La Belleza: prosa poética de Eulo García

La Belleza

Sin obviar que a la hora de dejar plausible la existencia de las cosas lo que determina siempre es la mirada del Otro, considero a la Belleza como la temática esencial en el milenario recorrido de la construcción poética.

La búsqueda de la Belleza.

El hallazgo de la Belleza.

La pérdida de la Belleza.

La fugacidad de la Belleza.

Definir a la misma de una sola forma, encerrarla en un solo concepto o adjudicarle unos parámetros únicos (sean estos estéticos, morales y, por qué no también, éticos) sería relegarla a un lugar reducido y limitado del tiempo que entonces hoy no la podríamos admirar o desear, y de hallarla en este instante, imaginarla, estaría de antemano condenada a la finitud de las cosas materiales y se perdería con más rabia, con mayor tristeza, en el inquebrantable transcurrir del tiempo, el mismo atorrante tiempo que, determinadamente, acaba siempre por destruirlo todo. O casi todo.

Y no es eso lo que pretende el Poeta. El Poeta busca. El Poeta encuentra. El Poeta pierde. El Poeta se vislumbra. El Poeta se pregunta…

¿Cuántos rostros tiene la Belleza ? ¿Cuántos aromas?

¿En qué momentos aparece, y así como viene se va y nos deja solos con el refulgir en los ojos?

¿En qué lugares descansa y en que imprevisible temor nos atormenta?

¿Guardamos memoria de las veces que la tuvimos cerca?

¿Tenemos inventariado las oportunidades exactas de haberla sentido, de haberla sabido, de haberla vivido?

¿Sabe la tierra y mi gente que la Belleza simplemente Es y que nosotros, todos y todas, somos en Ella, por más horribles que nos sepamos vivir en este determinado percance que nos obliga a sobrevivir?

Pero “ la Belleza será convulsa o no será”, escribió una vez el poeta surrealista francés André Breton, en la desesperada lucidez de su locura. Y a fin de cuentas existe un solo cielo, una sola noche que nos determina.

El poeta chileno Pablo de Rokha descubrió esta verdad irresistible y nos la compartió sin tapujos en el poderosísimo poema titulado Oración a la Belleza , donde la define como:

“Conmoción religiosa, trágica, dyonisiaca de la substancia INNUMERABLE,

Espíritu del universo y pan del TRISTE, pan del TRISTE, belleza, raíz de Dios, -temblor

de su dedo enorme, la nocturna luz MUERTA de sus pupilas inexistentes -, mujer

que enloqueciste con tus caricias al más grande de los poetas: Satanás.”

Y luego de verla y revelarla, de Rokha culmina este poema con una ráfaga de luz extraída desde las entrañas del Cosmos, y nos revela diminutos ante la inmensidad del Universo:

“Belleza, prolongación de lo INFINITO y cosa inútil, belleza, belleza, madre de

la SABIDURÍA, colosal lirio de aguas y humo, aguas y humo sobre un

ATARDECER, extraordinario como el NACIMIENTO DE UN HOMBRE… -¿Qué

quieres conmigo, belleza, qué quieres conmigo…?”

Sin ánimo de desdeño, y con una valoración casi sobre humana hacia la necesidad de la memoria -y con una tenaz convicción de ella-, quisiera reiterar (porque en realidad quisiera reiterarme) un par de preguntas que realicé hace instantes:

¿En qué momentos aparece – la Belleza- y así como viene se va y nos deja solos con el refulgir en los ojos?

¿En qué lugares descansa y en qué imprevisible temor nos atormenta?

La Belleza es la de hoy, la de ayer, la de siempre, la que no necesita fecha de envase ni mucho menos tiene fecha de vencimiento. Por eso fueron tras ella siempre los Poetas. Por eso por Ella existió siempre la Poesía.

Quisiera, si me permiten, culminar esta brevísima intervención con un poema de mi autoría, inspirado en aquella pregunta que atormentó a Pablo de Rokha. El poema se titula “Qué quieres conmigo…”

“¿Qué quieres conmigo?”, le pregunta Pablo de Rokha a la Belleza ,

pero la Belleza no responde, a no ser con

zarpazos,

delirios

y

relámpagos.

La Belleza no responde porque ella no pertenece

a la temeridad de los hombres

ni a su intrépida ignorancia

de niños huérfanos de infancia

y soledad de treinta años.

“¿Qué quieres conmigo?”, le pregunta de Rokha a la Belleza.

Y una ráfaga de noche

sacude al mundo

con su mirada.

Y

un relámpago de carcajadas

estremece al cielo

devorándose a zarpazos

la acurrucada pequeñez

del hombre solo

e

indefenso…

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