En memoria de Lino Oviedo

El destacamento militar que ocupó, expulsó, torturó y deforestó sistemáticamente el tekoha, se encontraba bajo el mando del Coronel de Caballería, Lino César Oviedo.

Lino Oviedo. Foto: Última Hora.

En una fría aunque soleada mañana del 18 de agosto de 1986, un grupo integrado por 8 personas al mando de un militar vestido con uniforme de guerra, súbitamente se adentra en un tekoha indígena y, sin saludar ni pedir permiso a las familias del lugar, levanta un campamento en el medio del bosque. La comunidad, conocida con el nombre de Takuaguyogue, formaba parte de la etnia Paî Tavyterâ, aquella que desde los tiempos de la conquista se había refugiado en el bosque para defender su condición de avaidad, su condición de hombres libres, huyendo del sistema de la encomienda, trabajos forzados, la escuela, la iglesia y la policía. Contaba en aquel entonces con una de las pocas reservas naturales en estado natural de la zona, y constituía en rigor uno de los pocos bosques naturales del departamento de Amambay. En el tekoha vivían 34 familias, unas 150 personas, y su asentamiento estaba legalizado como Colonia Nacional Indígena, con 666 hectáreas.

Los militares “estaban vestidos con uniformes de jaguareté y portaban fusiles automáticos; cuando desconcertados por su presencia les preguntamos a qué venían, uno de ellos, de apellido Caballero, nos contesta: Somos de la Caballería, tenemos orden de ocupar el lugar y no dejar entrar a nadie…”.

Al medio día del 20 de agosto los dirigentes indígenas comprueban el derrumbe de los primeros seis arboles. “Un sudor frio, helado, recorrió nuestro espinazo cuando vimos los primeros seis arboles tumbados sobre el suelo…nos dimos cuenta que aquello no iba a terminar bien…”
A partir de la mañana del 22 de agosto los indígenas se movilizan informando a las autoridades regionales y nacionales sobre el hecho. Varias entrevistas y una solicitada es leída por radioemisoras de la localidad informando detenidamente sobre la ocupación militar y el saqueo de maderas.

Autoridades judiciales y de la Delegación de Gobierno se trasladan hasta el lugar para constatar los hechos denunciados. Sin embargo, soldados con uniforme de guerra y armados con metralletas, apostados en el camino que conduce a la colonia, enérgicamente les impide la entrada. Las autoridades regresan impotentes a Pedro Juan Caballero. Igual suerte corre el sargento Antonio Rodríguez, enviado por el INDI.

Sobre el 25 de agosto ingresa la primera topadora y comienza la deforestación masiva y sistemática del bosque; los primeros 5 camiones trasladan, dos veces al día, rollos de maderas hasta Pedro Juan Caballero. Lucio Romero, dirigente Paî Tavyterâ del tekoha, es convocado por los militares y advertido: “Que ningún indígena salga más de la comunidad”. Efectivos militares comienzan a bloquear las entradas y salidas a la colonia.

Los indígenas, cruzando a nado el rio Aquidaban, evaden el cerco y se trasladan hasta Asunción. Se entrevistan con el Cnel. Aníbal Carrillo, Secretario privado del Gral. Germán Martínez, Presidente del INDI y Ministro de Defensa Nacional. Informan sobre el hecho y reciben la siguiente respuesta: “Váyanse tranquilos, se solucionará el problema.”

De regreso al tekoha, sin embargo comprueban que los camiones aumentaron en número. “Dos días después de nuestro regreso, metieron una camionada de personal, aproximadamente 60 personas, seis moto sierras, dos topadoras, y unos veinte camiones…Un tal Villalba asume la Jefatura y dice ser policía de Seguridad…”

Unos 20 indígenas se trasladan de nuevo a Asunción. Son recibidos por el Gral. Germán Martínez. Él responde: “Yo no puedo hacer nada; ya informe por nota al Comandante en Jefe (Stroessner); háganlo también Uds. y váyanse a la Corte Suprema de Justicia junto al Dr. Argaña”. Los indígenas por nota denuncian del hecho ante el Comandante en Jefe, y acuden a la Corte varias veces, donde no son recibidos. Acuden al Parlamento donde son recibidos por el diputado Bonifacio Irala Amarilla, de quien reciben la siguiente respuesta. “Hijos míos, regresen tranquilos, se solucionará el problema no digo hoy ni mañana, pero si dentro del plazo máximo de 5 días”. Todo esto ocurre entre el 12, 13 y 14 de setiembre de 1986.

