Incendios en el Amazonas, preocupación sin reacción

Por Adrián Fernández*

¿Qué grado de responsabilidad le cabe a Bolsonaro por lo que ocurre en el Amazonas? ¿Y al capitalismo?

Se sabe pero parece ser insuficiente para atender la emergencia: la selva del Amazonas es el bosque tropical más grande del mundo y produce el 20 por ciento del oxígeno en la atmósfera terrestre gracias a sus más de 7 millones de kilómetros cuadrados.

Organizaciones no gubernamentales, comunidades indígenas y organizaciones sociales dieron los primeros avisos: los incendios en el Amazonas son más numerosos e intensos que en años anteriores, aún en temporadas que, como la actual, la estación seca favorece la propagación del fuego.

Más de dos semanas después de esta advertencia, el Gobierno de Jair Bolsonaro sólo busca deslindar responsabilidades pese a que Brasil es la nación donde ocurren la mayor cantidad de incendios registrados en el Amazonas.

Además del numero récord de incendios, corroborados por agencias estatales brasileñas y organizaciones no gubernamentales así como también por la NASA de Estados Unidos, el fuego muestra una rápida propagación.

Varios estados brasileños del norte del país se declararon en emergencia; se registra un número indeterminado de mortandad de animales y devastación no mensurada de flora y bosque; el humo producto de las llamas genera consecuencias en la población y dificulta el tránsito terrestre y aéreo.

Bolsonaro entretiene a su audiencia y desvía su agenda echando responsabilidades a organizaciones no gubernamentales, pueblos indígenas y pobladores en general. Curiosa pero reiterada práctica de la derecha regional: cargarle culpas a las víctimas de los propios compromisos gubernamentales.

En lo que va del año se detectaron más de 72.000 incendios, un aumento del 80% en comparación con el mismo periodo de 2018, según el Instituto Nacional de Investigación Espacial de Brasil (INPE), organismo encargado de hacerle un seguimiento a esta zona selvática desde el 2013.

Dos tercios de la selva del Amazonas se encuentran en Brasil y, de manera casi proporcional, la mayor cantidad de incendios ocurre en su territorio. Los datos son coincidentes: nunca antes, al menos desde que se tiene registro estadístico, hubo tantos focos y las llamas avanzaron tan rápido.

Según el INPE, en apenas cinco días que van del 15 al 21 de agosto se detectaron 9.507 incendios nuevos en Brasil, la mayoría de ellos en la región amazónica.

La ciudad de Manaos, capital del estado de Amazonas, se declaró en emergencia el 9 de agosto, ya para entonces la situación era grave. El 16 hizo lo propio el estado de Acre, fronterizo con Perú. También están afectados Mato Grosso, Para y Rondonia.

¿Por qué Bolsonaro está en el centro de las responsabilidades?

Organizaciones y expertos relacionan este incremento sin precedentes de incendios forestales con las políticas de Bolsonaro, enfocadas en mejorar la agricultura y la minería en la región amazónica.

De verdad Bolsonaro hizo todo y más para para ser considerado responsable político de lo que sucede. Pero también hay que admitir que la deforestación en la selva es asunto de décadas.

El presidente no electo Michel Temer, antecesor de Bolsonaro, amplió las licencias de explotación de bosques y hasta Dilma Rousseff tuvo que ceder a las presiones de las empresas de la maderera, del agro y de la cría de ganado, muy bien representadas en el Congreso de Brasil.

Pero, objetivamente, los datos oficiales arrojan que los gobiernos anteriores al actual lograron frenar el ritmo de la deforestación gracias a la presencia de agencias federales y a las multas, todo muy cuestionado por Bolsonaro apenas asumió.

El ya mencionado Instituto Nacional de Investigación Espacial de Brasil (Inpe) ofrece datos contundentes: la deforestación destruyó 2.254 kilómetros cuadrados de la Amazonía brasileña el pasado julio.

En términos comparativos, significa un 278% más que los 596,6 kilómetros cuadrados de deforestación en el mismo mes de 2018, según datos que publicó el pasado 6 de agosto.

Agrega el informe que la tala en esa región aumentó un 40% en los últimos 12 meses y ha sumado 6.833 kilómetros cuadrados frente a los 4.532 registrados entre agosto de 2017 y julio de 2018.

El Inpe afirmó que la deforestación acabó con 920 kilómetros cuadrados de bosque en junio, un aumento del 88% respecto al mismo periodo de 2018.

Estos datos confirman las políticas de Bolsonaro pero contrastan con su intención de que se hagan públicos. Tanto es así que el Presidente cuestionó el informe y echó al director del Inpe, Ricardo Galvão.

Tras la difusión de los números, Bolsonaro reconoció el aumento de la deforestación pero cuestionó «la forma en que se ha divulgado» porque esas informaciones «le hacen mucho daño» a Brasil.

El Instituto encargado de medir la deforestación en la Amazonía está actualmente al mando de Darcton Damião, un oficial de las Fuerzas Armadas de Brasil.

Hay otro dato que también es potestad del actual gobierno: apenas asumió, Bolsonaro anuncio que abandonaría el Acuerdo de París sobre Medio Ambiente, emulando a su par estadounidense, Donald Trump. Pese a que luego retrocedió por la presión europea, su afirmación agravó las cosas.

El abandono manifiesto del nuevo Gobierno brasileño a las políticas de protección del Amazonas tuvo su más reciente correlato en la decisión de Alemania y Noruega de dejar de aportar dinero para esa causa.

Que la canciller Angela Merkel use esos fondos para «reforestar Alemania» y que Noruega deje de «matar ballenas» y «extraer petróleo del Polo Norte», fue la respuesta del mandatario sudamericano.

Pero todo parece ir más rápido incluso que las palabras de Bolsonaro. En el tiempo que esta columna fue escrita y mientras está siendo leída, el fuego continúa su vertiginosa carrera y las redes sociales estallan.

Para peor, el pronóstico del tiempo emitido a mitad de año por el INPE, extendido hasta fines de septiembre, indica lluvias del 40 al 50%, por debajo de la normal para el centro y el norte de la Amazonía.

Más allá de la revulsiva forma de ejercer el Gobierno de Bolsonaro, corresponde preguntarse cuánta responsabilidad le cabe al avance de los negocios a cualquier precio y a los humanos cuando subestimamos los «daños colaterales» del «desarrollo».

Bolsonaro es uno de los abanderados de la explotación de los recursos naturales a manos de las multinacionales en nombre del capitalismo, nunca lo ocultó. Pero la devastación capitalista lo trasciende.

A diario, los bosques y las pequeñas comunidades y pueblos originarios que los habitan, padecen incendios, tala indiscriminada, aludes, mega obras y extensión de superficies cultivables.

Cada uno de estos sucesos cotidianos, que la prensa comercial y las redes sociales pocas veces registran, son voces que nos recuerdan que el capitalismo y el ser humano son incompatibles.

Hoy ruge el Amazonas. Ante la inacción y la hipocresía capitalista, la voz del pulmón del planeta debiera ser escuchada por los pueblos del mundo.

*Publicada en América XXIhttp://americaxxi.com/

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