Hijo de hembra

Cuento de Adrian Sinay Duarte. 1ra. mención de la 17º edición del Concurso de Cuentos Club Centenario (2011).

Por: Adrian Sinay

Seis meses antes del golpe de estado que llevó a Alfredo Stroessner al poder en la década del cincuenta, el periodista y antropólogo español Imanol Garza[1], logró entrevistar al último sobreviviente de la terrible batalla de Acosta Ñu. Por algún motivo que desconozco, el manuscrito hallado entre las páginas de un libro que hojeaba en la Biblioteca Nacional, nunca fue dado a la imprenta. A cincuenta y siete años de su creación, tras superar innumerables inconvenientes y luego de un fiel y minucioso trabajo de transcripción, pongo a juicio del lector esta historia relatada por su propio protagonista, quien nos habla, más qué de la indigna batalla de niños contra hombres, de sus experiencias en los años posteriores a la Guerra de la Triple Alianza. Falta la primera página.

“…mamá nos dibujó una especie de bigote y barba a los cuatro, con pequeños trozos de carbón, luego balbuceó una plegaria que no comprendí y nos dio la bendición. De haber sabido que era la última vez que estábamos todos juntos, no hubiera permitido que el parsimonioso andar de la carreta durante el trayecto hasta Barrero Guasú me adormeciera, pero nunca imaginé la magnitud de lo que acontecería luego.

Al despertar, prácticamente habíamos llegado y el sol comenzaba a asomar sobre un campo dilatado y herboso. Nuestra hueste, que consideré numerosa, pasaba de lejos por un grupo de hombres recios y seguros de sí mismos, preparados para la batalla, sin embargo, al acercarse más, uno descubría rostros pueriles detrás de falsas barbas cerradas, llenos de temor ante la inminencia de la muerte. Los soldados con instrucción militar que componían aquel ejército y que apenas superaban la centena, se encargaban de distribuir machetes y palos a los que iban llegando y explicaban que el General pasaría en cualquier momento a dar la última arenga. El mismísimo General Caballero; El Centauro de Ybycuí: cabalgaba tan tranquilo que parecía dar por seguro su futuro en las playas de Río de Janeiro y en el sillón de los López.”

Es digno de mencionar que Imanol Garza se ganó la consideración pública gracias a la publicación de una serie de artículos acerca del gobierno corrupto del Presidente Chaves y de un previsible levantamiento del General Stroessner, ambos miembros del Partido Nacional Republicano o Partido Colorado (fundado por Caballero). Se podría conjeturar con ello que la intención de hacer figurar a aquél héroe nacional como traidor, responde más a su propia sedición que a las ideas del protagonista, sin embargo podrá apreciarse más adelante, en el relato del niño que sobrevivió a aquella batalla, que el odio hacia el General y lo que representa, reside en ambos.

“Cerca de las nueve de la mañana nuestro enemigo se dejó ver en el horizonte, creando una línea perfecta que separaba de lado a lado cielo y tierra.  Además de la ausente vocación militar en la gran mayoría de nosotros, los invasores nos superaban ampliamente en número. Impensadamente, la lucha se prolongó demasiado, tornando el campo de batalla en un averno de alaridos interminables y extremidades regadas por doquier, donde miles de infantes que gateaban a los pies de hombres infalibles, eran degollados sin contemplación frente a las madres que salían de la maleza para combatir y rescatar o morir. Yo corrí como no volví a hacerlo nunca. Corrí por mi vida, sin dirección y despojándome del uniforme en la carrera. Corrí en medio de un apocalíptico silencio, aterrorizado por una explosión tan próxima que me dejó temporalmente sordo. Pero sobre todo corrí, al oler la carne quemada.

Cuando creí estar suficientemente alejado de la muerte me desplomé, exhausto y sediento, a orillas de un arroyo. Desesperado, bebí de su cauce hasta saciarme. En la margen opuesta y varios metros más arriba, alcancé a ver un reducido grupo de soldados compatriotas que lograron sobrevivir a la contienda. Con cautela y por entre los arbustos me fui acercando hasta poder comprender lo que hablaban. Sería absurdo que intentara describir la conmoción que me causó oír al ex-arengador explicarle al resto de los hombres que la guerra estaba perdida desde el principio, que tenía un trato con el Imperio del Brasil, que llegado el momento había que entregarse, que existía la promesa de respetar la vida de los que fueran leales a él, que López caería en cualquier momento.”

Llega hasta aquí lo concerniente a los tiempos de guerra. Al parecer el protagonista, cuyo nombre no aparece ni aparecerá en lo que queda del relato, se mantuvo escondido en los montes durante algunos años, de los que se habrá hecho referencia en páginas faltantes o desechadas por el propio Garza. Como la historia lo explica, la densidad de población masculina del Paraguay luego de la Guerra de la Triple Alianza era ínfima, y es de esos años, esencialmente, de lo que trata el resto del relato.