Sobre el 20 de setiembre, el personal del destacamento militar y unas 60 personas, comienzan a asaltar las chacras indígenas: “Como unas inmensas langostas comenzaron a devorar todo lo que encontraban a su paso, mandioca, batata, maíz, porotos calabazas, y durante el día y la noche las moto sierras y las topadoras se devoraban también el bosque”

Los días 27, 28 y 29 de setiembre, la casi totalidad de los dirigentes que integran la etnia Paî Tavyterâ, se reúnen en un tekoha. “En aquella oportunidad afirmamos: O nosotros o el fin del mundo. Y decidimos, ante la indiferencia de las autoridades, expulsar a los invasores de nuestras tierras…”

El 3 de octubre unos 70 indígenas con el rostro y el torso pintados de negro y el rojo del uruku, armados de arcos y fechas ingresan a Takuaguyogue. Dos soldados apostados en el camino que conduce al tekoha, al verse rodeados, huyen precipitadamente a una casa de tablas del destacamento y se refugian en ella. Los indígenas rodean la casa. Sale el sargento Villalba pistola en mano. Al verse apuntados por todos los costados por arcos y flechas, se refugia de nuevo en la casa, y herméticamente la tranca. El resto del personal huye despavorido por el bosque y exclama: ¡”Vienen los indios moros! ¡Vienen los indios moros! Los indígenas apresan a quienes encuentran a su paso, dos soldaditos armados y cinco peones de nacionalidad brasileña. Un militar de nombre Leandro Cantero, descarga sobre los indígenas varios tiros de fusil. “Apuntó directamente hacia nosotros y disparó, 4, 5, 6 veces; ninguna de las balas nos acertó; estábamos protegidos por Pa`i Kuara (el héroe solar) y Karavie Guasu, (el guardián del jasuka resplandeciente, la materia primigenia con la que Ñanderu pavê creó el mundo). Al constatar nuestra inmunidad a las balas, se echo precipitadamente a la fuga. Al sargento Villalba advierten: “Podemos quemar la casa de tabla con todos uds. dentro; no venimos sin embargo para matarles, sino para que abandonen de inmediato nuestro tekoha; si no lo hacen de inmediato, les aseguramos que vuestras madres llorarán…”

Por la noche el sargento Villalba y sus acompañantes abandonan apresuradamente la casa de tablas y se dirigen a Pedro Juan Caballero. En la casa los indígenas encuentran un verdadero arsenal de guerra: dos cajones llenos de balas de fusil, siete fusiles, 4 pistolas automáticas, numerosos yataganes y una bolsa llena de cachiporras.

Al día siguiente, 4 de octubre, funcionarios del Juzgado y efectivos de la Delegación de gobierno se hacen presentes en el tekoha. Confraternizan con los indígenas y se hacen cargo de todos los detenidos, incluido el arsenal de armas, tractores y maquinarias. Luego, los 70 indígenas regresan a sus respectivas comunidades.

Seis días después, el 10 de octubre, Villalba, acompañado de efectivos militares, ingresa de nuevo al tekoha. Detiene de inmediato a 7 indígenas, a quienes amarran con una misma cuerda. A uno de ellos, de nombre Margarito, lo ata de la cintura y con la cuerda sostenida en uno de sus extremos por un soldado, ordena al enlazado: “Te vas a ir a mostrarnos donde están los mejores arboles”. Acto seguido se dirige a la casa del dirigente indígena Lucio Romero. Encuentra a su esposa, a quien con una pistola apretándole a la cabeza, interpela: “¿Dónde está tu marido?”

Trabajando en la estancia, responde la mujer. “Dile a tu marido, que si lo encuentro lo mato”, amenaza el militar.

Ese mismo día se inicia la gran diáspora. Abandonados por todos, aunque llenos y plenos de Ñanderu , comienza la huida aterrorizada y en masa de las familias indígenas. Algunas huyen hacia el Brasil y otras se refugian en los demás tekoha Paî. El tekoha quedó libre de indígenas, excepto de aquellos que fueron detenidos y enlazados con piolas por la fuerza.
Para finales del mes de octubre el tekoha, una colonia nacional indígena, quedó también limpia de arboles, Se estima por lo bajo en 324.000 millones de Gs. el valor de las maderas saqueadas en dos meses y unos 500 años para lograr obtener de nuevo un bosque como el que poseían y administraban las familias indígenas del tekoha Takuaguyogue.

El destacamento militar que ocupó, expulsó, torturó y deforestó sistemáticamente el tekoha, se encontraba bajo el mando del Coronel de Caballería, LINO CESAR OVIEDO.

Apoyados por todos, aunque todos vacios de Dios, el horror y la barbarie con figura humana se hizo presente en la comunidad, y en menos de dos meses arruinó el bosque y la vida de los primigenios habitantes del bosque. L a omnipresencia del mal, con rostro humano.

(Es un apretado extracto de una denuncia publicada en varios periódicos; la firman entre otros, Adriano Irala Burgos, por el Centro de Estudios antropológicos de la Universidad Católica y el Padre Wayne Robins, del Equipo Nacional de Misiones de la Conferencia Episcopal Paraguaya. Se dispone del original de la denuncia, con todos sus firmantes. Hasta la fecha, este etnocidio y ecocidio, ha quedado impune).

Fuente de imagen: smashpipe.com

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