Genocidio transgénico

Millares de campesinos indios se suicidan tras utilizar semillas genéticamente modificadas.

Un granjero y su hijo en el “cinturón suicida” de la India. Fotografía: Blog Maestroviejo.

Por Andrew Malone, de Daily Mail.

Cuando el príncipe Carlos de Inglaterra afirmó que miles de campesinos indios se suicidan tras utilizar cultivos transgénicos fue tachado de alarmista. De hecho, como revela este escalofriante reportaje, la situación es aún peor de lo que el príncipe temía.

Los niños estaban desolados. Enmudecidos por el shock y luchando por contener sus lágrimas se acurrucaban junto a su madre mientras que amigos y vecinos preparaban el cadáver de su padre para incinerarlo en una ardiente hoguera construida sobre los agrietados y yermos campos cerca nos a su casa.

Mientras que las llamas consumían el cadáver, Ganjanan, de 12 años, y Kalpana, de 14, se enfrentan a un futuro sombrío. Aunque Shankara Mandaukar había acariciado la esperanza de que su hijo e hija tendrían una vida mejor con el boom económico de la India, ambos se enfrentan ahora a la posibilidad de tener que trabajar como mano de obra esclava a cambio de unos cuantos peniques al día. Campesinos sin tierra y sin hogar, serán lo más bajo de lo bajo.

Shankara, un respetado campesino, marido y padre cariñoso, se había suicidado. Menos de 24 horas antes, enfrentado a la perspectiva de perder sus tierras a causa de sus deudas, se bebió una taza de insecticida químico.

Incapaz de pagar una suma equivalente a sus ganancias de dos años, cayó presa de la desesperación. No veía ninguna salida.

Todavía quedaban marcas en el polvo donde Shankara se retorció en su agonía. Otros aldeanos lo observaban —sabían por experiencia que era inútil intervenir— mientras yacía doblado en el suelo, gritando de dolor y vomitando.

Se arrastró gimiendo hasta un banco situado frente a su sencilla casa, a 100 kilómetros de Nagpur, en la India central. Una hora más tarde dejó de hacer ruido. Luego dejó de respirar. A las 17:00 horas del domingo la vida de Shankara Mandaukar llegó a su fin.

Mientras que los vecinos se congregaban para rezar en el exterior del hogar familiar, Nirmala Mandaukar, de 50 años, contó cómo regresó corriendo de los campos para encontrar muerto a su marido. «Era un hombre cariñoso y atento”, dijo llorando en silencio. «Pero no pudo aguantar más. La angustia mental era demasiado. Lo hemos perdido todo».

La cosecha de Shankara falló dos veces seguidas. Por supuesto, el hambre y la pestilencia forman parte de la antigua historia de la India. Sin embargo, la muerte de este respetado campesino ha sido atribuida a algo mucho más moderno y siniestro: los cultivos genéticamente modificados.

A Shankara, igual que a millones de agricultores de la India, le habían prometido una plétora de ingresos jamás conocida si dejaba de cultivar semillas tradicionales y comenzaba a sembrar semillas transgénicas.

Hechizado por la promesa de riquezas futuras, Shankara pidió dinero prestado para comprar las semillas transgénicas. Sin embargo, cuando las cosechas fallaron se quedó con unas deudas de vértigo y sin ningún ingreso.

Más de cien mil suicidios

Finalmente, Shankara se convirtió en uno de los aproximadamente 125.000 agricultores que se han quitado la vida como consecuencia de la despiadada campaña orientada a convertir a la India en un campo de pruebas para los cultivos transgénicos .

La crisis, a la que los activistas han bautizado como «Genocidio transgénico” , fue puesta de relieve recientemente cuando el Príncipe Carlos manifestó que la cuestión de los cultivos transgénicos se había convertido en una «cuestión moral global» y había llegado el momento de poner fin a su imparable avance.

En una conferencia por video retransmitida a la capital india, Delhi, el monarca enfureció a los líderes de la biotecnología y a algunos políticos cuando condenó «el índice verdaderamente atroz y trágico de suicidios de pequeños agricultores en la India, provocados por el fracaso de muchas variedades de cultivos transgénicos”.

Contra el príncipe se han coaligado poderosos grupos de presión de cultivos transgénicos y prominentes políticos que afirman que los cultivos genéticamente modificados han transformado la agricultura india y proporcionando un rendimiento nunca antes conocido.

El resto del mundo, insisten, debería abrazar «el futuro» y seguir su ejemplo.

Así pues, ¿quién dice la verdad? Para averiguarlo viajé al «cinturón suicida», situado en el estado indio de Maharashtra.

