¡Gracias Comandante!

Por Carlos Verón de Astrada

Hoy, cuando has llegado al punto final del heroico transitar de tu gloriosa existencia. Hoy, luego de haber logrado superar los límites de lo imaginable para devolverle a nuestra América la esperanza, porque a partir de tu infinito vigor, pudimos convencernos de que era posible  vencer al que hasta tu emergencia, era imposible.

Tanto diste a la vida en vida Comandante por tu pueblo y los pueblos de América y el mundo, que a medida que transcurra el tiempo después de tu partida,  tu figura irá creciendo mucho más de la  que ya alcanzaste en vida.

De niño, desde mi patria el Paraguay, que entonces padecía una criminal dictadura, te miraba y  te veía acosado por el monstruo, y tu imbatible actitud era de una audacia que superaba toda  imaginación. Veía a un hombre que ante las más terribles tormentas desatadas por el imperio, se erguía con una dignidad abrumadora.

El propósito de tu revolución de por sí ya era por demás audaz: desafiar desde una pequeña isla al imperio más poderoso y genocida que haya conocido jamás la humanidad, a sólo 90 millas de sus costas.

Tantas veces el mundo entero desde todos los matices ideológicos, supuso que la revolución cubana no se sostendría, y a medida que el riesgo que eso se cumpliese crecía, tu energía e ímpetu en contrapartida se multiplicaban.

Fue primero Playa Girón,  después la expulsión de la OEA, y los títeres gobernantes americanos rompiendo relaciones según el  mandato imperial. Más tarde la llamada “Crisis de los misiles” y el inicio del terrible bloqueo. La caída del bloque socialista, y aquel doloroso “periodo especial”.

En cada uno de esos desafíos que se presentaban como terminales, tu voz en lugar de amilanarse, se hacía más fuerte. Desde tu trinchera irreductible, levantabas el rostro, con la mirada dirigida a la otra costa.  Cuando parecía que el mundo se acababa y el epicentro del posible holocausto era Cuba y su revolución, con tu voz que traspasaba todos los horizontes, recuerdo que decías sin ningún titubeo: “Aquí estamos preparados para resistir, y si es necesario, volveremos a la sierra”.

Múltiples  veces -no se sabe bien cuantas- le miraste de frente a la muerte, y la misma huyo despavorida, teniendo el imperio que resignarse ante un imbatible luchador.

Te mirábamos anonadados, nos costaba creer lo que estábamos presenciando. Pero después del asombro, nos llenamos de optimismo y energía, para anidar y luego afianzar la esperanza de que era posible vencer al oprobio imperial capitalista.

Por todo esto, no cabe sino agradecerte Comandante. Agradecerte la energía que nos insuflaste, como también nos enseñaste a conocer un nuevo relacionamiento humano y universal, un relacionamiento basado en la solidaridad.

Enviaste ayuda a los pueblos africanos que luchaban por su liberación, muchos de los cuales lo lograron mediante ese invalorable apoyo. Enviaste médicos a los pueblos del tercer mundo y recibiste al mismo tiempo a jóvenes de los sectores más olvidados de los mismos, a estudiar medicina en Cuba, entre los cuales estaba el mío; demostraste al mundo entero y sobre todo a los pueblos de América, que es posible desde un proyecto autónomo, y a pesar de las dificultades,  satisfacer las necesidades básicas de vida, como son la educación y salud de plena cobertura universal y gratuita.

Pocas veces en la historia de la humanidad hubo seres que han justificado su existencia en plenitud como vos Fidel. Por eso hoy, que llegaste al puerto final de tu misión en este planeta, te doy las gracias.

Como paraguayo, como latinoamericano, como viajero de este mundo, agradezco haber tenido el privilegio, aunque sea a la distancia, de ser testigo de tu hazaña. De haberte escuchado aquella fría noche de agosto del 2003, para recibir tu valiosa palabra en Asunción.

Cumplida tu misión, es hora que descanses Comandante. Ya estás al lado de los grandes  íconos de la historia universal y tu legado alumbrará nuestro venturoso futuro hasta la liberación definitiva de todos los pueblos del mundo.

 

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