La camarada Alicia y su lucha contra la opresión

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Idalina Gaona

A sus 85 años, Idalina Gaona piensa en el futuro con la misma fuerza que un polizón. Los 13 años de prisión durante la dictadura estronista no pudieron doblegarla. No cree en el gobierno actual y sí en la lucha con la gente. Aquí un pedazo de nuestra tierra y de nuestra historia, con olor a caña dulce, maíz y revolución.

La camarada Alicia (Idalina Gaona) vive ahora en Isla Báez, compañía de la ciudad de Acahay. Don Shatú, su hermano, no tuvo más remedio que llevársela a su hogar, ante la soledad en el pueblo y el peso de los años.

Miembro del Partido Comunista Paraguayo (PCP), ex integrante del Frente Unido de Liberación Nacional (FULNA), sobrevivió a las mazmorras estronistas para contar su historia. Durante 13 años, entre 1965 y 1978, su vida transcurrió entre Investigaciones, el penal de Emboscada, la Comisaría Tercera de la Chacarita e Itacurubí.

Según el Archivo del Terror, Idalina Gaona de Acosta es «Camarada Alicia». «Pertenece al cuadro de dirigentes del Partido Comunista Paraguayo, técnica principal en enlace de la Dirección Superior con todas las organizaciones de dicha agrupación proscripta. Tuvo activa participación en las guerrillas de la denominada Columna Mariscal López. Actuó como ayudante de Arturo López, alias comandante Agapito Valiente».

«Yo colaboré con los compañeros del FULNA», comenta entremezclando humildad y pocas ganas de entrar en detalles sobre su carrera guerrillera. En otra parte de la entrevista, sin embargo, aclara: «esa casa la alquilaba yo, solamente yo, para que los compañeros se reúnan». Ese lugar fue el local clandestino, centro de operaciones y testigo del asesinado Wilfrido Álvarez (Miguel).

Álvarez era el responsable del PCP, del Frente Campesino y de la Organización Militar del FULNA. «Fue herido en un enfrentamiento con la fuerza policial que vino a atracar una reunión en su casa del barrio Pinozá. Pudo herir de muerte al comisario de asuntos políticos Mustafá Abdala». Idalina había dejado este testimonio a la Coordinadora de Derechos Humanos de Cordillera (Codehuco) y volvió a relatarlo en esta entrevista.

Escoltada por Saturnino Gaona (Shatú), su hermano, la camarada Alicia asegura que una revolución es necesaria, que no tiene esperanzas en este gobierno y que el camino es el trabajo con la gente.

El inicio de su carrera política

Desde joven sintió curiosidad por los problemas sociales. Una urgente necesidad de comprenderlos la llevó a leer todo lo que caía en sus manos. Recordó que en su niñez y juventud, cuando su madre la enviaba a traer cosas del almacén, siempre tardaba más de lo que debía. «Me quedaba leyendo cualquier pedazo de diario o diarios viejos que encontraba», relata.

Al abordar su historia, ella responde claramente: «no tengo por qué esconder nada de por qué he luchado: por la gente pobre, y por ellos caí».

En los 13 años y 27 días de encierro nunca pudo ver a ningún familiar. A su propia madre, muy católica, la mentalizaron con ese cuento de que el comunismo era lo peor.

Cuando Gaona cayó, su hijo Carlos Alberto tenía 8 años. Los padres de Idalina trataron de visitarla pero el Gobierno les advirtió que no podían verla ya que era una represalia contra el comunismo, que para el estronismo era como la representación de todos los males de la humanidad. El comunismo unificaba bajo su manto, para el régimen, todo lo que quería destruir el modo de vida y atentar contra la moral cristiana occidental.

La caída

La camarada Alicia cayó bajo las garras de la dictadura fascista del general Alfredo Stroessner en julio del 65. «Esto se inició cuando subió el azúcar pero no la caña. Yo me vinculé con los cañeros de Carapeguá. Trabajé y pedimos mejor precio por la caña de azúcar ya que ellos vendían por toneladas para que esta tenga más precio; eso es lo que pedimos».

Los explotadores iniciaron una campaña en contra de Idalina. «Nos habíamos organizado por un mejor precio; ahí fue donde caí». Cuando los empresarios sintieron que los campesinos estaban exigiendo les dijeron que no se haría caso a la exigencia. «Entonces, dijeron los campesinos –lo que es el campesino nuestro, con falta instrucción política, una gran cosa, cavila– empezaron a decir que yo les había engañado. No les engañé, el azúcar había subido y seguían pagando el mismo precio por la caña. Había gente que estaba de acuerdo con no dar la materia prima, pero luego me apresaron».

