudamiento externo descomunal (el más acelerado y grande en la historia argentina hasta ahora) y a una apertura irrestricta de las importaciones, cuyos efectos nocivos hicieron que el déficit en la balanza de pagos se profundice, junto al aumento de la demanda de divisas.

Mientras la escasez de dólares se iba reforzando por el lado comercial, la desregulación de la cuenta financiera explosionó debido al descuido irresponsable de las finanzas externas, que se hizo palpable gracias a los movimientos de tasas por parte de la Reserva Federal (FED) que Estados Unidos venía implementando desde la asunción de Donald Trump a la Casa Blanca, lo que a su vez anticipaba una masiva fuga de capitales que le era previsible al gobierno macrista y que al final se convertiría en el disparador de la crisis que vive Argentina desde el año pasado. El tipo de cambio saltó inmediatamente y el gobierno respondió subiendo la tasa de interés de referencia monetaria… hoy día la más alta del mundo. En otras palabras, el gobierno de Macri tuvo una pésima lectura del panorama económico internacional.

El costo productivo de una tasa extremadamente alta se sumaba a la política fiscal restrictiva del gobierno, que juntos, reforzaban el germen de una recesión que ya se estaba gestando. La respuesta poco clara y la inacción política confluyeron en la incapacidad de sostener el tipo de cambio. El valor del dólar tomaba un camino cada vez más ascendente, lo que impactó duramente en el poder adquisitivo, mientras que golpeaba la excesiva confianza del macrismo en un diagnóstico anti inflacionario de corte monetarista, es decir, en un programa que veía como solución de todos los problemas a la reducción de la emisión monetaria y del déficit fiscal. Aunque hace meses el Banco Central de la República Argentina (BCRA) cortó la emisión de billetes y dejó de financiar al tesoro, la inflación no paró de escalar, como mencionábamos al principio del artículo.

No es de sospechar para muchos economistas que el macrismo intenta aplicar estas políticas contractivas que agravan la recesión y no reducen la inflación, todo en pos de superar la crisis deprimiendo tanto la economía que en consecuencia la gente simplemente deje de consumir. Cuando el consumo cae, caen también las importaciones, y por lo tanto también la necesidad de consumir divisas para hacer que la economía funcione: una especie de cirugía social mayor a corazón abierto y sin anestesia con la esperanza póstuma de que el paciente mejore, solo que al costo de someterlo a un estado pre-comatoso, de casi matarlo. En términos económicos, diríamos: superar la restricción externa… ahogándola, con la hipótesis de vanguardia de que en un futuro cercano la economía argentina recupere su sendero ascendente. Discurso ya conocido y ampliamente aplicado durante las etapas más oscuras del neoliberalismo en América Latina, incluso hoy día, como lo comprueba la experiencia macrista.

Más allá del intríngulis artero que pueda esconder su alma verdadera, el efecto recesivo en la economía no logra sin embargo su cometido de mermar la demanda y consumo de divisas, aunque por momento parezca haber solucionado ─o tranquilizado al menos─ la cuestión de la restricción externa. Lo que no queda claro ahora, es el problema más grande al que se deberá enfrentar el futuro gobierno que asuma en la Casa Rosada el 10 de diciembre del corriente año: restaurar la confianza en que Argentina vaya a ser capaz de conseguir los dólares genuinos para pagar la gigantesca deuda externa. El programa actual no encontrará mayores resultados más que los que se han visto hasta ahora, puesto que no hay salida posible si Argentina no vuelve a crecer. Recuperar un camino productivo atendiendo a que el peso de la crisis no le sea tan pernicioso a los sectores populares y la clase trabajadora en su conjunto, se convierte así en la opción más lógica y humanamente responsable, apartada de los dogmas económicos imperantes y de clase que parecieran obviar la realidad que le toca vivir a muchos y muchas hoy por hoy en el vecino país.

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Con lo dicho hasta aquí, queda claro entonces que superar la restricción externa y el desendeudar progresivamente a la economía serán cuestiones claves en materia de política económica a resolver por el próximo gobierno, sea cual fuere su color político u ideología.

Frente al problema de la deuda externa, vale la aclaración de que el Estado argentino no puede permitirse la idea de hacer caso omiso de esta como lo hizo durante la desastrosa crisis del 2001. El contexto presente es muy diferente al de aquel escenario teniendo en cuenta que uno de los principales factores externos que permitió aquella reactivación de la economía a los pocos años de salida de la mentada crisis, y este es el del boom al alza de los precios internacionales de las commodities, no se verifica más en el panorama económico mundial, como sí lo hacía hace una década atrás. Por lo tanto, reactivar la economía por la vía de un superávit comercial aumentando exportaciones se torna inviable, ya que simplemente escapa a las atribuciones del manejo de la economía por parte de un gobierno en funciones. Para que haya superávit y aumento de los precios de las commodities se necesitará en todo caso un incremento de la demanda internacional de bienes y servicios, cosa que no parece asomar en el horizonte más cercano al menos.

