Elogio de “Cuchillo de Palo”

Esta es una nota simple para compartir una impresión. Una impresión de una película, Cuchillo de Palo, dirigida por la directora de cine paraguaya, Renate Costa y recientemente estrenada en Francia. Acabo de regresar de verla, quizás tan conmovido como absorto. Y fue significativo de haberme encontrado, durante la proyección, sentado al lado de Delicia Villagra, insigne ex-exiliada política paraguaya, y de Laura Moreira, hija de otra compatriota otrora acechada por el destierro stronista.

La película trata de las circunstancias extrañas en la que muere Rodolfo Costa, el tío de Renate, en los años ’80. Éste era hermano de su padre y fue una de las personas que durante la dictadura de Stroessner formaba parte, por razones de su orientación sexual, de la “Lista de homosexuales” de la Policía stronista, conocida como la tristemente célebre “Lista de los 108”.

Cuchillo de Palo sigue las huellas, a través de la técnica documental, de varias personas que conocieron a Rodolfo, empezando por su mismo hermano, el padre de Renate, de manera a relatar la vida y el contexto en que él tuvo que sostener su opción sexual al mismo tiempo de mantener los lazos con la sociedad de su época. Durante todo el transcurso del film, la magistral puesta en escena de los prejuicios de los que era víctima un grupo de ciudadanos en una época tan oscura, permite mostrar la lógica política con la que el régimen autoritario perseguía y reprimía todo lo que era contrario a la moral dominante.

La mirada del film sobre un fenómeno como la homosexualidad es aguda y bien contextualizada; fenómeno tan sensible como espinoso, sobre todo en una sociedad en que el mismo está marcado por el prejuicio, la sospecha y el ostracismo. Mirada nada fácil aún hoy cuando en nuestros propios ámbitos familiares, los prejuicios contra la homosexualidad se develan como condena inmisericorde en amalgama con la estigmatización.

El relato de Renate Costa no cae en el reproche, en la apología ni en el fácil relativismo moral. Cualquiera de estas salidas podían, para la directora, constituir el riesgo de caída en una pose “bien pensante” o “políticamente correcta”. Ella, por el contrario, escapa a toda suerte de maniqueísmos, tan fáciles como caros a la demagogia política y cultural. El relato de la historia que Costa nos presenta, es un relato incisivo porque se desenvuelve en su misma historia familiar, donde yacen elementos de una sociedad que alberga después de muchos años, el prejuicio y la intolerancia como criterios de relación entre las personas.

Su mismo padre, que no está “a favor” ni “en contra” de la dictadura, adhiere sin embargo a una concepción moral que fue funcional al régimen dictatorial y de la que él mismo no tiene la exigencia de problematizar. La lectura de la realidad, por su padre, es una lectura serena y prudente, no calumniosa ni fanática, pero sí convencida de que las identidades sexuales, la relación con el cuerpo, y en fondo, las relaciones sociales, deben basarse en premisas indiscutibles, ya inscriptas en la biblia, en la tradición, o en quién sabe qué otros dogmas preestablecidos.

La obstinación -inconsciente sin duda- del padre de Renate, por borrar el pasado que envuelve la situación desgarradora, tan íntima como insondable por la que atravesó su hermano (y en fondo, él mismo y su familia), es la sutil analogía de una gran parte de la sociedad que se resiste a dialogar consigo misma y de interrogarse sobre el origen de sus actuales problemas. La cineasta, que no escatima en mostrarse a sí misma doliente y a su vez condolida con las angustias de su extinto tío, reconoce en el camino de la interpelación, la única vía certera para recomponer un vínculo profundo con su historia personal y la de su país.

En el intento de comprensión entre Renate y su padre, se halla una profunda tensión que la película logra captar de manera delicada y hasta poética, punto donde asimismo alcanza los momentos más sublimes. Y es que este intento no puede soslayar el dolor tan profundo como inevitable que cierne la relación de padre e hija, de dos generaciones que se encuentran juntas ante la sombra de la incomprensión al mismo tiempo que ante el desafío del entendimiento mutuo.

En los diálogos de Renate Costa con su padre están los diálogos posibles de un país; un diálogo incisivo sobre su historia y sobre el origen sinuoso de un proyecto democrático que se resiste a emprender. Surgen en la trama de Cuchillo de Palo, la ternura y el afecto como principios hermenéuticos centrales para comprender la sociedad y comprendernos a nosotros. Porque si nos preguntáramos cómo fue la sociedad paraguaya cuando por la violencia y el miedo estaban proscriptos la ternura y el afecto, confinados al “patio trasero” de la esfera íntima, es cuando podemos comprender cómo vivimos hoy la tolerancia y el respeto, el diálogo y también el disenso; en fondo, cómo compartimos hoy, sin temor ni amenazas, un espacio público que se pretende plural, una vida democrática.

Es ese miedo el que se resiste a perecer en Paraguay. País donde lo que estaba permitido y lo que estaba prohibido sentir, pensar o creer, estuvo durante tantos años estrictamente controlado por la fuerza. País donde se señalaba en los homosexuales, en los comunistas, en los campesinos o en los “indios”, los males que era necesario “erradicar”. Aún hoy ese miedo tiene nombre de izquierdistas, campesinos, homosexuales o indígenas. Es decir, todo lo que «es reprobable ser” y contra lo que hay que combatir.

Como muchos otros paraguayos, creo que el olvido y la indiferencia son las más brutales de las torturas en nuestros días. Ese olvido cínico, que pregona que enterrar el pasado, los dolores que padecimos y las heridas que no cicatrizaron, es la mejor manera de curarnos. Mientras que, como decía Ciorán, “olvidarnos del origen de nuestros males es darles rienda suelta para que sigan su curso, causando más mal”.

Renunciar a comprender el origen de las contradicciones que aún hoy aquejan nuestra sociedad, construidas en el transcurso de la historia y sedimentadas de una generación a otra, es la manera más eficaz de evitar poner cimientos firmes y fundamentos verdaderos para construir una sociedad nueva. Es como dice el adagio guaraní y que se corresponde muy bien con el título del film: “ñambo kyse yvyra ñande democracia pe”.

Sobre esto Renate Costa nos ofrece una lúcida y magistral reflexión.

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