Encuentro, relato de Rubén Romero

“Yo puedo ser todos los hombres, menos uno: yo mismo”.

"Encuentro", según la ilustradora Silvia Rodas.

Ir a un lugar donde nadie nos conozca, pasar desapercibido y poder ser cualquier persona.

Estaba en la esquina con su bastón. Me recordó a Borges.

¿Lo ayudo, señor?

Por favor, me dijo.

Daba pasos cortos e inseguros, como dudando de mí, tanteando siempre el asfalto.

¿Adónde va, señor?

Debo llegar hasta un colegio. Tengo una cátedra ahí. Soy nuevo por acá. Todavía no conozco los lugares y voy con retraso. La puntualidad no siempre fue una cualidad que supiera disimular sin esfuerzo. Por lo menos ahora puedo justificar ese descuido con mi ceguera.
Disculpe la pregunta, señor… ¿Hace cuánto quedó ciego?

Recién hace unas horas, cuando llegué a la ciudad.

¡Hace unas horas, dice, señor!

Sí, contestó él, serenamente. En cada ciudad que llego soy un hombre distinto. Acá soy un ciego.
Cómo así señor. No entiendo, dije.

El hombre detuvo la marcha y me presionó el brazo en donde se apoyaba. Inclinó la cabeza hacia mí, como buscando mis ojos, y alcancé a ver entre los lentes oscuros cómo los suyos giraban sin sentido.

Yo puedo ser todos los hombres, menos uno: yo mismo, dijo, liberando la presión en mi brazo y siguió caminando, lentamente, hacia adelante.

¡Espere, señor!, grité.

Se detuvo antes de que el bastón volviera a tocar el piso, perfilándose ligeramente hacia atrás.

Entonces usted no está ciego, concluí con absurda seguridad.

Tan ciego estoy que usted bien podría ser otra persona, menos la que dice o cree que es. Y sin embargo yo lo reconocería en cualquier otro lugar, en cualquier otra voz, en cualquier otro cuerpo.

Volvió a apoyarse en mi brazo derecho. Yo le prevenía de los escalones y las murallas, pero era él quien me guiaba.

Entonces es usted todos los hombres y a la vez ninguno, dije, después de una reflexión, y esto, a mi pesar, sonó más a una afirmación que a una pregunta.

Así de trágico y terrible, contestó secamente.

¿Y cuál es la cátedra que da en el colegio, señor?

Literatura. Literatura universal, dijo, como corrigiéndose, levantando el índice hacia arriba.

Yo estuve a punto de comentar algo al respecto pero ya llegábamos al colegio.

Creo que el aula queda por aquí, dijo, señalando el lugar preciso.

Llegamos al aula. Los alumnos reconocieron al profesor de inmediato y se levantaron para saludar.

¡Bue-nas tar-des, pro-fe-sor!, dijeron en coro.

Buenas tardes, respondió él antes que yo, y se presentó.

De mí no sabrán más que el nombre, y eso ya es mucho. Y no saquen lápiz ni papeles. Lo que vengo a decirles no necesita ser escrito.

Comenzó a hablar de escritores, parafraseando a cada uno de ellos, mientras recorría con ligereza el lugar, como si conociera cada espacio y cada grieta en el piso. Nadie más que él habló.

Siempre que mis alumnos me preguntan quién era ese señor que llegó conmigo una vez, me quedo callado. Todavía no sé cómo explicarles que algo me dice que aquel hombre ciego era yo.

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