Esteban Bedoya, el embajador de las palabras

Entrevista al escritor y diplomático paraguayo realizada por Teresa Dovalpage, la escritora cubana radicada en Taos, Nuevo México, EE.UU.

Esteban Bedoya, escritor y diplomático paraguayo.

Por Teresa Dovalpage (teresadovalpage.com).

Esteban Bedoya nació en Asunción el 25 de abril de 1958. De niño viajó a Buenos Aires con su familia. Allí creció, estudió, “experimentó” y se recibió de arquitecto.

Durante los años de la dictadura de Stroessner, Bedoya compartió parte de su tiempo, entre actividades políticas con los exiliados paraguayos y la práctica de la escritura en talleres literarios, habiendo ganado premios de la Asociación Latinoamericana de Poetas (1982) y la Editorial Helguero (1983).

Su libro La fosa de los osos (2003) fue traducido al francés como La fosse aux ours (2005) y al alemán como Der Bärengraben (2009), y será publicado en Francia con el sello de la editorial La derniere Goutte. Su novela Los Malqueridos tiene dos ediciones y fue traducida al francés para una próxima edición. El Apocalipsis según Benedicto recibió el premio PEN American Center/Lily Tuck, 2010, y será traducido al inglés y publicado en los EE.UU. de América. Su último libro El coleccionista de orejas (novela) será traducida al francés y publicada en Francia por la La derniere Goutte.

Bedoya es miembro del PEN Club del Paraguay, la Societé Fribourgeoise des Écrivans, Suisse y el PEN American Center, New York.

El Apocalipsis según Benedicto es una colección de cuentos largos o novelas cortas en que la realidad y la fantasía se entretejen para divertir y hacer pensar al lector. La que da título a la obra enlaza a Joseph Ratzinger con una monja mexicana y se recrea en su jugosísima relación. Confieso que me he divertido muchísimo leyéndola, porque además recibí la obra justo cuando el Papa visitaba Cuba. No añado nada más.  Villa Eloísa, verdadera joyita de ironía, una historia de fantasmas y arribismo, tiene un final inesperado. Y Los González Espino con su ángel incluido, pinta escenas de la dictadura que resultan más escalofriantes que si tratara de diablillos.

Y sin más, los dejo con la entrevista a su autor.

¿Cuándo empezaste a escribir y qué te motivó?

Comencé a escribir “líneas sueltas” durante la escuela secundaria. Hasta esa época (y desde mi niñez) mi forma de expresión había sido el dibujo. A través de éste se manifestaban mis “monstruos”, pero llegó un momento en el que comencé a necesitar otra herramienta para expresarme, y la encontré en la palabra escrita. La literatura me sirvió para expresar con detalles los pensamientos que no podía reflejar con dibujos.

Cada manifestación artística tiene su propia gracia pero creo que la literatura nos permite explayarnos más… Vamos, es cuestión de gustos, claro, porque yo no sé dibujar ni un triste gato. ¡Pero qué bueno que te decidiste a escribir! Has trabajado en el cuerpo diplomático de Paraguay y ahora vives en Australia. ¿Cómo ha influido en ti, como escritor, el vivir fuera de tu país?

Respecto a la influencia de haber vivido fuera de mi país gran parte de mi vida, debo señalar que la primera experiencia fue muy dura debido al traslado forzado de toda la familia a la gran ciudad de Buenos Aires. De esos difíciles años de la infancia, surgió la energía que me movilizó a escribir. Mis demás experiencias en Europa y ahora en Oceanía sirven para nutrirme de sensaciones producidas al descubrir las variadas manifestaciones de la cultura humana. Pero la energía vital es la que llega desde la infancia. Esa energía que durante mucho tiempo fue rabia contenida… fue liberada de manera más o menos estética a través de mis escritos.

En cuanto a mi condición de escritor, este hecho refuerza considerablemente mis funciones como diplomático. La producción literaria es una herramienta para abrir mercados. Detrás de los narradores hay una ciudad y un país interesados en dar a conocer sus bienes culturales y comerciales. Somos promotores de nuestra cultura y ayudamos a lograr el reconocimiento de nuestras peculiaridades de nación soberana.

Llevas mucha razón en lo de la rabia contenida como motor. Y en efecto, los autores resultan ser de cierta forma embajadores de la palabra ante quienes no son sus coterráneos. Y volviendo a la escritura… ¿tienes una rutina para escribir, un tiempo especial del día en que prefieras sentarte ante el ordenador y darles rienda suelta a las musas?

