En desmedro de “pan y circo”, en Brasil piden “justicia y democracia”

El comunicador y sociólogo Félix Ruiz analiza el estallido de las protestas en el Brasil a la luz del descontento de la ciudadanía con un sistema que daba «pan y circo» para silenciar a los pobres  mientras seguía la senda de un «neoliberalismo con rostro humano». 

Por Dr. Félix Ruiz, periodista y sociólogo*

 

Foto: eluniversal.com

Los índices de aprobación a la gestión de la actual presidenta Dilma Rousseff han caído abrumadoramente como consecuencia de las protestas callejeras que se diseminaron por todo el país en este mes de junio. Según el Instituto DataFolha publicado la semana pasada, la caída redujo en casi la mitad los índices de aprobación de la primera mandataria brasileña. De 57% cayó al 30%. Una caída que sólo se equipara en velocidad a los índices que fueron constatados en 1990 en el Brasil cuando el entonces presidente de la República Fernando Collor de Mello confiscó los fondos de los ahorristas y de los inversores para poner en ejecución un plan emergencial para combatir la hiperinflación que llegaba a 83% al mes.

La presidenta Dilma Rousseff venía presentando altos índices de aprobación desde el inicio de su gestión llegando a mas de 70% en los primeros meses de 2013. Todo indicaba que ella sería una fuerte candidata a la reelección en las presidenciales que están fijadas para octubre de 2014.

La fuerza del movimiento de protesta que se mantiene hace más de tres semanas es identificado como el principal factor responsable por ese terremoto político. Rousseff y otros gobernantes posiblemente no estarán presentes en la final de la Copa de las Confederaciones que se realizará en el estadio de Maracaná este domingo cuando el país anfitrión Brasil enfrentará a la selección campeona del mundo España. El temor al abucheo y a la ira popular son las razones para ese comportamiento del alto escalón de los gobernantes brasileños que se han visto todos los días durante las últimas semanas enfrentados por la crítica abierta de las multitudes que se agolpan para exigir mejores políticas públicas, principalmente en el área social (con un importante destaque en los temas de transporte, salud, educación y derechos de ciudadanía para los segmentos más carenciados y discriminados como es el caso de la población de mujeres, niños, pueblos autóctonos y LGBT). El éxito de las movilizaciones callejeras que empezó en São Paulo bajo el auspicio del movimiento por el “passe livre” (pasaje gratis para los estudiantes) y que se ha extendido por otras capitales y por las mayores ciudades de todo el país ya está teniendo una muy importante conquista: la votación por el Congreso de una ley que garantiza a todos los estudiantes, desde la escuela hasta la universidad, ese derecho al “passe livre” en todo el territorio de la República.

Después de un período inicial marcado por vacilaciones y un gran silencio, Rousseff y el PT han respondido con la propuesta de un plebiscito nacional para la votación popular de una reforma política orientada a la adopción de cambios en el sistema electoral que buscan promover una mejoría del sistema de representación. Tal medida ha ganado una gran simpatía en el electorado y la simpatía de los sectores movilizados más activos de todo el país. En ese sentido, las últimas encuestas de opinión muestran que cerca del 70% de la población es simpática a dicha reforma política.

Eso se enlaza muy directamente con el cuestionamiento que la ciudadanía movilizada en las protestas ha manifestado con relación a la corrupción del sistema político. Ese sistema político corrupto está fuertemente asentado en el financiamiento privado de las campañas y sobre la falta de mecanismos democráticos de control ciudadano sobre los mandatos parlamentarios como el “recall” y la institucionalización de la revocatoria de los mandatos.

El surgimiento de esa ola de movilizaciones en medio de la algarabía que los medios de comunicación difunden por la realización de la Copa de las Confederaciones muestra la intensidad de las contradicciones en una sociedad que al mismo tiempo que ama al fútbol cuestiona vivamente las inversiones realizadas con recursos públicos para la reforma de estadios en desmedro de la necesaria atención a políticas públicas esenciales así como el injusto acceso de la población a los eventos de ese campeonato de la FIFA.

