¿Exclusión, “populismo”, conciliación o cuál vía?

Con el golpe de estado parlamentario del 22 de junio las fuerzas conservadoras paraguayas repusieron las cosas en su lugar. La nuestra es una sociedad de exclusión, de beneficios económicos, sociales, políticos y culturales para unos pocos, una sociedad oligárquica. Y eso no fue resultado del stronismo que asoló al país por más de tres décadas. Si tuviéramos que ponerle fecha de nacimiento coincidiría con la formación de economías de enclave generadas con la entrega de grandes extensiones de tierra a capitales extranjeros entre finales del siglo XIX e inicios del XX. Lo que hizo el régimen dictatorial stronista fue afirmar que un proyecto país tal solo se sostiene políticamente con un sistema despótico.

Cuando parte del stronismo sintió que la presión política y social interna y el proceso democratizador regional hacían insostenible ese status quo, dio un golpe de estado e impulsó la transición política. Pero lo hizo preservando lo fundamental: el carácter excluyente del proyecto país. Ahora bien, en democracia, a diferencia de una dictadura, los mecanismos para el control social deben ser más sutiles y encubiertos.

Y así se hizo con algún éxito. En democracia el país continuó produciendo y profundizando la exclusión. Las tres principales riquezas nacionales, soja, ganado y energía son producidas con poca gente, y sus beneficios, en los dos primeros rubros, no son redistribuidos. Por eso, mejora la economía y no mejora la situación de la gente. Y en sentido contrario, por veces, hay crisis en la producción de soja y poco se refleja en la situación social.

En el caso del rubro energía, éste tiene un mecanismo de redistribución (los royalties), lo que es positivo. Pero en las condiciones en que se aplica favorece la “pereza fiscal” de municipios y del estado paraguayo como un todo, permitiendo la ilusión de que cobrando bajos impuestos (11% de carga tributaria) se pueden financiar políticas públicas… ¡Es el paraíso de Jaeggli!

Los regímenes políticos del pasado dieron el marco que engendró estas “economías de exclusión”, pero una vez instaladas y “exitosas” (“¡séptimo exportador mundial de carne!”, “¡cuarto exportador mundial de soja!”), en la esfera política de nuestra democracia apenas hacía falta impedir que surgiera cualquier obstáculo a su continuidad. De esto se encargaron los gobiernos (colorados) de la transición. Hubo sí represiones y criminalización de las protestas, pero “en el margen”. La economía dominante seguía su curso, la sociedad claudicante iba atrás.

En situaciones como éstas, debería haber surgido el “populismo”, el fantasma que asuela a las oligarquías de la región desde los años 1930-40…. La lógica de ese fenómeno tan latinoamericano es diáfana: hay mucha riqueza concentrada al lado de mucha gente pobre, la nación somos todos y todas, veamos los mecanismos estatales para que esa riqueza se distribuya más equitativamente. Es más, ha habido mucha opresión cuando no represión a la mayoría pobre, démosle participación y protagonismo.

Eso fue lo que ocurrió en Venezuela (desde la victoria de Chávez en 1998) y en otros países de la región con tonalidades propias (Evo en Bolivia, Correa en Ecuador y con características muy específicas, Kirchner en Argentina). Y los resultados económico-sociales son – pese a las voces críticas – bastante promisores. En todos esos casos la disputa política se “polarizó”. Cada elección es un plebiscito. Pero, ¡ojo!, esa polarización no la inventaron los gobernantes “populistas”, venía de mucho antes, sin que la opinión pública la reconociera (1).

Aunque desde muy temprano ciertos sectores quisieron emparentar a la experiencia del gobierno Lugo con esa corriente (“populista” para los más educados, “bolivariana” para los nerviosos) la verdad es que no correspondió en ningún ítem a ese enfoque.

Lugo presidente anunció su doctrina de “poncho juruicha”, el perfecto centro de las contradicciones de la sociedad paraguaya, desde donde pretendió que el gobierno buscara un punto de equilibrio en una sociedad completamente polarizada. Trató que su gobierno fuera el palco de la conciliación de intereses encontrados de la nación, sin excluirlos, sin proscribirlos, sin reprimirlos. Tuvo por ejemplo en su Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) a un ministro alineado con los intereses del gran capital en el campo y un vice-ministro que respondía a los pequeños productores y a los sin tierra. Recibía a la UGP y a la ARP y en la secuencia a la MCNOC y a la Liga Nacional de Carperos. Hasta en sus últimos actos de gobierno (como nombrar ministro del Interior a Candia Amarilla, cercano a la ARP y UGP, y en su última conferencia de prensa defender los derechos de los satanizados líderes carperos) buscó conciliar intereses de la Nación, impedir que la polarización que recorre los subterráneos del país hiciera explosión.

Fracasó él, fue echado por uno de los polos de la contradicción (los gremios conservadores aliados a políticos oportunistas), frente a la consternación pasiva de los excluídos. Unos afirmando que era él el agitador, y los otros esperando que un agitador los organizase y convocase.

Pero ese fue un fracaso nacional y no apenas de Lugo. El mensaje que las fuerzas conservadoras que cancelaron la experiencia de conciliación con el golpe de estado parlamentario dieron al pueblo excluido, es que no admitirán conciliación. Que sus intereses deben prevalecer y punto. Es lo que ocurrió después del golpe, por ejemplo, en el MAG, donde el mismo ministro que retomó el cargo ya no encontraba contrapesos para los intereses del agronegocio.

Sin embargo, la gente más lúcida de las clases poseedoras y dominantes del país sabe que en democracia ese proyecto de país para pocos, de economía de exclusión social es inviable. Que los muros de sus casas y los servicios privados de protección nunca serán suficientes para que encuentren tranquilidad en su país que es también país de los otros, los desheredados de la gleba.Y con la corta pero significativa experiencia del gobierno Lugo grandes contingentes de excluídos ya probaron de la fruta prohibida de la participación política protagónica y las políticas sociales incipientemente universales.

Es por esa realidad, a pesar de la politiquería criolla de los partidos tradicionales obnubilados por la búsqueda de repartir cargos y prebendas, que el problema se recoloca. Y es en ese momento que el debate propuesto desde la izquierda puede ganar preponderancia en estas elecciones: ¿Queremos un Paraguay para pocos, o queremos un Paraguay para todos y todas? (¡eslogan gubernamental que con mucha sinceridad lo suprimió el gobierno de Franco!)

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(1) ver en ese sentido la esclarecedora conversación entre Jorge Lanata y Modesto Guerrero sobre Venezuela en http://audioblogs.cienradios.com.ar/mip/2012/10/08/venezuela_escucha_la_polemica_charla_entre_el_periodista_modesto_guerrero_y_lanata/ [1]

Links:
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[1] http://audioblogs.cienradios.com.ar/mip/2012/10/08/venezuela_escucha_la_polemica_charla_entre_el_periodista_modesto_guerrero_y_lanata/

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