Historias cotidianas contra el olvido

Asunción, capital de mis amores, lamido por el río que dio nombre a nuestra patria. Asunción, sufrida y cantada por tantos, que ya es imposible oír claro entre tantos rumores. Pero esos rumores se desprenden de seres que hacen de vos un motor que se no resigna a morir. O simplemente se resigna. Y a Asunción le rodean lo que se da por llamar cinturones de pobreza. Pequeños micropaíses dentro de un país donde se exilian los que, ante las adversidades y la indiferencia, no tienen otra opción que quedarse. Los que pueden, se van.

El exilio interno

La nación la hace la gente, que hermanada en un sentimiento de un pasado compartido busca abrirse cancha ante el mundo, que se vuelve más complejo, a veces más hostil, más estrecho. Acaso, para la mayoría, una realidad desoladora.

¿Qué pasa entonces con esa gente? ¿A dónde van a parar sus sueños, sus esperanzas? Abramos los ojos. Vivimos en un estado de resignación e inacción dramática. Por ahora culpemos a la historia, a la guerra grande, a la mediana, a la pequeña, al dictador, a la ignorancia. ¿Pero, podríamos culpar a una persona?

Aquí hay una persona, su nombre es Lucía Ruíz Díaz, tiene cuarenta años y vive hace tres años en la comunidad Virgen del Luján, una de las más pobres del Bañado Sur. Tuvo que exiliarse hacia esos parajes huyendo de San Lorenzo y sus altos alquileres inmobiliarios, junto con su marido Clementino López (41 años), quien según su propio testimonio fue preso desde los once años hasta el fin del régimen Stronista. En ese lapso de tiempo perdió prácticamente a toda su familia, de ideales liberales. El mismo perdió toda una gran porción de vida y la oportunidad de una educación. Es decir, no sabe leer ni escribir. Producto del 1% de inversión en educación en épocas dictatoriales o el 3,4% actuales.

Algunos simplemente soslayan este tipo de experiencias y realidades o tratan de olvidar. En algún lugar se lee: «La memoria molesta». Aquí, nada hay que recordar ya que esto es de hoy.

Lucía es madre de seis hijos vivos, uno nació sin vida. La mayor tiene catorce años. Ella, Lucía, con Clementino hacen lo posible (o debería decir lo imposible) para mantener en el hogar la alimentación y vestimenta de sus hijos. Específicamente, son recicladores. Clementito trabaja prácticamente todo el día en el vertedero municipal, mal llamado Cateura, recolectando todo aquello que sea posible para el reciclaje, exponiéndose a contraer enfermedades que no serán curadas por las instituciones públicas y aún menos privadas dado el costo de las mismas. Lucía queda en casa cuidando a los hijos, aunque de tanto en tanto va a ayudar al marido en su lugar.

Los trabajos más comunes en el Bañado son los del reciclado, fletes y mandados en los carritos. Los ingresos diarios de estos sacrificados y peligrosos trabajos son entre 15 mil a 20 mil guaracas por día. Esta cantidad es irrisoria. Aún peor si se piensa que en las comunidades del Bañado están constantemente asediadas por los pésimos suministros de agua y energía eléctrica, a pesar de contar con una tarifa social, y la constante amenaza de la subida del río que deja, cada vez que ocurre, a enteras familias sin nada.

En lo íntimo

Para llegar a la casa de Lucía hay que bajar por el famoso caracolito, hacia las entrañas del Bañado, y luego ir hacia la derecha por un largo camino que de pronto tiene empedrado y de pronto arena. Se deben cruzar charcos, sortear impresiones olfativas desagradables y sobre todo rostros. Rostros de todos los matices. Rostros jóvenes, siniestros o sombríos, temeros o desconfiados y por supuesto también los hay amables, sonrientes, de una edad indeterminada. Una cantidad de personas que siempre lo miran a uno porque presienten que uno no pertenece a ese lugar. Y uno sabe perfectamente que están en lo cierto.

Aplaudí, a lo que respondió la que sería la hija mayor, y nos hizo pasar amablemente a mí y a mi compañera, quien me guió hasta la casa. Le inquirimos por su mamá y ella respondió con gran amabilidad «esperen un ratito, ya viene, está arreglando la pieza». Enseguida nos rodearon los hijos de Lucía que eran tres, junto con sus hermanas más pequeñas. Nos miraban curiosos y traviesos. Uno se me acercó y me mostró un juguetito que era un escarabajo con ruedas y que al estirar de una cuerda, al ponerlo en el suelo iba solo. «Mira –me dijo, como la cosa más normal del mundo– así ese se va y te persigue».

–No le molestes mi hijo. –era Lucía que salía a recibirnos.

Nos saludamos, mi compañera me presentó y luego de una breve introducción de mi persona y comentarle que había venido a entrevistarla se despidió y quedé a solas con Lucía (Es decir, rodeado solamente de sus hijos).

Me pareció que en el mismo momento que mi compañera traspasaba la puerta Lucía había cambiado de faz ante el extraño que tenía en frente y con una mirada escrutadora, desconfiada, incluso llena de picardía me preguntó:

–¿Y qué es lo que vos querés hacer? ¿Un libro o para un diario?
Me quede momentáneamente confundido por lo brusco de la pregunta a la que respondí con mi mejor tono que era para un semanario. Que quería hacer un artículo sobre ella y su marido, de su trabajo y de su experiencia de vida. Quizás fui algo ingenuo al responderle tan directamente. Ella me siguió mirando y atinó a decir:

–Pero un artículo no es lo mismo que un diario

Ahí sí que me quede más despistado. Y continuó:

–Mirá que yo así como soy pobre, así como me ves –y lo dijo con gran orgullo, teñido a mi parecer por una actitud defensiva-ofensiva– terminé el sexto curso.