Algunos elementos que la actual situación política revela

Entender el alcance de los acontecimientos de ese verdadero tsunami tropical es esencial para entender el ya prolongado ciclo de gobiernos de centro-izquierda que se establecieron en América Latina después de la aplicación rigurosa de los planes de ajuste neoliberal en los años 1990 por gobiernos de derecha como los de Pérez y Caldera (Venezuela), Menem (Argentina), Cardoso (Brasil), Sanguinetti y Lacalle (Uruguay), Banzer y Sánchez de Losada (Bolivia), Wasmosy (Paraguay), Fujimori (Peru), Bucaram y Mahuad (Ecuador) para recordar los más emblemáticos. Ellos dieron lugar a una gigantesca hecatombe social que alimentó todo el ciclo de luchas y de movilizaciones que instauraron gobiernos como los de Hugo Chávez (Venezuela), Néstor Kirchner (Argentina), Luis Inácio Lula da Silva y Dilma Rousseff (Brasil), Tabaré Váquez y José Mujica (Uruguay), Evo Morales (Bolivia), Rafael Correa (Ecuador), Fernando Lugo (Paraguay) y Ollanta Humala (Perú) que, guardadas las debidas diferencias, aplicaron programas de gobierno en oposición a dichos gobiernos de la primera ola neoliberal “fundamentalista” muy bien descripta por Naomi Klein en su trabajo sobre el auge del capitalismo del desastre. En ese sentido, los episodios más importantes del ciclo de movilizaciones sociales que está ocurriendo en el Brasil permite tejer algunas consideraciones importantes sobre los caminos por donde transita la construcción de la democracia en el continente.

Restringiéndose al caso brasileño, en ese país hubo uno de los experimentos más avanzados que buscó fundamentar una orientación de las políticas de Estado y de las políticas públicas asentadas en la conservación de aspectos esenciales de la política económica neoliberal (una política macroeconómica restrictiva con las más altas tasas de interés del continente) con una política social de atención a los sectores más empobrecidos de la sociedad. Se buscó conciliar las directrices del neoliberalismo con objetivos de justicia social. La implementación de esa estrategia política de buscar el florecimiento de un capitalismo desarrollado con un rostro humano pudo hacer alarde durante los últimos 6 años de importantes resultados en la disminución de los índices de pobreza extrema dando lugar a la ascensión de un amplio segmento social. Esos resultados fueron responsables de la reelección de Lula en 2006, la elección de Dilma Rousseff en 2010 y las importantes victorias electorales en intendencias de capitales, entre las cuales la de la ciudad de São Paulo en 2012. Los resultados electorales parecían conjugarse simbióticamente con la aplicación de dicho neoliberalismo con rostro humano por los siguientes motivos:

  • Crecimiento económico por encima de la media de América Latina y un desempeño exportador que generaba superávits comerciales.
  • Aumento del gasto social que permitía reducir la pobreza y enfrentar los bolsones de miseria y de exclusión extrema.

Sin embargo, los factores que podrían basamentar toda esa estrategia mostraron sus puntos débiles:

  • Tímidos índices de crecimiento económico. Entre 1999 y 2011 el crecimiento promedio anual fue de 3%.
  • Concentración del crecimiento del empleo en el sector informal. Vale decir, expansión del empleo precario que no cubre los derechos adquiridos por el sector formal de la clase trabajadora.
  • Debilidad del modelo exportador, por coincidir con un acelerado proceso de desindustrialización de la economía brasileña y la expansión del mercado de bienes primarios.

 En ese contexto, el surgimiento de las movilizaciones con foco en el precio del pasaje de ómnibus revela las contradicciones del modelo sostenido por los gobiernos del PT. Como punto de partida, es importante caracterizar correctamente todo ese vigoroso ciclo de movilizaciones. En ese sentido, tiene mucha razón Atilio Boron cuando afirma que “Las grandes manifestaciones populares de protesta en Brasil demolieron en la práctica una premisa cultivada por la derecha, y asumida también por diversas formaciones de izquierda -comenzando por el PT y siguiendo por sus aliados: si se garantizaba “pan y circo” el pueblo –desorganizado, despolitizado, decepcionado por diez años de gobierno petista- aceptaría mansamente que la alianza entre las viejas y las nuevas oligarquías prosiguieran gobernando sin mayores sobresaltos”.

