El «Somos uno» en nosotros

Análisis socio-antropológico sobre las últimas elecciones en Paraguay.

Fuente de Imagen: http://portal.capitanbadonews.com

La voz del «somos uno» como mandato que clausura toda posibilidad de tolerar la mínima diferencia, se encuentra como dispositivo instalado también, en todos nosotros, que somos «los otros».

Este dispositivo asegura la victoria permanente de los «uno» sobre «los otros» -nosotros-. Un mecanismo interno de auto destrucción se activa atomizando las fuerzas de lo diferente; anulando así cualquier probabilidad de que estas fuerzas se consoliden en un sentido; en un sentido único que permita el posicionamiento sólido ante la presencia monolítica de los «uno».

Forma parte del mecanismo la desconfianza, una sospecha nubla la mirada hacia el semejante, no permitiendo el establecimiento de redes de reconocimiento. Los «otros» no conseguimos identificarnos para conformar un nosotros. Branislava Susnik habla de los tey’i y los teko’a como formas de articulación social de los guaraníes. Estas formas perfilan colectivos de identificación con parámetros excluyentes. Por un lado los teko’a como espacios de inclusión más amplios, generaban un nosotros extendido (el ñande); por otro lado los tey’i que dibujaban un nosotros restringido (el ore), una manera de identificación exclusiva a los estrechos limites de un cotidiano compartido. Y aunque de la misma identidad étnica, los miembros del tey’i solo defendían  sus intereses más mezquinos. Estos «conflictos inter-étnicos» (como señala Susnik) constituían el seguro de victoria de los españoles sobre las revueltas guaraní. (1)

Esta referencia histórica que nos señala una actitud disgregante, un comportamiento traidor, puede o no usarse de antecedente de nuestras experiencias. Forzar una lectura limitada a ella con proyecciones actuales resultaría demasiado simplista, sin embargo, sirve el dato para habilitar puertas de exploración de nuestra historia que conduzcan a desmontar comprensiones idílicas de un pasado guerrero que no existió. Los pueblos guaraníes en su resistencia al español también sufrieron fracturas internas; en comparación con la resistencia de otros pueblos indígenas (guaicurú, payaguaes, por ejemplo) las iniciativas guaraníes no fueron las más radicales, ni las más fuertes. Nuestro sistema político actual contiene ideas con reminiscencia guaraní y elementos españoles, aquellos tiempos necesariamente hicieron mella en nuestro acontecer.

Hoy la falta de reconocimiento entre similares genera la invisibilización de los actores diversos en un tejido social. De esta manera, la cultura hegemónica del “somos uno” no puede ser desplazada significativamente hacia otros imaginarios debido, entre otros motivos, a la dispersión de las fuerzas del cambio.

La participación ciudadana en Paraguay

Los dos partidos políticos tradicionales de nuestro país (la ANR y el PLRA) constituyen básicamente dos fracasos como proyectos de organización política cuyo objetivo final sería la participación de los ciudadanos en el ejercicio de sus derechos. La ANR responsable de diseñar e implementar un sistema de organización colectiva en base a la suscripción clientelar y prebendaria, ha atentado históricamente contra la formación de la ciudadanía en Paraguay, en la comprensión dogmática del término “ciudadanía”. Y el PLRA como competidor incapaz de romper esta lógica y constituir otra, ha caído en la práctica del mismo sistema de relacionamiento con los adherentes. Desde ahí podríamos decir, tomando como parámetro a la generalidad, que no existe ciudadanía en Paraguay. Ambos partidos políticos deberían claudicar ante la contundencia de este fracaso fatídico.

Fracaso que atenta contra el “Estado de Derecho”. El concepto de República implica a “un sistema político que se fundamenta en el imperio de la ley (constitución) y la igualdad ante la ley como la forma de frenar los posibles abusos de las personas que tienen mayor poder, del gobierno y de las mayorías, con el objeto de proteger los derechos fundamentales y las libertades civiles de los ciudadanos, de los que no puede sustraerse nunca un gobierno legítimo” (2)

Con esta perspectiva y analizando las acciones que ha desplegado el Estado paraguayo en los últimos cien años, es que podemos confirmar la ausencia de un “Estado de Derecho”. La implementación de los derechos ciudadanos ha caído en aquel sistema clientelar y prebendarlo, con la administración de las instituciones del Estado por un solo partido político: la ANR. El mensaje cultural del “somos uno” ha sido instalado desde el Estado, este hecho perturbó varias formas de expresión de ciudadanía. La movilización de las personas ocurre únicamente mediante la convocatoria de un interés específico. El habitante de este territorio acostumbrado al desamparo de las instituciones públicas en defensa de los derechos colectivos, sólo espera favores especiales de los líderes políticos de turno, entendiendo que la administración de los derechos civiles desde el ámbito del Estado debe darse como la provisión de derechos individuales, ahí se sustenta la idea de los derechos del “somos uno” para cada uno.

