Encuentro sobre la encrucijada

Un cuento de Antonio Bonzi (1921, 2012), abogado, escribano público, periodista y escritor paraguayo.

«Encuentro sobre la encrucijada» según Lorena Riego. Cortesía de la revista Acción Cooperativa.

Ese día se cumplía un año de su desventurado arribo a Tapiranguá. El fuerte relincho del alazán le despertó sobresaltado. El animal, hermoso ejemplar criollo que a poco de llegar un lugareño le había obsequiado, según le dijo, “para todo trabajo”, parecía intuir el largo tascar de frenos que le aguardaba. Aunque era un hombre de ciudad, Leandro Jara había aprendido bien en su niñez el arte ecuestre.

–Falló Dominguín –comentó María Teresa, su mujer, que se incorporó al mismo tiempo que Leandro, al no escuchar el canto puntual del gallo de las tres y las cuatro. La incipiente claridad comenzaba a filtrarse entre los desvencijados estaqueos de la cocina, que a los ojos del hombre semejaban largos caminos. Sorbió el último mate al punto de producirle escalofrío. Amanecía cuando salieron al patio y comprobaron que el temido riñero yacía endurecido en las ramas del sarmentoso yvapovô, dejando en el relente su último canto, colgado de sus finos espolones. Mal agüero, masculló Leandro, sin poder apartar el pensamiento de los más íntimos detalles de su última determinación.

–¿Por qué lloras? –preguntó a su mujer.

–Por el gallo –contestó, maldisimulando su pésimo estado de ánimo. Ella no llegaba a comprender enteramente el significado del inminente furtivo alejamiento de su compañero.

–¿Acaso no vivimos tranquilos? –insistía.

–No me quieres bien. Fue un casamiento por gratitud –le reprochó.

–Ciertamente fuiste un monumento de solidaridad y un amparo para mi condición de peculiar avecinado, pero por sobre todas las cosas fue un amor a primera vista a orillas del Tapiranguá lo que unió nuestros destinos –le dijo, llenándola de arrumacos.

Un año antes, en la cabecera de la precaria pista, aterrizaba un viejo Cessna. El piloto, con la rapidez de quien se deshace de una brasa, alargó al alcalde Rodrigo del Valle, que esperaba, un sobre conteniendo las instrucciones del caso. “Es de cuidado”, dijo por lo bajo, y se alejó para retomar el vuelo de regreso.

–¿Dónde estoy? –preguntó Leandro.

–En buenas manos –contestó la autoridad.

–Quiero decir –insistió Leandro– en qué lugar me encuentro.

–Pronto lo sabrá –respondió enigmático don Rodrigo, sin perder su aire bonachón y sonrisa en esbozo, enmarcado por un espeso bigote.

Mientras el aparato decolaba, cierta maligna nostalgia se apoderó de Leandro Jara. Ese aborrecido panóptico que había dejado atrás con su larga estela de dos años de angustiosa espera, al menos le permitía compartir su desventura con gente conocida, y además sabía el exacto lugar en que se encontraba. ¿Y ahora?

Con ademán de rural cortesía y moderado imperio, le indicó el alcalde que abordara un “carro polaco”, que aguardaba, en cuyo bordo cubrieron la distancia que separaba el aeródromo del pueblo. Pasaron a través de una hilera extensa de antiguas casas de material, de aspectos finiseculares, ubicadas a uno y a otro lado de la calle principal, las que fueron construidas por inmigrantes italianos asentados en el lugar al filo del novecientos.

La diligencia se detuvo en el extremo de una plaza enmarcada por casas dispuestas en línea ininterrumpida, frente a una casona de inconfundible traza colonial. Al entrar en un salón enladrillado muy amplio, donde una rústica silla de madera con una mesa al frente servían de escritorio, Leandro Jara ya no tuvo necesidad de averiguar el lugar donde se encontraba. Quedó como poseído por un extraño sortilegio. A poca distancia del larguísimo corredor frontero, de macizas columnas cilíndricas, vislumbró la formación militar de lo que parecía ser el resto de un ejército: hombre macilentos de raídos uniformes guerreros, ademanes enérgicos y frente altiva que contrastaban con el sombrío continente que los envolvía. Y la arenga tonante del Mariscal que lucía impertérrito, envuelto en capa desflecada, insuflando coraje y determinación a su raleada hueste, en el momento de dejar esta capital provisional de la República rumbo a las estribaciones cordilleranas. Y a trescientos metros, en los bajos del pueblo, la enorme cruz con fulgores de centella, alumbrando el cuerpo lacerado de Mongelós, que cuelga del madero el peso de su inocencia.

