Homenaje a la vida, a José Luis Caravias

Por Magalí Casartelli

José Luis Caravias colaboró en la creación y formación de las Ligas Agrarias Cristianas. Foto: CVX.

Existen conversaciones que de inmediato o con el tiempo te marcan, dan una orientación al camino personalísimo que decidimos transitar o resultan ser una luz para ese tramo.

José Luis Caravias fue un hombre de presencia imponente en zapatillas. Su palabra era pura potencia, concreta, dirigida, directo a donde debía dar para sacudir y movilizar. De él recibí el regalo de su palabra y cercanía en un momento en que su vida se cruzó con la mía; algunas veces el intercambio era de índole espiritual (no precisamente católica -y se lo agradezco-porque él iba más allá), laboral, social o de amistad.

Una de sus facetas más conocidas era la de ser sacerdote jesuita. Pero me gusta pensarlo por encima de la barrera de aquella identidad que no dice todo lo que fue. Comencé a admirarle en la distancia, al ver que en la historia de este país su nombre resonaba en la experiencia de las Ligas Agrarias Cristianas.
Luego de relacionarme de manera más frecuente, mi trato con él muchas veces era suelto y relajado, aunque otras tenía que ver con tareas y responsabilidades porque yo, con mucha juventud a cuestas (entre mis 24 y 27), me encargaba del área de comunicación del CEPAG, el área social de los jesuitas del Paraguay.
Caravias se mostraba a veces gruñón y cascarrabias; un par de veces recibí fuertes reprimendas (nunca hirientes ni dolorosas) cuando él consideraba que los resultados debían ser mejores a los que se estaban obteniendo, en concreto cuando se trataba de reedición de libros y errores que se deslizaban en el proceso.
Aún en medio de esa cotidianeidad -recordándola- puedo sentirlo afectuoso, como alguien que me apoyaba y animaba a crecer y ver otras cosas. Para mi, paradójicamente en el momento de mayor descreimiento hacia la Iglesia Católica, era un orgullo un poco extraño estar rodeada de gente como Melià, Oliva, Caravias.
Recuerdo en especial una conversación a la que cada tanto vuelvo y que solo con el correr de los años me impactó la potencia de su mensaje. En los vericuetos de la memoria perdí el contexto en la cual surgió, pero se refirió al ateísmo, a personas ateas.
Me dijo que él sentía especial estima hacia los ateos, porque son personas que en algún momento de su vida rompieron con esa fe alienada que nos enseñan desde pequeños. No recuerdo sus expresiones exactas pero sí que hizo hincapié en esa triste educación religiosa, alienada -esta palabra sí la dijo claramente-, que desde la cuna recibimos la mayoría en este país y en esta región.
Sin embargo, agregó, él consideraba que en algún momento de su vida estas personas no llegaron a reconstruir una nueva espiritualidad. Porque, aunque ese quiebre es necesario para podar la maraña que nos entorpece la vista o nos separa incluso de la divinidad -o como quiera cada quien llamar a Dios o la fuerza vital o creadora del Universo-, para estar completos no podemos desatender la dimensión espiritual que nos tironea.
Es decir, y ya estas son mis reflexiones, si desde niños nos quisieron embaucar pero en nuestro trayecto vital logramos despabilarnos y al darnos cuenta de ese engaño sentimos una rabia válida al principio, no podemos permitir que, además de intentar atontarnos, nos roben el derecho a desplegar de manera renovada esa dimensión, desde el credo por el que optemos libremente o desde cualquier otra propuesta espiritual que nos llene.
Fui alumna del colegio Cristo Rey, es así que podría parecer que de ahí mi cercanía con los jesuitas, pero, para ser sincera, nunca asumí como parte de mi identidad aquel tránsito circunstancial de mi vida, hoy lo veo como una etapa en que habité un espacio y conocí gente de la cual aprendí más que contenido académico (esa es otra historia).
Siento que fueron otras fuerzas o energías las que me abrieron la puerta para establecer ese vínculo en aquel entonces.
Siempre, hasta en el momento de mayor descreimiento, sentí una sed acuciante por atender la dimensión espiritual que hay en mi y que toda la educación, la cultura y el tipo de mística católica que rodearon mi vida, no supieron calmar o satisfacer.
Fue un puñado de jesuitas la primera influencia para sentirme libre de hacer mi camino y encontrar las palabras para expresar aquellos cuestionamientos que me quemaban y que luego, junto con otras lecturas, búsquedas y más personas que aparecían en mi trayecto, esto que sigo moldeando se va acercando cada vez más a mis anhelos más íntimos.
Entonces, sin dudas, gracias, Caravias y qué bendición haber coincidido contigo en este plano.

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