“A su vez la república escoge a quienes han de gobernar mediante la representación de toda su estructura mediante el derecho a voto. El electorado constituye la raíz última de su legitimidad y soberanía.” (3)

Con el Estado administrado exclusivamente por el partido único con su lógica sustitutiva de los derechos civiles por la prebenda, el acto del sufragio ha perdido dimensiones de civismo para devenir acto-espectáculo; los medios que hacen posible la movilización de un pueblo de economía frágil y dependiente en el día de las votaciones, corresponden a los códigos de una producción de evento del mundo del espectáculo, pues se demanda la provisión de vehículos de transporte, de comida, de viático para los actores/electores y acompañamiento de los llamados “punteros”(4). Así, los electores que deberían desplazarse de manera libre y soberana a participar de la vida política de su país, mediante el acto del sufragio, se convierten en actores del “día D”. El sistema político administrativo de la votación se vuelve evento comercial, toda una parafernalia de puesta en escena hace frente y responde a la maquinaria del Estado responsable de la organización del sistema de sufragio (colegios electorales, cuidado de las urnas, tareas de conteo, etc); de esta manera la menor o mayor participación ciudadana se corresponde en directa proporción a “los recursos de campaña”. Los “recursos de campaña” hacen que los “ciudadanos” recorran el trayecto señalado por García Canclini, el cual los desplaza a otro lugar donde se convierten en “consumidores”. (5)

La elección por parte del sufragante toma caminos contrarios al originalmente esperado, para vagar por las azarosas simpatías hacia los equipos de producción del “día D”; estos equipos por su parte se esmeran en producir el mejor diseño de objetos y la mayor cantidad posible, para seducir a los públicos. Este desvarío es amplio y complejo, convoca a todo un mundo simbólico, y no pretendemos desarrollarlo aquí, simplemente lo señalamos como otro elemento generador de la enorme distancia entre el elector y el representante que escoge. Un régimen de identificación individual conduce a la población marginada social y económicamente, a reconocerse en personajes que históricamente la ha mantenido en esa marginalidad y, a escogerlos como sus líderes políticos. Controversia inconmensurable para sentidos lógicos. Sobre este proceso de identificación y reconocimiento a través de repertorios simbólicos instalados como mecanismos de imposición y dominación, volveremos en otro capítulo.

Ecos del pasado

“No debe confundirse república con democracia, pues aluden a principios distintos, la república es el gobierno de la ley mientras que democracia significa el gobierno del pueblo, del griego, Dimokratía (Demos (Pueblo) y Kratos (Estado, refiriéndose a soberanía en este caso)” (6)

He aquí el motivo por el que insistimos en los sistemas de “representación” que movilizan, los lazos de identidad que tiende el individuo con su líder político, al cual delega la administración de su destino y de la cosa pública.

El origen de las figuras de liderazgos y de los modelos de liderazgo emergen de una historia signada por devastadoras tragedias que dejaron ausencias. Estos episodios adversos –en general hazañas épicas- establecieron experiencias desde las cuales el individuo proyecta su relación de reconocimiento con el líder, el miedo y la desolación determinaron la necesidad de protección, seguridad y firmeza.

Al lado de estas necesidades se encuentra la perturbación de ciertas estructuras tradicionales de la sociedad, como lo son “la familia” y emergen en el imaginario las figuras del líder protector proyectada en la del líder militar, la del caudillo, el tendotá, etc.