Las advertencias de don Rodrigo terminaron con la ensoñación de Leandro. “Está en libertad”, le dijo con cierta deliberada solemnidad. “Señor –dijo con sorna Leandro–, por qué no me lo dijo antes, pues podría haber vuelto en el mismo avión.” El alcalde guardó silencio. Pero sea como fuere, enclavado como estaba Tapiranguá en una suerte de abra en la selva infinita, tanto le servía la anunciada libertad al favorecido como a un galeote en alta mar, a quien se declara liberto sin más remos que sus brazos.

Algún brillo particular debió destellar en los ojos de Leandro Jara, pues, enseguida, el alcalde completó la oración diciendo: “Libre dentro del pueblo se entiende, con la obligación de concurrir todos los días a las ocho en punto a firmar el libro de asistencia.” De este modo, la pequeña lámpara que llegó a parpadear como luz de esperanza en el destino de Leandro se convirtió en efímera pavesa.

Se incorporó el alcalde y entonces Jara se despidió. “Hasta mañana”, dijo y se encaminó hacia la puerta de salida. “Hasta luego”, replicó una seca voz gutural. En el alero interior del corredor un viejo loro se impulsaba de izquierda a derecha, en la reducida esfera de tacuarilla de su perpetuo cautiverio. “Adiós colega”, atinó a responder el humano interlocutor.

Aunque en el difícil arte de equilibrar humanismo y autoridad, don Rodrigo había ofrecido provisorio alojamiento a Leandro Jara, en una dependencia del adusto edificio. Él prefirió no alternar con manes de las huestes de Sebastián de Yegros, que allí fundó el Colegio Mayor de los Jesuitas, por los años de 1749-52; o con apariciones de residentas, donde descasaron su extenuación en el largo peregrinaje hacia las serranías del Mbaracajú.

El confinado no sabía adónde ir y en algún momento fue presa de esa molesta sensación de soledad y desamparo que causa la incertidumbre. Con todo, se consolaba pensando que esa aventura más bien resultaba divertida comparada con la situación de quietismo sin esperanza de los días y las noches clausurados a orillas del Barranco. Sin itinerario y sin tener un solo conocido en el pueblo se largó por una pendiente al abandonar la alcaldía, decidiendo, antes que nada, gozar de la pequeña cuota de libertad que en fin de cuentas disponía.

Era el mes de los lapachos en flor, y así fue admirando unos hermosos ejemplares de este virtuoso de la flora nativa que empenachados de fuego semejaban rutilantes cabelleras de doncellas pelirrojas. Llegó a orillas del mentado arroyo Tapiranguá, y al contemplar su rauda corriente fabricó un barquito de papel que lanzó en ella, con un mensaje de optimismo para “los hermanos del mundo en lucha por la libertad”. A su regreso entró en la iglesia, donde en una breve plegaria impetró a la patrona del pueblo una gracia especial. Finalmente, se detuvo en la única fondita del pueblo, propiedad de doña Hermenegilda García.

Forastero como era concitó la curiosidad de comensales y transeúntes. La jovial y adiposa mujer, dueña de la fonda, desató sobre Leandro un torrente de preguntas: “Seguro que vos sos confinado… De dónde vení… Por qué… Cómo te llamá…” “Sí, señora –respondió Leandro–, llego de repente, sin previa preparación y…” (la buena mujer no dejó terminar la excusa). “Ya sé. No importa, mi hijo. Seguro que dejaste toda tu cosa… Así luego pasa con todo lo confinado que llegan.” “Así es doña: no tengo nada. No traje nada. No dejé nada. Y tampoco perdí nada.” Doña Hermenegilda festejó el dicho con una carcajada complaciente. Su iliquidez quedó todavía más dispensada cuando, al correr de la conversación, descubrieron que doña Nicasia Jiménez, abuela de Leandro, había sido madrina de doña Hermenegilda, con quien vivió más de veinte años en Villa del Norte. “El mundo es chico, che Karaí”, dijo, y brazo en cruz le estrechó con calor de madre. Leandro siguió allí hasta su casamiento con María Teresa, unos meses después.

La diaria concurrencia a la alcaldía se había convertido en una rutina, lo cual era un insalvable inconveniente para poner en práctica cualquier plan de fuga, como Leandro tenía en esbozo. Tapiranguá se hallaba a la distancia de treinta leguas del punto más próximo de la frontera. No había otro medio de locomoción que no fuera el caballo y, por este medio, se necesitaban dos jornadas para cubrir el trecho. Habría que quebrantar de alguna manera la obligación de concurrir cotidianamente a la alcaldía. Ensayando un ardid, una mañana Leandro permaneció en cama como falso enfermo; a eso de las diez ya recibía la citación de la autoridad para su inmediata comparecencia. El agente volvió con la nueva de la enfermedad del requerido. Al siguiente día, ya restablecido, concurrió como de costumbre y con la excusa a flor de boca. Con forzada severidad don Rodrigo le dirigió una reprimenda por no haber avisado del inconveniente.

