El Viernes Santo antiguo

“Enterove mba’e rejapova, Ñandejárare rejapo”. Así nos cuenta Mercedes Duarte, 82 años, su recuerdo de Viernes Santo. Es la enseñanza de su madre omnipresente que, como muchísimas de su época, crió, sin padre, a Mercedes en el «deber ser». «Ko’ága peve che arespetái teréi la che sy he’i vaekue chéve, pero chéntema. Ndaikatuvéima ha’e mba’eve che gente kuérape», he’i Doña Meche.

Mercedes Duarte y Euclides, en su casa, en Luque, Palma Loma.

Mercedes Duarte y su esposo Euclides Ortiz, en su casa, en Palma Loma, Luque.

Si bien existen múltiples particularidades en la historia de nuestro pueblo sobre la celebración del Viernes Santo, ella nos trae una experiencia bastante extendida de su tiempo de niñez y de juventud.

Su madre tomaba el mate a las seis de la mañana. Luego no dejaba vestigio de fuego, porque el fuego, de quedarse, era fuego contra Jesús. Antes de que salga el sol, el cántaro se llenaba de agua. Si era extraída del pozo antes del amanecer, era agua bendecida por Dios. «Upéicha he’i oréve ore sy».

Con esa agüita y la chipa, Mercedes y sus hermanos se iban al pueblo, Ita, a la Iglesia. Debían ir en camisa manga larga y vestidos a los pies. Manga corta era una falta de respeto a Jesús, a quien a las tres se lo crucificaría.

En todo el transcurso del día “ndaikatúi reñe’evai, ndaikatúi reinupa ma’avéape, ndaikatúi redispara, ndaikatúi repuka. Enterevo mba’e rejapóva, Ñandejárare rejapo”.

Ya en la Iglesia, los estacionarios, de blanco y lila, se encargaban de cantar el martirio de Cristo. Eran todos hombres que, durante y antes de la Semana Santa, debían visitar 14 casas. Esa misma gente luego se encargaría de bajar a Cristo de la cruz. A la tardecita, algunas constricciones desaparecían para tomar mate dulce con coco rallado. Y a esperar la resurrección.

Tañarandy. Al término de la marcha con La Virgen de los Dolores, los estacioneros y feligreses con candiles y antorchas, el rito siguió con la baja del Cristo crucificado a los brazos de la Virgen que representa la dolorosa contemplación de la Madre Maria a su hijo torturado y muerto. (Elton Núñez - San Ignacio, Paraguay)/ Yluux.

Tañarandy, baja del Cristo crucificado a los brazos de la Virgen tras la procesión. San Ignacio – Paraguay. Foto: Elton Núñez/ Yluux.

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