Impuesto soja-pe guarâ: ipu mbokavícho Congreso-pe

Ijapu ñandéve Cale ha iñirûnguêra Congreso-pegua: el proyecto de impuesto a la exportación de soja que estudian los legisladores es sólo una treta electoral; aunque también revela que el discurso en contra de los intereses oligárquicos, hoy ya es conveniente para ganar votos.  

 

Fuente: www.que.es

A Calé Galaverna se lo puede acusar de muchas inmoralidades, pero no de torpe: su maligna inteligencia le había avisado que ese –hace 20 días atrás- era el momento de proponer, “indignado” como se lo veía, un 20% de impuesto a las exportaciones de soja. Detrás de su simulación se parapetaba la intención de amortiguar la crítica que los grandes medios y los economistas lanzaban contra el Congreso, por haber inflado sin límites el Presupuesto General de Gastos 2013 sin tener recursos para cubrir esos gastos.   “¿Ofalta piko peême plata?…bueeeno, ña nohê viru sojero kuéeeragui… umíaniko hetaaa iplaaata hína che compañeero…”, había dicho Calé a un medio radial local, con su acostumbrada verborragia, inmediatamente después de haber presentado la propuesta legislativa.

Pero Calé y la mayoría absoluta de los demás senadores de todas las bancadas partidarias –quienes entendieron perfectamente la percepción e intención del colorado-  -además de dar una «solución» al problema presupuestario que crearon- actuaban y hablaban esencialmente, no para los medios ni economistas bien pensantes, sino, a través de los medios, para las mayorías sociales de pobres y de clase media del país. Pero, ¿Cuál era ese mensaje? Es simple: ore, peêicha, roî avei umi sojero vare’a contra-pe. Pero, marâ gua’u he’i hikúai upéva…

Interpreto que la realidad que vivimos todos -sobre todo los pobres y en menor medida la clase media- es ya irrefutable, porque lo vivimos en carne propia: la gente ya ha empezado a separar a los opulentos sojeros y ganaderos de los que somos sus víctimas; la gente ha empezado a demarcar –aunque no lo conceptualice así- entre la vieja oligarquía y el resto que también habitamos, aunque mal, este país. Sí es preciso decir que aquella realidad no ha hablado sola: le han hecho hablar un discurso que lleva décadas repitiéndose en las palabras de los dirigentes campesinos y urbanos de las organizaciones sociales; en los discursos de los técnicos de las ong progresistas y ecologistas; de los partidos de izquierdas y en los de los liberales progresistas. Después de décadas de repetición, hoy la gente está entendiendo gracias, principalmente, a su dolor.

Chéve roguarâ Cale arandû vai ohecha ha ohendu ko oikóva hína tetâgua apytu’û ha korasôme: tetâgua kuéra ja ohecha ha ohetû va’ima, ja ndo cha’eveima, sojero ha ganadero kuéra rehe. La maligna inteligencia de Cale y de sus amigos del Senado percibieron claramente que hablar bien de los sojeros y ganaderos ya no es negocio electoral; por el contrario, ahora es negocio hablar mal de ellos. Y como aquel día en que propuso el 20% de impuestos a la exportación de soja era unos días antes de las internas coloradas; y como aquel día y como hoy estamos a menos de cinco meses de las elecciones generales, Calé y los demás necesitan votos, entonces hablaron mal de los sojeros para quedar bien con las mayorías, víctimas de los sojeros, que ya entienden que son víctimas de aquellos.

En síntesis, la propuesta de Galaverna y de los senadores de imponer gravamen a los sojeros no pasa de ser una bala de fogueo, un falso discurso, que terminará, por ahora, en el oparei, y ellos lo saben. Lo saben porque ellos no pueden pretender que una ley hiera los intereses del núcleo oligárquico, ese poder que justamente les sostiene en sus curules en el Congreso, hasta ahora.  Aunque si se han dado cuenta que el discurso –no la realidad- oligárquico se va agotando.

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