La carta del ministro, la sujeción de Franco y la Guerra Fría

Conocí al ministro Luis Bareiro Spaini cuando cubría e investigaba Fuerzas Armadas. En su momento hizo lo que nadie, en las Fuerzas Armadas, se atrevía entonces. Siendo titular del tribunal militar extraordinario, condenó a 18 años de prisión a un general de Ejército, Pablino González, por corrupción.

El lo sabía y yo también: era un juego del poder para cerrar el caso que involucraba a toda la cadena de mando del Ejército en torno de una persona. Sin embargo, hizo lo que en su ocasional función le correspondía.

González era de una camada de militares que se había forrado con dinero que debía ser destinado a las tropas. Un caso de ruines. No solo se quedaban con todo el presupuesto para unos 7.000 soldados que no iban al Ejército, sino que, de los pocos (unos 3000), robaban la comida, la vestimenta y hasta el sueldito. Ya con la cruz en la espalda de los demás, asume la comandancia del Ejército durante el gobierno de Nicanor Duarte Frutos. Allí estableció una férrea oposición al hombre fuerte de Nicanor: el coronel Heriberto Galeano, un Oviedo í de entonces, más ruin en sus negocios y ya sin los nexos antiguos con el tráfico que detentaba Oviedo, Rodríguez y otros. Diferencias de épocas y de temple.

Hace poco tiempo, Bareiro cometió “el error” de decir que no permitiría injerencia extranjera en asesoramiento del Ejército (en relación a Colombia) y luego le envió una carta a la embajadora norteamericana Liliana Ayalde reprochándole haber promovido una reunión donde se hablaba de juicio político a Fernando Lugo. Le dijo que era de primerizos en diplomacia. De hecho es la primera vez que Ayalde cumple esta función. En el cuentro participaron el vicepresidente Federico Franco, el senador Hugo Estigarribia, el general retirado Cecilio Pérez Bordón, entre otros.

La carta es imperdible y muestra, entre otras cosas, un punto de fuga -como dirían en perspectiva los artistas- en las relaciones con EE.UU., aunque el gobierno de Fernando Lugo, como ya es costumbre, tratará de sacar la nalga de la jeringa.

No enterado de muchas cosas, entre ellas que la Guerra Fría terminó formalmente con la caída del Muro de Berlín, nuestro vicepresidente Federico Franco ventiló sus enconos y descontentos en la embajada norteamericana.

Según la carta de Bareiro Spaini, hasta se justificó un juicio político a Fernando Lugo.

El escenario formal era un almuerzo en homenaje a unos 21 generales que cerraban un ciclo de estudios con viajes a países latinoamericanos. Pudieron hablar de fútbol, terremotos, calentamiento global de la tierra, Arsenio Erico, la guarania, Emiliano Re, de nuestros mariscales… Hasta se podría preguntar a esta gente cómo va la invasión a Irak, la ocupación de Afganistán, el blues de los negros pobres en Orleans, la instalación de la IV Flota mirando el Sur, las nuevas bases en Colombia, porqué el pop actual sigue siendo esencialmente Madonna y cosas por el estilo. No. Hablaron, en la embajada norteamericana, de juicio político.

Bareiro no estaba. En representación había enviado al viceministro, el general Cecilio Pérez Bordón. La reunión fue tensa, por momentos, según le contara Pérez a Bareiro. Según mis fuentes, la discusión en torno de política interna la promovió la propia embajadora. Y Franco se despachó con todo, como quien le cuenta a la madre que llega cansada del trabajo “lo que me hizo Marcelito…”

“Debo manifestar a V.E. el error inexcusable -solo admisible en diplomáticos primerizos- de haber invitado en forma conjunta a compartir la misma mesa de agasajo a personas notoriamente enfrentadas por sus ideas, actitudes y opiniones socio políticas, absolutamente opuestas e irreconciliables”, le dice en una parte de la carta a la embajadora norteamericana. Y amplía: “Un claro ejemplo de esta situación han sido las palabras del vicepresidente Federico Franco, presente en la reunión y también partícipe de la misma mesa que en su condición de público, notorio y acérrimo enemigo y cuestionador del presidente Fernando Lugo con rencor y cólera evidentes, pretendió desmerecer, de forma sarcástica y denigrante, la función y tareas del presidente Lugo”.

La carta revela una serie de ruindades de nuestra clase política, postrada a los viejos saqueos, imperialismos y subimperialismos. Una clase política que no se anima a desarrollar teoría nacional porque su pensamiento está subordinado increíblemente al patrón y sus directrices. Recordemos acá lo que en el 2003 decía el entonces ministro de Defensa, Romero Pereira, para defender la propuesta de enviar tropas paraguayas a Irak: “Estados Unidos es la potencia mundial, o se está de acuerdo con el éxito o el fracaso”.

Lo de Bareiro puede ser desprolijo, sí, puede ser. Es más, puede que la embajadora no deba ser el único blanco de su crítica. Sí, es posible; creo que es así. Acá hay algo muy grande que debemos cuestionarnos y al que debemos prestar toda nuestra atención. No pocos golpes de Estado y destituciones presidenciales “no democráticos” se han gestado en las embajadas norteamericanas.

Pero de que el hombre se puso las pilas a mí no me caben dudas. Las pilas necesarias.

Cerremos este apurado texto con el párrafo más grosso: “en caso de resultar un gesto intencional de mala fe, pone en grave e innecesario riesgo las ya de por sí difíciles, aunque felizmente todavía no conflictivas, relaciones entre los gobiernos del Paraguay EE.UU….” Este párrafo es para pensar e investigar. Ya habrá tiempo.

Comentarios

Publicá tu comentario