La cada vez menos democrática “democracia representativa”

La democracia representativa devela un estamento que funciona corporativamente en función de sus intereses, al margen de la gente, que ahora sale a calle.

Democracia electoral. Ilustración: Cled. Fuente: Blog El jute.

Por Carlos Verón.

De la constitución de los estados nacionales monárquicos se produce, con la revolución francesa, un intento de transferir al conjunto de la ciudadanía, la soberanía, y no hubo otra fórmula más práctica que lo que se dio y sigue llamando “democracia representativa”, una fórmula que fue patentada como signo de civilización y avance cívico en la comunidad internacional. Pero la mediación asumida en el sufragio fue destiñéndose a medida que un estamento engendrado fue consolidándose, como era el estamento burocrático estatal.

En ese proceso se configura toda una nueva industria como un foco infeccioso, cuya onda viral se extendió a las organizaciones políticas que oficiaban de auxiliares del modelo: los partidos políticos. Al ser así, toda esa malla políticopartidaria representativa se fue separando cada vez más de la masa de la sociedad en su conjunto, teniendo como resultado la pérdida de soberanía que le fuera arrebatada por ese estamento.

Los partidos políticos, que en el inicio del proceso de su construcción fueron sustentados en cuerpos doctrinarios y establecieron una vinculación programática con sus bases, arrastrados por la contaminación en expansión, empezaron a sufrir una progresiva crisis de representación para complementar el juego del clientelismo y la prebenda, como monedas corrientes de esa “democracia representativa”, cada vez menos democrática y  menos representativa.

A esta altura de la historia, ya no creo que exista exponente del mundo académico de las ciencias políticas, conservadores o no, que nieguen que el marco jurídico político de esa “democracia representativa” corresponde a un estado liberal. Estado liberal que se diseña en función a una clase.

Todo iba más o  menos bien y el modelo logró consensuarse como modelo insustituible, cuando el modo de producción correspondiente se sostuvo, más allá de sus tropiezos y en el marco de una despiadada explotación aceptada como natural.

Hoy estamos asistiendo a una situación que evidencia fracturas insalvables en el modo de producción capitalista en el escenario mundial.

La sociedad,  en su conjunto de forma transversal en términos de clase, ya no soporta los desmanes sociales de  políticas de ajuste con gran costo social, y se disocia del modelo que ya ni con la más forzada ficción dice representar.

Entonces simplemente impugna la democracia representativa, que devela un estamento que funciona corporativamente en función de sus intereses, en clara consonancia a su vez de los intereses de  la voraz oligarquía desde cuya perspectiva fue diseñado ese modelo político, al margen de la gente.

Y sale a la calle. Al salir a la calle  invalida el modelo, como correlato de un sistema en crisis terminal. La calle es el escenario de una nueva expresión popular que se expande por el mundo y está llegando a nuestro país. Es una oleada que se da en el norte de África, Europa, EE.UU. y América Latina independientemente del color  de quienes habitan el ámbito del poder formal de la “democracia representativa”.

Para un proyecto social alternativo, cabe empujar la impugnación del órgano clave de ese modelo en derrumbe, como es el Congreso Nacional, plagado de una espuria costra que exacerba los ánimos y que exige un nuevo modelo de real participación popular, en el marco de un nuevo modo de producción inexorable para un nuevo relacionamiento humano. Un modo de producción socialista.

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