–La alta fiebre me lo ha impedido, don Rodrigo.

–Esa no es justificación –repitió la autoridad–. Hay que comunicar de cualquier manera para ir a comprobar, no sea que ese día, precisamente, me llegue un control sorpresivo, y resulte que la firma de asistencia falta.

–Por qué no adelanto una firma todos los días –insistió Leandro, tirando verde por ver si recogía maduro.

–Qué bárbaro –replicó el alcalde, sorprendido por la osada proposición–. Una vez ya me quemé por algo parecido a causa de un colega suyo confinado.

–Pero, don Rodrigo, qué sentido tiene vigilancia tan estricta si cuarenta leguas a la redonda no hay más que mbyases.

–Es muy cierto eso, mi amigo –asintió, evidentemente enfadado por la impertinencia de su interlocutor–, pero resulta que si se piensa en la libertad cualquier cosa se puede hacer. ¿Entendéa?

Entre tanto, en el curso de los meses, que para Leandro transcurrían con pesada lentitud, se fue integrando a la comunidad tapiraguense, a tal punto que, sin proponerse, se convirtió en vital elemento de todos los acontecimientos importantes. Si de baile se trataba, gran animador de fiesta como era, en ocasiones propicias los acordes del arpa y la guitarra no cesaban de desparramar sus melodías hasta el filo del amanecer. En un pic–nic memorable, junto al Tapiranguá, conoció a María Teresa Martessi, con quien se unió en matrimonio tiempo después. Si de deportes, los torneos de fútbol y voley adquirieron notable impulso bajo su dinamismo. Hasta llegó a formar –con los modestos conocimientos que poseía– un elenco de teatro popular. Sin embargo, la incursión en la actividad cultural no era bien vista por un sector influyente del pueblo, que veía en ello un factor de desestabilización de las costumbres tradicionales.

Así las cosas, don Rodrigo, que en todo ese tiempo fue más bien condescendiente, endureció su actitud de modo ostensible, lo que era mal síntoma a los ojos de Leandro. Ya le venía tolerando breves alejamientos de dos o tres días, en compañía de puebleros conocidos a comarcas cercanas como Guabiyú, Mboreví y otras, lo cual le venía de perlas por cuanto se dijo acerca de sus planes.

–Tendrá que venir de mañana y tarde por el libro de asistencia… Y no hay explicaciones –advirtió con estudiada severidad.

Y no se las pidió Leandro Jara, pero en ese preciso instante cruzó su mente un relámpago que alumbró la forma definitiva de lo que dio en llamar “el operativo raje”. Tomó el alazán, en su férvida imaginación, con las dimensiones de un animal mitológico. Se vio fundido con él y creó la figura del centauro. Nadie podrá detenerlo y la selva y los ríos y los cerros se abrirán a su paso, hasta el confín de la segura protección. “Estoy divagando”, dijo para sí, y dio la seña de asentimiento a la nueva disposición de su señoría, el alcalde, con distraída actitud.

Hay tormenta en el lejano horizonte cortesano y las hojarascas lanzadas a las rosas de los vientos son premonitorias de una conflagración. Hay que apresurarse. Es noche cerrada y no habrá luna hasta la madrugada. Aparece Timoteo Guazura, servicial aborigen dominador de selvas y desiertos, montado en mula retinta. María Teresa implora, pero la decisión es única. Vendré por ti, amor… o tú irás junto a mí… Depende… Y baqueano y fugitivo se hunde en las tinieblas. Leandro se limitaba a seguir al hombre en cuyas manos pusieron su suerte los amigos. Como taladrando la noche avanzan sin cesar hasta llegar, ya en alta madrugada, a orillas de una laguna que sólo tenía un lugar de acceso para vadearla. Habría que hacerlo antes del amanecer para estar a cubierto de las contingencias propias del desafío. Pero ya huye la sombra en forma apresurada y ellos no aciertan a encontrar el esquivo paso salvador.

Más vueltas y revueltas y saliendo siempre en el lugar de partida, como si el espíritu del mal estuviese interesado en hacer fracasar la busca esencial. Cuando al fin hallan la escondida senda, la aplastan con urgencia y ya al otro lado, en una encrucijada del camino, oyen a un gran tropel que avanza en la misma dirección. Se hacen a un lado, al abrigo del alto pajonal, chapoteando en la misma confusa agua don Rodrigo del Valle, extenuado por el cansancio, viene buscando la misma ruta de salvación. Quería alcanzar un territorio a salvo del miedo y la persecución. Su captura había sido dispuesta por el bando triunfante. Sobre la encrucijada del destino, ambos resolvieron seguir el mismo camino hacia… la libertad.

Nota: este cuento y su ilustración fueron publicados originalmente en la revista Acción Cooperativa, en su edición Nº 161 de noviembre de 2008.

 

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