Epopeya Nacional

Cuando la letra es tonta y la alegría inmensa. Con Derlis Orué ido, fantasmal y la ausencia tan sentida de Marcos Riveros, San Lorenzo de Almagro terminó por desvanecer el medio campo de Nacional. Lo hizo con un manejo preciso, impecable y a veces profundo del balón en los pies de Néstor Ortigoza, Romagnoli y Mercier. Recuperó todas las pelotas en disputas y quebró definitivamente las salidas. Nacional estaba amordazado, inquieto, tenso y desubicado.

Ante este cuadro de quiebras, ataduras y desesperaciones, lanzaba pelotazos arriba para que Freddy Bareiro bajara, diese la vuelta, enganchara, ingresara al área, escapara del arquero…

En el bar la gente se impacientaba. Un tipo joven con pelo policial llegó a pedir incluso que se cambie de canal, con una voz chillona, estridente. Otro más se comía las uñas. El compañero de mesa se plagueba por todo. Qué sufrimiento por Dios. “Así es cuando quiero tener una televisión en casa”, me dije y pedí la primera Pilsen. El entretiempo fue un respiro ácido, agrio, impregnado de cigarrillos industriales.

Tanta agua se lleva el río que termina de anegar el mundo. Un pelotazo de Matos, luego de unos pases muy precisos, termina en la red. Silencio hollín, el imprescindible apretarse la cabeza y descifrar el mundo con: “Nderarore karajo”. El policía (a esa hora ya había demasiados indicadores de que efectivamente era un policía) se levanta puteando contra los “kurepi tembo pe guare”.

“Oiporako. O jugave voi chugui la San Lorenzo. Isuerte Nacional la peteimínteite oike hese”, asume Arístides Ortiz, fatalmente resignado.

Aun con el medio campo aplastado, Cecilio Domínguez, que había ingresado por Julián Benítez, intenta darle pulmón y juego al equipo. Juega lindo el muchacho (se nota que ya es de la generación del Play Station, hubiera dicho Juan Heilborn), pero las pelotas terminaban enredadas en las piernas de los volantes de San Lorenzo. Una y otra vez. Gustavo Morínigo decide entonces que ya era tiempo de romper definitivamente con el planteo original. Mete a Julio Santa Cruz como segundo delantero neto y cambia, por fin, a Derlis Orué, perdido en ese estirón de músculos que sufriera en el calentamiento. Maldición de Mandinga.

Todo estaba resuelto en el humor de la gente. El plagueo en el bar se dirigía a un novenario. En el Estadio, por televisión, solo se escuchaba a la hinchada de San Lorenzo.

San Lorenzo se había replegado, pero cómo hacerles llegar una pelota, aunque sea una pelota de gol, a los delanteros con ese medio campo destruido. A los 92 minutos, Lusardi, que ingresara por Orué, le dice al mundo: ¿se acuerdan ustedes del centro cabeza y gol? Centro de casi media cancha. Se estira y cuerpea Freddy Bareiro. Peina esa pelota y deja a Santacruz cara a cara con el arquero. Un golazo. Tremendo. Redención épica del espíritu y el juego paraguayos. Martirio y zarpazo. Centro, cabeza y gol. El bar estalla. Nacional en el corazón.

el ingreso de nacional

 

 

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