“No puedo calcular cuánto tiempo transcurrió desde aquella mañana despiadada y proterva hasta la tarde en que, caminando por el monte, escuché el canto de una mujer. Sin que pudiera evitarlo y como producto de una debilidad hasta entonces desconocida, mis piernas se dirigieron hacia la cascada donde la melodiosa hembra se bañaba completamente desnuda. Me quedé mirando fijamente su esquelética figura por unos minutos y entonces percibí, a través de mis harapos y sin saber con qué motivo, cómo mi sexo tomaba por primera vez su forma rígida. Al advertir mi presencia, apresuró su salida del agua para vestirse y serenamente se acercó. Su nombre era Agripina y tenía treinta y siete años, sin embargo, sus recientes experiencias le habían curtido el rostro de manera tal, que aparentaba tener por lo menos quince más. Su padre; sus hermanos; el incendio: todo se desvaneció y desde entonces vivía sola en un rancho al cual me ofreció ir. Acepté, quizás por estar harto de esconderme en el monte, o porqué en algún momento me recordó a mamá, o incluso, tal vez, por la motivación que provocó entre mis piernas.

El rancho no era otra cosa que una choza decadente junto a una pequeña y abandonada huerta, donde dos famélicas gallinas escarbaban la tierra en busca de gusanos. Cuando estábamos por cruzar el umbral, Agripina se despojó de lo que llevaba puesto con asombrosa rapidez, dejándome verle el espinazo y sus desnutridas nalgas unos segundos, para luego girar lentamente hasta quedar de frente y con los brazos abiertos. Desde el principio mi atención se centró en su enjambre en delta, pues mi intuición me decía que allí escondida se encontraba la fuente de la que tarde o temprano ansiaría beber. Luego fui subiendo por la oscura figura de caderas y costillas visibles, pechos empequeñecidos y marchitos con oscuras areolas que rodeaban dos botones en punta, hasta encontrar la mirada lasciva, los ojos llorosos.

Me quedé a vivir allí y durante el primer año atravesé etapas que a un hombre normal en una situación normal, es decir desde el descubrimiento sexual hasta la paternidad, le tomaría muchos más. Desde del primer contacto, Agripina me enseñó de qué manera lo que hacíamos tenía un fundamento firme y una ley que lo amparaba: el amor libre había sido decretado y darle hijos a la Nación mutilada era nuestro deber. Yo no sabía ni de fundamentos, ni de leyes, ni de lo que hacíamos hasta conocerla, por lo que lejos de oponerme, decidí apoyar ciegamente su causa. A los veinticinco años era padre de sesenta y cuatro críos, obviamente, no todos concebidos por la macilenta sirena del monte. Ésta, una vez que quedaba encinta, traía al rancho otros vientres ávidos de ser útiles a la patria y compartía con ellos sus tierras y mi semilla. En su gran mayoría, eran niñas de reciente menarquia, ansiosas por experimentar la maternidad.

Agripina ideó y llevó a cabo una suerte de campaña de inseminación biológica nacional, en la cual, los varones con edad suficiente, eran enviados a lugares donde pudieran servir con prestancia a la patria, mientras que las mujeres, a medida que crecían, iban apostándose en chozas y casitas aledañas al rancho. Aunque falto de pruebas, me atrevo a decir sin temor a equivocarme, que los frutos del árbol genial y lógico de Agripina, fueron diseminados a lo largo y ancho de toda la república; en cada paraje, por más remoto que fuere, dispuso hombres que pudieran contribuir con la repoblación de un país que por muy poco no fue aniquilado. A mí, como primogénito progenitor, me concedió la gracia de ser el único varón estable de nuestro poblado, siempre y cuando pudiera cumplir a cabalidad con todas y cada una de las matrices que ella ponía a mi cargo.”

A continuación, un manto de erotismo poco creíble cubre el relato y al mismo tiempo, llamativamente, la caligrafía pierde el estilo que la caracteriza hasta ese momento. Es de sospechar que durante estas páginas, la imaginación del español tomó las riendas de la historia, tal vez bajo los efectos del alcohol o del opio, narcótico al cual era adicto. La omisión de este pasaje fue una decisión tomada exclusivamente por quien transcribe la entrevista pues lo considera tan prescindible, desde su particular opinión, como aquel que debería tratar los años transcurridos entre el arroyo de la traición y el arroyo de la cópula.

“Agripina murió el lunes primero de enero de mil novecientos seis, a los sesenta y nueve años. Meses más tarde, un grupo de extranjeros de apariencia pacífica y extraña pasión por el trabajo, se instaló en las cercanías de nuestro poblado. Con el tiempo, fueron desposando a cada una de nuestras mujeres y, sin saberlo, terminaron con la factoría de paraguayos naturales que a esa altura, aunque esporádicamente y con escaso éxito, seguía funcionando. Entonces, más por manumisión que por rebeldía, me fui.