Un recorrido en el que esquivó la muerte

Alicia fue llevada en principio a la Chacarita. «De ahí me trasladaron a Investigaciones, donde era otro el ambiente. Querían que yo cuente tal cual cómo era la organización, pero no canté, no conté, resistí. Luego me sacaron del calabozo y dijo un oficial: «Kóa ja ohóma apyre’yme (esta ya va para no volver)». Yo creí que en serio me matarían. Me llevaron a Itacurubí junto a Hellman (Arturo)».

Pavoneándose frente a ella, el carnicero estronista caminó alrededor suyo, la miró y dijo: «Re’ami che podérpe hína Alicia (caíste en mi poder Alicia)». Yo me mantuve callada nomás, pero ya no me torturaron como en Investigaciones», relata.

Levanta su pierna derecha al recordar las torturas y muestra sus heridas. Por mucho tiempo vio y vivió la «pileta» de Investigaciones. «Me ataban con una piola filosa, me sacaban del calabozo y me llevaban donde debía declarar», en la sala de tortura.

«Che aimo’a che jukáta hikuái», repite Idalina. En Itacurubí había mucha gente, muchos campesinos presos porque querían un mejor el precio del algodón y créditos a largo plazo. Según Alicia, los guardias no permitían que ella se junte con los demás presos.

El guardia bueno o enamorado

«Ndéko oiméne sargento cheichagua mboriahu (vos seguramente sargento sos igual de pobre que yo) y nos encontramos acá. Porque soy pobre quiero que mi compañero gane un poco más. No estoy acá por haber robado ni por ser una simple delincuente», le dijo Idalina al sargento González una mañana.
Él se había enamorado de la camarada Alicia. «Se gustaba de mí, me quería muchísimo. Era muy respetuoso conmigo. Yo le cosía la ropa a los soldaditos. Una noche fue y me pidió prestada una aguja. Al día siguiente le pregunté qué hizo con la aguja porque por la noche escuché cómo un muchacho gritaba y lloraba desaforadamente».

Recuerda claramente cómo interpeló aquella vez al sargento: «¿Vos le clavaste con la aguja?» Idalina le hizo entonces su reclamo. «Y no se enojó conmigo». «Vos estás acá porque esta sociedad está dividida en clases. Hay explotadores y explotados, nosotros estamos en medio del gran grupo de explotados y vos sos un explotado. Vos le pegás a tu hermano», narra.

El guardia se limitó a escucharla. Es más, como ella no sabía nada de sus familiares, este hombre se ofreció a hacer llegar una carta a los parientes de Gaona. «Por las mañanas me sacaba del calabozo y tomábamos mate. Primerora nahániri, pero upéi oñamansa (al principio no, pero luego se apaciguó)».
Luego de salir de prisión, la luchadora le bordó una camisa. Fue a buscarlo para agradecerle. Él le había dicho que era de Caacupé, pero nadie sabía de su existencia en ese pueblo. «Pero puede que alguna vez lo encuentre de nuevo».

La muerte de Álvarez y el nuevo tiempo

«Contribuí con el FULNA, con los compañeros». Alicia era, según dice, solo la casera del local. «Confiaban en mí mis compañeros. Nuestro local fue atropellado y asesinaron a Wilfrido Álvarez, responsable del pcp. Justo cuando íbamos a mudarnos, yo tenía que ir a ver la casa. Había sido que a Wilfrido ya lo habían seguido. Él vivía escondido», cuenta.

En el local, un cajón que Idalina había traído a pedido de Wilfrido servía de mesa multiuso; en él se guardaban los documentos de la organización. Ese día estaba el comandante sentado con su 38 enfrente. De repente entró un policía. Álvarez tomó su arma y le disparó en la frente. «Ejesalváque fulana he’i cheve (salvate me dijo)». Luego lo mataron.

Su pasado no duerme en la nostalgia. Es presente y su idea de futuro es tan fuerte como la de un polizón. «Nosotros trabajamos por los pobres; creo que se debe realizar la reforma agraria. Quiero que los campesinos se organicen, se formen y que las mujeres sepan por lo menos hacer croché (…) Necesitamos de la revolución. Debemos forzar a nuestros campesinos para que puedan hacer y obtener lo que es suyo y de sus vecinos. Este gobierno no hace nada tampoco, pero puede que hagamos un trabajo en este marco, con nuestra gente, tenemos que estar con ellos y detrás de ellos», concluye.

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