kurusu de hierro: El calvario de un pueblo

 

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Un enfrentamiento entre el EPP y los policías marcó la vida de la Colonia Kurusu de Hierro. Derivó en torturas y abusos policiales. Uno de los casos de tortura fue presenciado por seis niños. Hay siete personas imputadas por homicidio que están detenidas en la cárcel regional de Concepción. Entre estas personas está un menor de 15 años con prisión domiciliara. El relato de una población que vive su día a día con el miedo.

La realidad diaria de la Colonia Kurusu de Hierro, localidad distante a unos 400 kilómetros Asunción, no dista mucho de la que tienen otros pueblos del interior del país. Esta localidad ubicada en el distrito de Azotey, departamento de Concepción, cuenta con una ruta de 60 kilómetros de tierra roja que la atraviesa y que con una lluvia se convierte en un obstáculo insalvable. Un trayecto que espera el inicio de los trabajos del enripiado con la licitación ya aprobada.

En un rincón del pueblo está el puesto de salud de la comunidad donde una enfermera atiende durante 8 horas diarias, de lunes a viernes. «Los fines de semana está prohibido enfermarse», dicen los pobladores. Diseminadas por la comunidad se hallan las seis escuelas, vacías y silenciosas por estos días, cayéndose a pedazos.

Una población de más de 3.000 habitantes que vivía en medio del olvido y la supervivencia como tantas del interior del país. Un pueblo que vio cómo una mañana de junio cambió su modo de vida para siempre.

trueno entre las hojas

Todo comenzó aquel jueves 17 de junio cuando miembros de la Policía nacional se enfrentaron a tiros con supuestos integrantes del Ejército del Pueblo Paraguayo (epp), quizás la guerrilla más enigmática de la historia. El enfrentamiento se produjo a unos 300 metros de la Comisaría 21 de Kurusú de Hierro, en una zona boscosa donde se presumía que los integrantes de la supuesta guerrilla tenían su campamento.

Varios pobladores aseguran haber escuchando ráfagas y tiros que provenían de esa zona, sin saber exactamente que estaba pasando. El enfrentamiento se habría desarrollado alrededor de las 11 horas de esa mañana. El resultado del mismo fue la muerte de dos oficiales de la policía. Del lado del epp no se tuvo ni una sola baja, ni un solo detenido y todos escaparon.

Posteriormente la Fiscalía mostraría las pruebas halladas en el supuesto campamento donde se produjo el enfrentamiento. Estas consistían en un manifiesto donde el epp reivindicaba la lucha armada. También se encontraron

fotografías donde aparecían integrantes de la agrupación guerrillera. Ninguno de los pobladores se imaginaba la consecuencia que este hecho tendría en su vida diaria a partir de entonces.

¿sed de venganza?

Al mediodía de ese jueves, efectivos de las fope procedieron a la búsqueda de los integrantes del epp en varias casas aledañas a la zona. Con ansias buscaban encontrar a los responsables de la muerte de sus camaradas.

A esa hora unos 35 efectivos ingresaron a la propiedad del señor Marciano Martínez, de 62 años, sin orden judicial. El mismo se encontraba en compañía de su hijo A.M., de 15 años. Sin dar mayores explicaciones los policías les ordenaron violentamente que se tiraran al suelo. Una vez ahí los moradores de la propiedad empezaron a recibir patadas, golpes, insultos y amenazas de muerte de parte de los mismos. En todo momento tenían prohibido mirar a los rostros de sus agresores. Eran sindicados como responsables de los disparos que acabaron con la vida de los agentes del orden público. En el mismo momento en que ocurría este hecho en la propiedad de los Martínez, otro grupo de oficiales realizaba el mismo procedimiento en el inmueble de al lado donde vivía el matrimonio conformado por Julián Cristaldo e Hilda Martínez. Ellos estaban en compañía de sus cuatro hijos de 11, 10, 8 y 5 años y otros dos niños que se refugiaron ahí en el momento de los disparos.

El proceder de los agentes fue el mismo: propinaban golpes y pisaban sobre las cabezas y en la espalda de los adultos. El que sufría más agresiones era Julián, que en todo momento trataba de defender a su esposa Hilda de los maltratos que estaban recibiendo, a la vez que preguntaba a los agentes las causas del maltrato. Testigos de la tortura fueron los seis niños.

En un determinado momento uno de los policías disparó siete proyectiles alrededor de la cabeza de Cristaldo. Asustado, el hijo menor de 5 años corrió y se lanzó sobre el cuerpo de su padre pensando que lo habían matado. La madre intentó detener al niño pero en ese instante recibió un golpe y una patada de parte del uniformado. Al matrimonio también se incriminó por la muerte de los policías.

En ese mismo momento, Isidoro Morales, de 22 años regresaba en su moto de la casa de su suegra, localizada en la localidad cercana de Nueva Fortuna. Había ido hasta allá para llevar unas mercaderías. En el camino se encontró con los policías, quienes le detuvieron y le preguntaron de dónde venía y qué hacía por ahí, luego empezaron a propinarle golpes.

Como los otros detenidos, sobre él recayó la acusación de haber matado a esos dos agentes, sin haber disparado un solo tiro.

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