Hay teatro para rato

A sus treinta años, Hugo Robles está contento, se le nota, aunque anda mal de amores. ¿Quién no?, respondería la platea. En un poco más de un año con su gente ha subido a escena varias obras y ha trabajado en varios proyectos más. Aheño Ha’eño (Natalí Valenzuela y Katia García Hugo Robles fusionan dos unipersonales), Kure Kyse (con Fabio Chamorro en «su mejor actuación»), Kyre’y (con la Grindcore Clown), Techaga’u (con Carolina Ortiz, Pili Ortiz, Katia García) y Míster Apleyard, en dirección conjunta con José Delgado (Simpson)…

El nombre de sus obras delata el mundo que espía, vive, reinventa. Es él y sus colegas y compinches de teatro y vida como Katia, Chamorro, Yenia Rivarola, Omar Marecos, y tantos otros, un mundo itinerante que apuesta con carne al oficio de las tablas. Como ellos, el teatro paraguayo de hoy (historia y síntesis) tiene una energía vital y compleja de suburbanismo crudo, desarraigo, tristeza honda, kanguero, euforia en explosión de vidas que se expresan en un mar de contradicciones.

El movimiento expresa mundos que se se encuentran, se quiebran y se atrincheran, que se van, que se dejan, en un paisito que a veces nos besa y a veces nos vomita. «Avisá si no te sirve la ciudad de los jazmines… avisame que preparo tu fiesta de despedida», se la escucha a la Yenia Rivarola desde muy adentro.

«Quién dice que acá no pasa nada. En este país se entrenaron más de cuarenta obras en un año, sólo en Asunción», suelta Robles, en un rinconcito de El Rubio, General Díaz (Azara) y Colón. «General Díaz no rima con Palma», diría Ulises Silva.

Robles gesticula. Es grande y tiene presencia. Gesticula y se acomoda el anteojos. Está orgulloso de la gente con quien trabaja. «Chamorro (raramente ausente en la mesa) está imperdible en Kure kyse, le nace lo mejor».

Una generación, «hija de la transición», ha inundado el mundo del teatro. Para la mayoría ya no es expresión personal solamente o parte de alguna agenda de hobbies y destrezas. Para la mayoría de este movimiento el teatro es expresión vital. Es gente, como Pitu (Ana Caballero, la nueva «reina» de Cepate), que quiere ser actriz y vivir de este oficio.

Katia desenfunda anécdotas. Baja el vaso de cerveza para recordar aquella vez que Hugo le soltó sin aviso a una gallina en escena para que conversara con el bípedo. Hugo se le ríe a carcajadas y apunta con los dedos. «Ésta (por Katia), te hace de todo». Katia devuelve el gesto desde adentro. Desenfadada y desafiante, afirma: «Yo amo el teatro. Yo soy actriz». Es chusca la Katia. Con ese ímpetu que se devora el kanguero y el pirevai, agrega: «Prefiero vivir en la pobreza absoluta antes que hacer algo que no me exprese ni me represente».

Ha llegado a la mesa Claudia Bogarín, con sus ojos de lechuza. Ya no le duele tanto haber querido tanto. María trae otro ñoño. Hay muchas cosas que pasan en este país, parece asentir Claudia, al explicar que en Buenos Aires le costó un Perú conseguir trabajo y que desde que regresó acá no para de trabajar.

Hay gentes que se atropellan por las noches con sus poemas, con su música, con sus discursos amatorios, con la vida, con la birra, recreándose en escena y en síntesis vitales.

Hay un mundo de creación que necesita explotar para afuera y mantenerse en escenario por más tiempo, para afinarse e influir en la representación popular. Por ahí hay que buscarle la vuelta a las palabras de gente que ya tiene mucho oficio recorrido en esta historia, como Moncho Azuaga.

Son obras de dos o tres días de tablas. «Hay que andar de acá para allá en busca de nuevos financiamientos», asume Robles. Es una rueda vital que consume demasiada energía. Una energía que desborda, explota y se retuerce. La semana del teatro desbordó de gente casi todas las presentaciones.

Hay vida en el teatro para rato, en un movimiento que está a punto de parir teatro popular alejado de la
estereotipia y del folclorismo con que el trasnochado orden stronista intentó encasillar la expresión del pueblo.

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