Emiliano: Entre la guitarra y el fusil

Ilustración de Juanchi Franco

Ilustración de Juanchi Franco

La guerra por el petróleo chaqueño llevó a cientos de miles de paraguayos y bolivianos a creer que luchaban por una causa patriótica. La sangre que regó el inmenso kaœaguÿ petrolífero sin embargo guarda aún algo de su gloria y su nobleza en las composiciones de una de las figuras emblemáticas de nuestra cultura: Emiliano Rivarola Fernández.

«Jaku’éke Paraguái…»
A principios de marzo de este año se realizó el seminario latinoamericano sobre protagonismo popular, soberanía e integración donde participaron distintas personalidades de diferentes países de la región. Entre los visitantes a nuestro país estuvo Julio José Chiavenato, escritor brasilero que se dedicó a investigar las causas y consecuencias tanto de la guerra del 70 como la guerra del Chaco.

Julio José cuenta que se fascinó con la historia del Paraguay después de una visita a Caacupé, donde estuvo preguntado sobre uno de los monumentos hecho para los niños mártires de Acosta Ñú. Un niño que estaba por el lugar lo llevó junto a su abuelo, quien le contaría la historia y el por qué de aquel monumento. Julio José decía que no le contó una historia, sino que le cantó una canción en guaraní sobre la guerra y que después le tradujo al castellano para que entendiera. Desde ese momento quedó conmovido por la historia del Paraguay.

Quizás los acordes de aquella canción que escuchó Chiavenato eran de alguno de las tantos emilianore, como se conocen las obras de este poeta incrustado en el corazón y la mente de nuestro pueblo como una bala que no termina de matar. Es cuestión de imaginar cómo la guitarra herida por la polca revive nuestro pasado y nos lleva nuevamente hacia aquellos parajes inhóspitos, hacia el campo de batalla.
Emiliano Rivarola Fernández entregó su vida al canto, a la poesía y, de alguna manera, a la guerra. No es casual que este poeta tan elogiado y reconocido, incluso perseguido en su época, hasta hoy se halla identificado con las contiendas bélicas y el heroísmo que caracteriza a la «raza guaraní», como él llamó a nuestra gente.

«Ikatúnte aju jevy/ Ndaha’éi katuete amanóvo…»
Don Simeón Fernández se presentó para defender la patria, quizás conciente de su último destino, en el Campamento Cerro León. El honor y la patria y todo por lo que había luchado en su vida lo reclamaban. Fue así que dejó en casa para que le esperen, hasta la eternidad si era necesario, a María Ana y al pequeño Silvestre que tan solo tenía 9 años, su único hijo.

Los años pasaron y la guerra consumía la tierra, a los hombres, al futuro… pero no la esperanza. María seguía esperando a Simeón, que parecía llegar a veces entre la noche, vivo y sonriendo. Pero sería María la que llegaría hasta él.

Ella y algunos vecinos y parientes tuvieron que movilizarse hacia Piribebuy arrastrados por el horror de la guerra. 1869 no tenía fin y los aliados estaban apoderándose de todo. Hasta que ocurrió lo fatal. Un 12 de agosto genocida, Silvestre de 12 años, quedó huérfano igual que todos los niños del mundo. Su madre fue violada y asesinada por el feroz Luisón de tres cabezas que decía estar luchando contra un solo hombre mientras se devoraba a los niños que encontraba a su paso.

Pero Silvestre Fernández logró escapar de sus fauces. Antes, también empuñaría el fusil y vestiría de soldado y perdería la inocencia para siempre. Cuando el Mariscal es asesinado Silvestre huye ya sin nadie y sin nada. Silvestre sobrevive y con los años va a parar a Asunción donde trabaja de carpintero. Ya en 1892 Silvestre decide viajar a Acahay para visitar a algunos parientes que también sobrevivieron. Y Allí se enamora de Bernarda Rivarola, sobrina del Cnel. Valois Rivarola.

«Na tahupimí mano a la vicera/Ha tambojoja che marakamí»
Sería Emiliano el único fruto de ese encuentro y al igual que su abuelo y su padre también lucharía por lo que creía honorable y noble. Pero Emiliano empuñaría tanto el fusil como la guitarra. Y más. Haría que los soldados que, junto con él, irían a defender la «soberanía territorial» se llenasen de fervor patriótico y de coraje contra el enemigo, que no sería otro que la población indígena de Bolivia que también fue engañada por el supuesto nacionalismo que predicaban sus Jefes.

Canciones como «Rojas Silva rekávo», «Che la reina» y «13 Tuyutí» nacieron de su inspiración de soldado y poeta. Lo desconocido y lo inhóspito eran enfrentados por los soldados paraguayos escuchando las canciones de Emiliano, que escribía en medio del fragor de la batalla. Emiliano, incluso en la guerra, llevaba su guitarra bajo el brazo por todos lados alegrando los momentos en que descanzaban.

Aquello que el pueblo sentía él lo traducía en poesía y música. El genio popular se hizo carne en él. Sus obras ayudaron a levantar la autoestima y la moral de la gente; trajo con su canto no solo la historia de nuestra valerosidad sino también contribuyó a la reveindicación del idioma nativo, al hacer sus canciones en el idioma en que hablaba el pueblo. Su aporte al idioma guaraní y la conciencia de nuestra propia historia es incalculable.

La vigencia de los emilianores es indiscutible. Solo falta ir en algún barcito, en algún lugar donde una guitarra temple el ambiente para escuchar entre a las voces un «ñahendúna petei emilianore mba’e» y que inmediatamente el fervor antiguo renazca y todos los reunidos sientan que somos parte de algo común, más grande que los engaños y trampas que nos ha hecho la historia que cuentan en los libros.

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