En el periodo de la colonia española se originó el modelo de familia mestiza, que unió al español con la mujer indígena en una nueva forma de relación basada no precisamente en el amor filial, sino más bien en intereses de dominación. El hombre español toma a la mujer indígena, entregada por su comunidad como pieza de cambio para conservar la paz en el territorio e intentar de esa manera establecer la organización socio política del cuñadazgo guaraní. Pero el hombre español al convertirse en padre del hijo mestizo, no establece la relación de amor filial convencional, cumple más bien un deber. Para el padre español, la madre y el hijo indígena representaban fuerza de trabajo en la producción en sus estancias, y formas sociales de imposición civilizatoria. El hijo mestizo renegando de su madre indígena e ignorado por su padre español, se aloja en un oscuro interregno sin identidad.

Después de la Guerra de 1870, esta endeble estructura familiar heredada de la colonia recibe una nueva embestida perturbadora de los roles tradicionales que la conforman, la figura del padre se diluye en la presencia furtiva del progenitor. Con cuasi toda su población masculina muerta en batalla, la tarea de repoblación del territorio nacional decae en la tolerancia y prestancia de las mujeres para concebir y criar hijos sin padres.

El sitio vacío del padre es contenido por la protección del caudillo comunal, a quien se delega las responsabilidades de subsistencia propias del rol tradicional del padre en la estructura de la familia. Estos procesos por los cuales el individuo identifica y reconoce la figura de autoridad es el que se pone en insistente análisis. Las voces que desde la historia describen a figuras como la del héroe militar, el karai guasu, el colonizador español, el patrón, en todos los casos narran figuras de autoridad ejercidas desde un sistema verticalista de organización del poder; acercándonos a las dos propuestas de relacionamiento con la autoridad que hace Maquiavelo, podemos concluir que el paraguayo tiende más a respetar y reconocer a su autoridad por una relación de temor más que de amor.

Desde aquellas formas históricas es que imaginamos hoy a nuestras autoridades, desde los elementos que caracterizan a éstas figuras: la prepotencia, la arrogancia, la soberbia; elementos que establecen una relación de sometimiento entre la autoridad y el pueblo, cuyos miembros no alcanzan el status de ciudadano quedan en la de súbdito, diluyéndose la idea de autoridad en la de autoritarismo.

Desmontar la figura de este líder tiránico constituye la amenaza de dejar al individuo a la intemperie de la toma de sus propias decisiones, colocándolo nuevamente en la orfandad del mestizo; la figura del semejante asumiendo este rol, significa la carencia de todo dispositivo de protección. El tendotá constituye el pilar que sostiene la episteme del mensaje cultural del “somos uno”, acuerdo mínimo que permite negociaciones.

Son algunos motivos por los cuales el pueblo no se permite imaginar siquiera, a un idéntico como su líder político, la figura debe corresponder a la idea del “tendotá”, protector, castigador. La relación contiene una distancia donde se alojan todos aquellos sentimientos señalados: miedo, desolación, inseguridad, sumisión. La mirada de cada miembro de la comunidad se dirige así a un punto distante donde se encuentra el líder, tan distante que invisibiliza de esta manera a los que están a su lado, los iguales, que no se reconocen entre sí, porque no consiguen verse.

“Somos uno” que busca un padre, un padre que premie o castigue pero que no nos exponga al desafío de libertad que da el amor. Somos “uno” abandonado, “uno” que en la desolación de su soledad se refugia en el miedo y la agresividad. “Somos uno” que no entiende sus derechos colectivos porque no comprende que existe en colectivo, el “somos uno” sólo espera sus derechos individuales. El “somos uno” es incapaz de verse en sociedad, no se representa ni la mínima diferencia.

La pregunta fundamental a la hora de oír aquellas voces que desde el pasado nos describe a los líderes, sería la propuesta por Nietzsche: ¿quién habla?

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Referencias

(1)  Al referirnos a las propuestas de Branislava Susnik, recomendamos consultar el libro “El rol de los indígenas en la formación del Paraguay”.

(2), (3) y (6)  en www.wikipedia.com Obs: acudimos a una fuente accesible desde Internet, por considerar que su acceso es amplio y fácil. Motivo por el cual no recurrimos a conceptos más elaborados del tema, ni a autores especializados en teorías políticas contemporáneas.

(4) se utiliza el término puntero para denominar a los vecinos que organizan a sus pares para vender sus votos a la mejor oferta y organizarlos el día de la votación. Sentido restringido a un uso local.

(5) Citamos la teoría propuesta por Néstor García Canclini en “Consumidores y ciudadanos”, (cualquier edición)

 

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