Es cierto que la deuda es ilegítima e ilegal por donde se la mire, como resaltan desde sus campañas electorales algunos sectores políticos más a la izquierda del cuadrante ideológico. Este es el caso del trotskista Frente de Izquierda Unidad (FIT-U), que promete la cesación de pago de esta en caso de alzarse con el Ejecutivo. Según una encuesta publicada previo a que el gobierno de Macri empezara las primeras negociaciones para acceder a un crédito de salvataje con el FMI, el 75% de la población argentina rechazaba el pedido de ayuda financiera con el organismo [4], por lo que no se torna muy descabellada la idea de haber planteado desde este espacio político en su momento que la cuestión se dirima en un referéndum donde el pueblo pueda ejercer su legítimo derecho al voto.

Antidemocrática o no, lo cierto es que es que la canilla de la cuenta financiera tendrá que intentar mantenérsela abierta para no depender exclusivamente de las exportaciones. Para ello se necesita recuperar la confianza en el sector financiero internacional, como decíamos anteriormente, que hoy ha perdido relativamente las esperanzas en que el Estado argentino pueda afrontar sus compromisos de deuda a futuro. En palabras simples: difícil que te presten plata cuando no se cuentan con los ingresos suficientes y mucho menos si esa posibilidad es cortada de cuajo, como propone el trotskismo argentino. De esta manera, la cuestión de la restricción externa y de la deuda se entrelazan como tal en un presente trágico como en el que se encuentra la Argentina, y deben ser tomadas por lo tanto también como un proceso a resolver en conjunto y no por vías separadas.

Respondiendo a la pregunta inicial del artículo, podemos plantear algunos puntos y acciones generales a realizar que se ensarten en un contexto de posible reactivación de la economía que incluya dicho repago de la deuda externa, siendo esta paradojalmente el principal freno para su expansión:

  1. Dilatar los vencimientos acumulados a través de una renegociación de la deuda con los diferentes acreedores externos para dar mayor tiempo a la economía de recuperarse y así poder ir acumulando los dólares suficientes para pagar dicha deuda.
  2. Restaurar el tejido productivo perdido por la crisis para incentivar una política que proteja el mercado interno y permita sustituir importaciones, para así de vuelta intentar ahorrar las divisas posibles que la economía consume.
  3. Negociar con el FMI mayores grados de libertad para encarar un programa productivo.
  4. Regular los dólares que se fugan del sistema financiero estableciendo ciertos controles de cambio.
  5. Promover una suerte de pacto social sobre los precios relativos que reduzca la inercia inflacionaria y congele durante un periodo de tiempo determinado la puja distributiva entre capital y trabajo.

Este último punto significa que no sería conveniente en todo caso que una de las primera políticas que tome el próximo gobierno ni bien asumiera, sea por ejemplo la de aumentar los salarios reales. Por más ortodoxa que pueda parecer, dada la situación inflacionaria actual resulta crucial que tanto empresarios como trabajadores negocien una paz entre factores. Un aumento de la producción puede resultar también beneficio para ambas partes mientras la economía recupera su aliento perdido. Por supuesto, esto no sería un esquema eterno, y bien podrá aplicarse durante el lapso de un año, aunque depende principalmente de cómo lo toma la economía.

Pero por fuera de todos estos planteamientos, lo que está claro para la Argentina es que si se quiere entrar en un proceso de profundización de un modelo de desarrollo económico como tal que rompa de una vez con el eterno retorno del péndulo argentino descrito por Diamand, se requerirá primero de todo el esfuerzo en conjunto de los actores políticos y económicos para encarar cuestiones de largo plazo que sustenten y le den forma a los andamiajes de ese incipiente modelo todavía por nacer. Porque la crisis actual, tiene para largo rato, pero romper con una dinámica paralizante que viene acuciando a la economía del país desde hace setenta años, parece también una cuestión que no debe ser dejada de lado y que debe empezar a ocupar más el espacio en los debates de los diferentes actores y grupos políticos que hacen a su sociedad. De izquierda a derecha.

1.http://www.nanduti.com.py/2019/03/26/242-los-habitantes-paraguay-se-encuentra-situacion-pobreza/

2.https://www.lapoliticaonline.com/nota/120424-la-inflacion-en-junio-bajo-al-2-7-en-linea-con-lo-anticipado-por-los-privados/

3.Diamand, 1983, “El péndulo argentino: ¿hasta cuándo?”

4.https://elpaisdigital.com.ar/contenido/encuesta-el-75-de-los-argentinos-rechaza-el-acuerdo-con-el-fmi/16551

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