Lo que encontré fue muy inquietante y tiene profundas implicaciones para los países —entre ellos Gran Bretaña— en los que se está debatiendo la posibilidad de autorizar la siembra de semillas manipuladas por los científicos para eludir las leyes de la naturaleza.

Lo cierto es que las cifras oficiales del Ministerio de Agricultura indio confirman que, en medio de una descomunal crisis humanitaria, más de 1.000 agricultores se suicidan aquí cada mes.

Gente sencilla del medio rural se están muriendo de muerte lenta y agónicamente. La mayoría de ellos ingiere insecticidas, un costoso producto que se les aseguró no necesitarían cuando fueron forzados a sembrar las costosas semillas genéticamente modificadas.

Parece que muchos de esos campesinos han contraído deudas descomunales con prestamistas locales de quienes han tomado prestadas sumas excesivas para adquirir semillas transgénicas.

Soborno con los precios de los OGM

En una pequeña aldea que visité había 18 campesinos que se habían suicidado tras haberse quedado entrampados en deudas por productos transgénicos. En algunos casos las mujeres han tomado las riendas de las granjas de sus difuntos maridos, sólo para suicidarse ellas mismas un poco más tarde.

Latta Armes, de 38 años, bebió insecticida tras el fracaso de sus cosechas apenas dos años después de que su marido se quitara la vida cuando las deudas por transgénicos se hicieron excesivas.

En una aldea tras otra las familias me narraron cómo se habían hundido en deudas después de haber sido persuadidas para adquirir semillas transgénicas en lugar de las semillas de algodón tradicionales.

La diferencia de precio es asombrosa: 100 gramos de semillas transgénicas cuestan 12 euros, pero con 12 euros se puede comprar 1.000 veces más cantidad de semillas tradicionales.

Sin embargo, vendedores de semillas transgénicas y funcionarios del gobierno habían asegurado a los agricultores que se trataba de “semillas mágicas” que producirían cultivos mejores, libres de parásitos e insectos.

De hecho, en un intento por promover el uso de semillas transgénicas, en muchos bancos de semillas del gobierno se prohibió la venta de variedades tradicionales.

Las autoridades tenían intereses espurios en la promoción de esta nueva biotecnología. El gobierno indio, desesperado por escapar de la miseria absoluta de los años posteriores a la independencia, decidió autorizar la comercialización de sus nuevas semillas a los gigantes de la biotecnología como Monsanto, la compañía estadounidense líder del mercado.

A cambio de permitir a las compañías occidentales el acceso al segundo país más poblado del mundo, con más de mil millones de personas, la India recibió en los años ochenta y noventa préstamos del Fondo Monetario Internacional que ayudaron a iniciar una revolución económica.

Pero mientras que ciudades como Mumbai y Delhi han crecido exponencialmente, la vida de los agricultores han regresado a la Edad Media.

Aunque en la India la superficie de tierras dedicadas a cultivos transgénicos se ha duplicado en el espacio de dos años —hasta llegar a los 17 millones de acres—, muchos campesinos han descubierto que el precio que se debe pagar es terrible.

Lejos de ser “semillas mágicas”, las variedades transgénicas de semillas de algodón a prueba de plagas han sido devastadas por las orugas, unos voraces parásitos.

Tampoco se les dijo a los agricultores que estas semillas necesitan el doble de agua. Eso ha sido un factor de vida o muerte.

Tras dos años de escasa pluviosidad, muchos cultivos transgénicos simplemente se han marchitado y muerto, dejando a los campesinos con deudas agobiantes y sin recursos para pagarlas.

Después de haber tomado prestado dinero a prestamistas tradicionales a precios exorbitantes, cientos de miles de pequeños agricultores se han visto condenados a perder sus tierras a causa del fracaso de las costosas semillas, mientras que los que pudieron seguir luchando debieron enfrentarse a una nueva crisis.

En el pasado, cuando se perdían las cosechas, los agricultores todavía tenían la opción de guardar semillas y volverlas a plantar al año siguiente. Sin embargo, con las semillas transgénicas no pueden hacer lo debido ya que las semillas transgénicas contienen lo que se denomina «tecnología exterminadora», lo que significa que han sido modificadas genéticamente para que las cosechas resultantes no produzcan semillas viables.

En consecuencia, los agricultores tienen que comprar nuevas semillas cada año a los mismos precios prohibitivos a las mismas transnacionales. Para algunos labriegos, eso significa la diferencia entre la vida y la muerte.

Fuente: Daily Mail.

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