Traté de explicarle en un tono conciliador que me interesaba mucho reflejar su realidad desde su propia perspectiva. También tuve que comentarle el carácter del semanario, cuales eran nuestras políticas, nuestras intenciones. A lo que ella me respondió:

–A mí no me sirve de nada mostrar mi realidad.

Quedé turbado ante la agresiva resignación de la respuesta. Tontamente seguí hablándole del trabajo concienciador que nos tocaba como medio de comunicador y lo importante que era para esa tarea su experiencia. Como si jugáramos al truco, hizo lo consiguiente. Retruco.

–La conciencia se crea en la calle. Para mí que la gente nace ya con conciencia y los que ya no tienen se quedan ya así. Muchos ya me vinieron a buscar para contar gua‘u mi realidad pero eso a mí eso no me sirve.
–¿Quiénes te vinieron a buscar?–pregunté ya más encaminado a entender lo que pasaba ahí.
–Y los diarios, revistas hasta la vez pasada vinieron la radio para entrevistarle a mi marido. Muchas veces ya vinieron pero después se olvidan, ya no te ayudan.

«Ah, por ahí viene la mano», pensé.

–Ah, ¿y cuándo –seguí el hilo de la conversación, notaba que se hacía más ameno– fue la última vez que vinieron?

–Y hace poco nomás. Vinieron y quitaron todo foto de mi casa, de mí, nambrena luego. Pero como te digo todos vienen un rato, muestran mi realidad –acentuó con cierto desdén esta palabra– y te ofrecen ayuda pero después nada. Como te digo a mí no me sirve de nada. El pobre lo que busca es apoyo económico y espiritual.

Comprendí la dura crítica que estaba haciendo hacia mi oficio en general, el periodismo. La actitud chupa sangre, vampiresca de lo amarillo, el sensacionalismo y la explotación del morbo de la gente. Aunque de alguna manera yo también era el blanco. Pero no me sentía personalmente incluido puesto que el ambiente se fue relajando y entramos en cierta confianza. También decidí mostrarme con un diferente rol al del periodista, más bien un confidente. Sin embargo, aunque parezca paradójico seguí con las preguntas.

–¿Y cuándo vienen más a entrevistarle?
–Y ahora más que antes. Viste que ahora con las elecciones y eso todos se quieren acercar a ayudar. Pero nosotros con mi marido dijimos que ya no íbamos a hacer más entrevistas porque nadie ayuda. Acá vienen te sacan el jugo tuyo y son otros los que toman.

Está última frase se me quedó grabada por lo gráfico. «Te sacan el jugo tuyo y son otros los que toman».Luego de un breve silencio sumó:
–Una vez me acuerdo que vinieron unos periodistas y les le pedí por mi vecina que tiene cuatro hijos para que le compren por lo menos para su colchón, pero nadie pasa la mano. Acá la gente se moja la frente para comer. Nadie no ayuda, nadie nunca nada.
– Entonces ustedes ya no quieren saber nada de los medios –inquirí receloso de que eso me perjudicará ahora que habíamos entrado en confianza.
–No –fue tajante– con mi marido dijimos que ya no íbamos más a hacer porque ni aunque me vaya a llorar a los canales no me van a dar de comer.

Ante tanto pesimismo intenté girar la conversación y miré hacia la calle. Gentes pasaban y saludaban. «Tenés muchos vecinos» le dije, «y sí» me contestó llanamente. En la calle estaban jugando sus hijos ese juego que llaman bate-bate.

–¿Todos los que están jugando van a la escuela? –indagué.
–Sí, todos tienen buenas notas. Y a la mayoría le dieron una beca y eso lo que me gusta. Me gusta que a los que quieren estudiar de verdad se les dé beca. Pero hay también eso que traen proyectos para los pobres, pero se les da a los que ellos quieren nomás. Para ellos nomás y es para la comunidad.
Me resultaba asombroso lo negativo que lo veía todo. Todo para ella, me pareció, tenía un cáncer. Me abrumaba las constantes palabras negativas que utilizaba. No, nunca, nadie. Sin embargo seguimos hablando sobre niños y advertí allí la esperanza. Me contó que Alma Mariana, de cinco años, también tenía una beca.

Agregó que también que era por sus hijos que se negaban de dar más entrevistas. «Porque cuando divulgás tu vida le hacés pasar vergüenza a tus hijos y después le discriminan en la escuela»
A pesar de toda aquella carga emocional desamparada, Lucía era una motivadora de su comunidad ya que hasta junio de este año tenía un programa en la radio comunitaria del Bañado que se denominaba «Hablemos de Mujer» ese espacio es para «levantar el ánimo a las mujeres, el valor de la mujer que hay que respetar, sin tocar demasiado en el punto débil». Se alejó del espacio por disputas internas. No me fui más lejos. Lucía debía partir hacia la escuela donde debía participar de una jornada, así que le pedí disculpas por la molestia y le agradecí su tiempo. «No, por favor –me sonreía– gracia a vos» «Nos vemos oportunamente» le dije y partí. Quedaba pendiente una entrevista con su marido cuya experiencia personal era aún más desgarradora. Caminando por el terraplén saliendo de la comunidad Virgen del Luján hacia fuera me fui pensando en lo paradójico de todo. Esa mezcla entre voluntariado y pesimismos, de solidaridad y resignación. Me reconocí en varios aspectos y reconocí en lo profundo nuestra idiosincracia fatalista. Recordé que también me dijo «Uno dice voluntario pero solo 40% es voluntario y el resto es porque quiere algo». Y me saltó nuevamente la pregunta. ¿A quién culparemos ahora?

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