Familias que resisten en el agua

Fotoreportaje de Magalí Casartelli.

Fuente: Serpaj. Texto y fotos: Magalí Casartelli. 

El predio de la escuela Caacupemí de Fe y Alegría en el Bañado Norte, fue una de las primeras construcciones en anegarse. Sin embargo gracias a las largas patas de cemento sobre las cuales se erigió una de sus estructuras, esa parte se mantiene, hasta ahora, aislada de las aguas. En un extenso pasillo con varias habitaciones, conviven cuatro familias, con ocho niños en total. Hicimos un recorrido de casi 30 minutos en canoa para llegar a ellos.

Frente a la cancha San Juan. Mario Ojeda, de espaldas va cargando en la canoa las cosas que se llevarán a la escuelita donde viven las 4 familias

Frente a la cancha San Juan. Mario Ojeda, de espaldas va cargando en la canoa las cosas que se llevarán a la escuelita donde viven las 4 familias.

La cancha San Juan es referencia de uno de los puntos de ingreso al Bañado Norte. Hace solo un par de semanas representantes de la Codeco (Coordinadora de Defensa Comunitaria del Bañado Norte) coordinaban desde ahí acciones para hacer frente a la emergencia de la crecida del río Paraguay.

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Hoy la cancha está cubierta de agua, y fuera de sus rejas aguardan en lento vaivén las canoas para quien requiera adentrarse en este barrio en que los techos son la cabeza saliente de un cuerpo bajo agua. En un trayecto en el que hasta hace poco circulaban personas, motos, carritos empujados por caballos, uno que otro jagua pirú, gallinas huyendo, chanchos que se salieron de sus chiqueros… hoy merodean peces casi tan desconcertados como los anteriores habitantes.

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Un trozo grande de isopor es un buen transporte en estos casos

La escuelita flotante

De los 15 peldaños que llevan al edificio, 7 están inundados. Gracias a la canoa alcanzamos el primer peldaño visible sin mojarnos más que los pies. Nos recibe Norma Benítez, ella es madre de 6 hijos y es la que coordina que cada uno de los 8 niños y niñas, no pierdan clases pese a las circunstancias. Nada sería posible sin la presencia constante de la profe Selva, dice, directora de la escuelita que ahora funciona con aulas prestadas de la escuela Santa Cruz, también de Fe y Alegría y a la que aún no le alcanzó la crecida.

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Desde lo alto del balcón, las niñas, los niños, saludan a los visitantes.

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Aquel miércoles gris las madres y los padres decidieron no movilizar a sus hijos en canoa hasta la escuela, entonces la profesora Selva les acercó las tareas y una olla con un guiso de porotos que humeaba dentro. En el largo pasillo las niñas y los niños terminan trabajos pendientes cuando llega la profesora.

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Las aulas sirven de dormitorio, los pasillos de aula.

Los ayudan Norma y Walter Osmar, de 17 años, un ex alumno de esa escuela que también vive ahí con su familia. La presencia de la profesora trajo alegría en el contexto de aislamiento en que viven.

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Una barca estática con gallinas, perros y gatos

“Esta es Marilina” nos dice Nidia mientras señala a una gatita que plácida duerme en un costado. “Acá convivimos con la farándula” agrega a la par que ríe. Observando más allá, al borde del balcón, justo donde los niños en puntas de pie arrojan al agua su liña con bolitas de pan mojado en el extremo, el panorama muestra techitos que se elevan y sirven de tierra firme a un par de animales. Sobre una moto ski que reposa con movimiento ondulados, retozan dos perros.

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Marilina, la gatita.

“Trajimos todos los perros abandonados que encontramos y los ubicamos en lugares estratégicos”. Los perros les sirven de guardianes porque a la noche, aislados y sin energía eléctrica todo se pone más tenebroso, a esto se suman los constantes merodeos nocturnos de lanchas que dicen escuchar. En un balcón sin barandas yacen 3 gallinas, también parte de esta estática barca de cemento.

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Sin luz, sin baños, sin asistencia

Hace más de quince días, sin comunicación previa ni posterior, la luz se les cortó. Por eso es vital el cruce diario que hacen hasta la escuelita Santa Cruz para cargar las baterías de sus celulares, radios o conseguir más pilas. “Necesitamos que nos repongan la luz acá”, dice Mario Ojeda, nuestro canoero y pareja de Norma. Alto, moreno y fuerte, explica por qué reponer la energía eléctrica en la parte alta que ahora habitan, no significaría peligro alguno.

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¿Tienen baño?, le consultamos. “Eeeso si que es un problema” explica Nidia y alarga la “e” para enfatizar lo problemático del asunto. “Nos hacemos de bacines o nos rebuscamos por ahí” y minutos después una de sus niñas tiene un apuro. “Justo ahora se te tiene que ocurrir, mi hija” le dice a la par que movilizan una canoa.

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Hay veces en que por las mañanas dicen ver lanchas de la SEN (Secretaría de Emergencia Nacional) con gente que toma fotos, fotos y más fotos. Pero nada más. La profesora Selva recordó que hace poco fueron a la escuela del Ministerio de Salud y terminaron usando los medicamentos del dispensario de ahí.

¿Por qué resisten?

Lo primero que mucha gente pensaría al saber o ver la situación de estas personas es por qué. Por qué deciden permanecer si pueden salir, como la mayoría y armar refugios arriba. Nidia responde que “acá estamos mejor, nosotros vemos cómo viven los que armaron los precarios refugios allá, y es peor. Además los niños y las niñas lo prefieren así. Hasta donde podamos, seguiremos”.

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Si bien ya en el trayecto a la escuelita es posible ver al menos cuatro casas en las que aún resisten familias, más adelante, cuando creímos que no veríamos nada más turbador que estas personas viviendo en esa barca de cemento, gracias a las brazadas de los remos de Mario, nos adentramos hacia el Mbiguá. A lo lejos divisamos un hombre, una mujer y dos hijos pequeños en una casa de cemento en la que el precario mobiliario está un poco más elevado porque el agua ya está por encima de sus tobillos. Ellos descalzos, por supuesto.

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Una familia vive, literalmente, en agua

Todo este escenario es impensable, inimaginable a menos que los ojos lo vean. “Cuando la escuela se inundó la llegada de la ayuda se dilató”. Llegaron muy tarde e insuficiente. “Dan migajas y es como si al final no dieran nada”. Selva reflexionó: Yo sinceramente pienso que esto es una medida de presión para que la gente se vea obligada a salir definitivamente de esta zona, dijo refiriéndose a los intereses millonarios que están centrados en esas tierras por los grandes proyectos inmobiliarios que se prevén.

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