Un prolongado derrotero por el país me condujo hasta Piribebuy, donde en un pequeño establecimiento de ramos generales escuché hablar acerca de la enfermera religiosa que supo sobrevivir al incendio del Hospital de Sangre durante la Triple Alianza, para luego dar a luz, en pleno monte y por milagro divino, casi dos mil paraguayos. Presté atención al fantasioso relato que buscaba santificar la figura mística de Agripina por sobre su esfuerzo humanitario y terrenal con falsa condescendencia, ya que, si bien fungió de madre para un número igual o semejante de seres, yo sabía perfectamente que no engendró la cuantía estipulada en aquella quimera popular. Fui objeto de burla cuando intenté persuadir de su error a los parroquianos que compartían una ronda de caña en el modesto comercio y empecé a comprender, en medio de risas y carcajadas, que mi versión de los hechos, la verdadera, no tenía oportunidad alguna de ser escuchada. La de los lugareños, con esa cantidad exagerada de hijos espurios atribuidos a una sola mujer, no le permitió ni al estado ni a la iglesia, darle investidura de santa o de heroína, como pretendía el pueblo piribebuyense de la época. Fue así que la historia de la madre de los paraguayos, la de ellos, se instaló para siempre en la alcoba del olvido.

Llegué a Asunción a fines de mil novecientos trece, justo cuando el tranvía empezaba una etapa de esplendor con la electrificación de sus servicios y precisaba nuevo personal. Empecé como empleado de limpieza para luego ponerme al mando de uno de los carros que recorría el tramo entre el Puerto y la estación Belvedere; la rutina del recorrido y la sencillez del trabajo me hacían feliz. Y aunque la habitualidad de algunos pasajeros los volvía casi familiares, no le dirigí a ninguno, jamás, otra cosa que no sea el saludo.

Una mañana muy calurosa de diciembre, como si fuera un fantasma, Agripina subió a al tranvía. Lucía mucho más joven que la primera vez que la vi y su figura era esbelta, su imagen radiante. Iba del brazo de un joven apuesto y bien vestido quien presumía ante todos por su compañía. La estampida de bueyes que surcó el terroso campo del pasado, levantó una polvareda de recuerdos y me llenó los ojos de tierra. Detuve el carro y me acerqué hasta casi rozarla: no era ella como tampoco su espectro. Entonces, comencé a notar, que en la joven a su lado y en cada mujer a bordo, se repetía incansablemente el mismo rostro. Víctima de la asfixia, entré en pánico y perdí el conocimiento.

Los doctores dijeron que fue una alucinación, producto del calor en combinación con la falta de líquido suficiente en el cuerpo. Pero no era así. Cuando retorné al trabajo y la situación se repitió un par de veces sin el consabido desmayo, fui despedido. Pasé de conductor a pasajero, movido por la ansiedad que me provocaba el hecho de poder ver a Agripina en cada mujer que recorría ese automatizado trayecto.

A partir de aquel momento, día tras día, subo en una de las paradas al primer viaje y no me bajo hasta el último. Me apodan el loco del tranvía, pero poco me importa lo que la gente pueda decir con tal de verla, ya sea como niña, adolescente, joven o mujer. En cada hembra que transita las vías, aunque nadie lo crea, algo de ella se mantiene intacto.”

Bajo el título Agripina y el loco, este texto mezquino en datos bélicos, de escasos pormenores, nulo en cuanto a descripciones físicas, parece resultar poco enriquecedor, incluso desde el punto de vista demográfico. Sin embargo, un daguerrotipo que lo acompaña hace inestimable su valor. En él, una mujer posa sobre un fondo rural, sin más compañía que un par de mortecinas aves de corral. Lo singular de esta pieza de antigüedad radica en su exotérica propiedad ilusoria, pues cada persona que le ha dedicado un mínimo tiempo de estudio, atestigua haber visto en la prístina modelo, el rostro de su propia madre. En ocasiones incluso, han hecho referencia a ciertos aromas característicos que juzgaban olvidados y que se hacen presentes de forma inmediata y en exclusiva. Mi caso particular, no obstante, tiene otras características.

Cada vez que observo la imagen tomada con la cámara oscura abandono mi cuerpo, arrullado por la melodiosa voz de mamá, y me sumo al daguerrotipo en posición fetal.


[1] Nacido el 9 de abril de 1910 en Sevilla, según consta en documentos que datan de la época. Esto, sin embargo, podría ser falso, ya que en realidad se trataría del anarquista aragonés Jordi Hernández quien, luego de la Guerra Civil Española, se refugió unos años en la ciudad de Eusebio Ayala, próxima a los campos de Acosta Ñu, para más tarde trasladarse a la capital un poco antes de la Revolución del 47.

Sobre el cuento: Obtuvo la 1a mención en la 17º edición del Concurso de Cuentos Club Centenario (2011). Este año fueron miembros del jurado los escritores Carlos Villagra Marsal, Osvaldo González Real y María Irma Betzel, al igual que la asesora, Sra. Dirma Pardo Carugati y la coordinadora, Sra. Renée Ferrer.

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