Las movilizaciones están indicando una pérdida general de legitimidad del sistema político. Una gran parte de la población siente que los partidos mayoritarios hacen políticas muy parecidas (lo que se ha expresado claramente, por ejemplo, por la actuación muy similar y, en general, común, de los dos gobernantes más directamente responsables del transporte público en São Paulo, el alcalde Fernando Haddad, del PT, y el gobernador Geraldo Alckmin, del PSDB).

Esta línea general de hacer concesiones a «los de abajo», a condición de no entrar en ningún choque con las clases dominantes, ha sido muy conservadora, pues le ha impedido al PT y sus gobiernos no hacer ningún cambio fundamental en la orientación de la política neoliberal apoyada por esas clases.

Los partidarios del PT y sus gobernantes parecen creer, y al parecer están convencidos de que es posible gobernar para todos, al menos en apariencia, sustituyendo la lucha de clases por la negociación (sobre todo con los de arriba) y el control (para los de abajo, cuando la negociación no es suficiente). Y es exactamente eso lo que las movilizaciones masivas de junio revelan: el agotamiento del conformismo de amplios sectores de la sociedad con esa ecuación perversa que no ataca los problemas estructurales de una sociedad que se ha vuelto cada vez más desigual.

El problema es que la sociedad brasileña sigue siendo una sociedad profundamente desigual. La disminución de la pobreza no ha conseguido disminuir la enorme iniquidad de la distribución de la riqueza que está cada vez más concentrada.

En el aspecto político, el imperio de la “partidocracia” ha generado una situación que Boron ha caracterizado como un creciente abismo que separa al común de la ciudadanía de la partidocracia gobernante, incesante tejedora de toda suerte de inescrupulosas alianzas y transformismos”. Justamente, algo que los gobiernos del PT supieron manejar con maestría poniendo el “queso” (los recursos públicos en cantidades cada vez mayores) a disposición del “ratón” (una clase política corrupta y ávida de privilegios) para someterlo y atraparlo y acabó él mismo y sus aliados por caer en la trampa. No por casualidad todas las manifestaciones de junio expresaban su repudio a los partidos políticos. Como nos recuerda Boron, “un indicador del costo fenomenal de esa partidocracia
–que resta recursos al erario público que podrían destinarse a la inversión social– está dado por lo que en Brasil se denomina el Fondo Partidario, que financia el mantenimiento de una maquinaria meramente electoralista y que nada tiene que ver con ese “príncipe colectivo”, sintetizador de la voluntad nacional-popular del que hablara Antonio Gramsci. Un solo dato será suficiente: a pesar de que la población exige infructuosamente mayores presupuestos para mejorar los servicios básicos que hacen a la calidad de la democracia, el mencionado fondo pasó de distribuir 729.000 reales en 1994 a la friolera de 350.000.000 de reales en el 2012, y está por acrecentarse aún más en el curso de este año. Esa enorme cifra habla con elocuencia del hiato que separa representantes de representados: ni  los salarios reales ni la inversión social en salud, educación, vivienda y transporte  tuvieron la prodigiosa progresión experimentada por una casta  política completamente apartada de su pueblo y que no vive para la política sino que vive, y muy bien, de la política, a costa de su propio pueblo”.

El gran enfrentamiento social que se revela en las manifestaciones de junio y en la pérdida de confianza hacia los gobernantes en el Brasil tendrá como contendores la “partidocracia” y el amplísimo espectro de sectores sociales que se ha puesto en movimiento desconfiado del poder y de los políticos. La aceptación de la propuesta del plebiscito de la reforma política es un indicador de que esos sectores sociales han conseguido identificar su principal oponente: la partidocracia que retira recursos públicos esenciales para el combate a las desigualdades. Felizmente, no más “pan y circo” sino “justicia y democracia” son el reto que con coraje el pueblo brasileño buscará confrontar. Activamente, a través del voto y en las calles, plazas y avenidas con su heroica acción.

 

*Paraguayo residente en Brasil. Se desempeñó como asesor del gobierno de Fernando Lugo. 

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