Elogio del odio

Vemos a los mismos de siempre, hoy candidatos presidenciales, ‘disertar’ acerca de la importancia de la ‘unidad de todos’ y de dejar atrás el ‘odio’ entre paraguayos.

Marcelo Martinessi.

Es cierto que el odio se instaló en nuestro país, a raíz del quiebre que ellos mismos provocaron en junio del 2012. Pero estos señores se confunden creyendo que el odio sólo puede ser negativo, y que es un odio de los sectores democráticos-progresistas contra ellos, entiéndase clase política unida-golpista. Hay que admitir que ellos (que para cuidar los modales en tv son ‘innombrables’, y que vienen del sector colorado, del azul o del tristemente llamado Patria Querida) pueden caernos inclusive simpáticos en un pseudo-debate presidencial, cuando se les traba la lengua como niños inseguros que saben que están mintiendo.

Pero deberían entender que el odio, como actitud, es urgente hoy en Paraguay. Y si no lo entienden, es importante decírselo:

Odiamos la violencia estructural que ustedes defienden y ese entramado de privilegios únicos y exclusivos que han construido a lo largo de décadas, con y sin dictaduras, para perpetuar sus negociados con dinero del Estado.

Odiamos el sistema tributario en el que aquel que tiene más, paga menos, y encima recibe incentivos de todo tipo para llegar a fin de año con una supuesta cifra de crecimiento/país que sólo refleja el volumen de sus bolsillos. ¿Acaso ese país no somos todas y todos?

Odiamos las iniciativas de caridad, sean estas de carácter educativo o social, que emprenden para sentirse bien y contribuir moneditas (o en los peores casos, para intentar reemplazar al Estado en la administración del dinero público) en un país que necesita la solidaridad verdadera y el compromiso de sus líderes.

Odiamos las condiciones laborales a las que someten a sus empleadas y empleados con la excusa de ‘dar trabajo’, exponiéndoles a situaciones de explotación, propias de un régimen de esclavitud.

Odiamos sus murallas altas con alambres eléctricos y sus super estructuras de seguridad porque a la hora de la verdad no los protegen de nada, sin embargo los separan de una realidad cada vez más injusta que no quieren ver, pero que ustedes mismos están incentivando.

Odiamos sus campos de soja, sus transgénicos, sus agrotóxicos, porque están destrozando lo más bello, pero a la vez vulnerable que tiene nuestro país: su cultura y saberes del campo, herederos de una riqueza mucho mayor que la que ustedes creen tener.

Odiamos sus empresas de prensa porque se encargan de desdibujar la realidad y atacar sistemáticamente cualquier iniciativa que apunte al bien común, porque intentan hacernos creer que somos un país soberano, cuando estamos entregando nuestro futuro a multinacionales y a punto de vender el sillón presidencial al mejor postor. ¿No les parece que los medios deberían alarmarnos?

Odiamos su caradurez para presentarse ante las cámaras como tres reyes magos, sabiendo que lo que traen bajo el brazo son los ‘regalos’ de siempre, envueltos en olvido, cuando deberíamos pedir a gritos la recuperación de nuestra memoria.

Y por todo eso, también odiamos sus discursos de unidad en un Paraguay que necesita – desesperadamente – que odiemos, que odiemos todo aquello que tanto mal nos está haciendo – desde hace décadas – y que nos animemos – por fin – a construir ese otro país, que ustedes no han permitido, porque cuando tuvieron la oportunidad, lo único que hicieron fue defender sus privilegios.

Tanto amor entre paraguayos y paraguayas, en esta situación de desigualdad feroz, puede ser trágico. Por eso señores, odiemos por favor, con todo lo fuerte y todo lo bello que puede ser el odio, con todo el entusiasmo y toda la alegría, odiemos.

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