Mis exigencias laborales me “organizan” la vida. Normalmente despierto a las cuatro y treinta de la mañana, y comienzo a escribir entre las cinco y las ocho, mientras tomo mate amargo y me distraigo escuchando jazz o música clásica. Luego retomo mis escritos a partir de las siete de la tarde hasta las nueve de la noche. Aunque una vez que estoy metido de lleno en un relato busco cualquier momento disponible para escribir. De todas formas, la rutina impuesta por mi propio horario de funcionario diplomático me va marcando el ritmo. Pero hay que destacar que el proceso de creación no se detiene, pues todo el tiempo van surgiendo nuevas ideas, que no necesariamente deben ser escritas en la computadora o un cuaderno de apuntes, ya que la redacción de una frase se puede plantear y archivar en la memoria de nuestro cerebro.

¡Te levantas a las cuatro y treinta para escribir! Eso es lo que se llama disciplina. Va toda mi admiración desde Taos hasta Australia. ¿Qué libros te han impactado más, como autor y como lector?

El castillo, de Kafka, por creerme el protagonista de la historia; La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira…, de García Márquez, por maravillarme con las imágenes y haberme mostrado las posibilidades que ofrece la literatura para hacer descubrimientos; Recuerdos, sueños, pensamientos, de Karl Jung, que sin poseer la prosa de García Márquez tiene la misma poesía; Santa Evita, de Eloy Martínez, por enseñarme acerca del valor de la mentira en argumentos literarios; y muchos, muchos otros libros.

Me encanta esa comparación de García Márquez y Jung. En las cuatro obras que componen El Apocalipsis según Benedicto tocas diferentes temas, lugares y personajes. ¿Los escribiste pensando que formaran un libro o decidiste integrarlos después?

Mi idea original fue que El Apocalipsis según Benedicto resultase una novela más extensa, pero luego de una larga meditación llegué a la conclusión de la necesidad de ahorrar palabras, administrarlas correctamente… lograr la prosa “justa”. Para eso debería evitar que la obra se desbordase. Por eso opté por una “nouvelle”, y a esa novela corta decidí acompañarla con otros relatos que no estuviesen vinculados con la historia de Benedicto. Los temas de cada uno de los relatos responden a la necesidad de contar otras historias que tenía atragantadas desde hacía un buen tiempo.

Pues pegan muy bien las cuatro juntas, forman una especie de coro multinacional. ¿Y en qué nueva obra estás trabajando ahora?

Mi último libro recientemente publicado es La colección de orejas, obra que parece haberme robado energías. Ahora me invade una cierta pereza que trato de combatir con la lectura de diversos autores. A pesar de esto ya empecé a hacer anotaciones para escribir una serie de cuentos, que espero se transformarán en otro libro. En el hemisferio Sur está comenzando el frío (al menos en Canberra), y esto es una invitación para el encierro, la meditación y la creación. Es el comienzo de un nuevo tiempo, seguramente propicio para arrancar definitivamente con nuevas historias, que estarán pobladas de fantasmas y raras experiencias paranormales, tanto mías como de gente cercana.

Tus lectores las esperamos… Y para terminar, ¿tienes algún consejo o recomendación que darles a quienes se inician ahora en este oficio de escribir?

El mayor aprendizaje que recibí a los 20 años en un taller literario en Buenos Aires, fue a tener paciencia. Hay que ser paciente para elaborar una idea, paciente para reescribir lo que no nos convence, paciente y humilde para aceptar que uno puede estar errando el camino. Ante las dudas que genere un texto, es bueno darle tiempo para que madure (esto se puede lograr, guardándolo en un cajón por un par de semanas, o recurriendo a un lector crítico, alguien quien con la honestidad de sus comentarios nos puede ayudar a encontrar la pista correcta).

Evitar el facilismo de encontrar soluciones mediocres y aprender a descubrir nuestras propias limitaciones e intentar superarlas.

Finalmente, es mejor hacer el intento de escribir un solo buen libro, que tener una inmensa y mediocre producción (libros que no se pueden terminar de leer y acaban siendo lanzados por la ventana).

¡Excelentes consejos, Esteban! Muchísimas gracias por tus consejos y por acceder a esta entrevista.

Fuente: http://teresadovalpage.com.

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