El pueblo abrió las puertas de la esperanza

El 5 de diciembre de 2006 será recordado como el día de la indignación de las víctimas del Ycua Bolaños y del país.

Víctimas, familiares y vecinos al supermercado Ycua Bolaños de la Calle Fernando de la Mora se unieron en busca de justicia ese 5 de diciembre de 2006. Foto: AFP.

La oligarquía nuevamente quiso cerrar las puertas a la gente. Pero el pueblo se rebeló y lo revirtió. El martes 5 de diciembre de 2006 se dio un paso fundamental, fundacional quizá. ¿Violencia?, ¿Saqueo?. No, justicia. No hubo rapiñaje. No hubo agresiones a los comerciantes aledaños al local de los Paiva. Claridad total. El enemigo eran
los Paiva. Los vecinos, compañeros aliados. Las casetas policiales quemadas, un testimonio de la búsqueda de justicia.

En la siesta del martes 5 nuevamente se concretó el genocidio. La respuesta, de nuevo, fue solidaria, tanta como la de aquel domingo sangriento de agosto del 2004. ¿Querés agua?, escondéte aquí de la montada, aquí tenés una piedra, llevá una cubierta para quemarla. Tomá una barreta para abrir el portón. Ponéte sal bajo la lengua para aguantar los gases lacrimógenos. Todos signos de una adhesión absoluta con la causa de la dignidad. Niñas, niños, cantantes,
hinchadas de fútbol, ancianas, ancianos, desempleados, campesinos, oficinistas. Todos unidos. Todos indignados. Todos construyendo un país habitable.

El 1 de agosto mataron a 400 personas, pero hicieron nacer la indignación del pueblo, que se agrupa, se organiza y va al frente. El 5 de diciembre de 2006 el modelo capitalista cometió un craso error. Y lo pagará. “Vándalos”, “salvajes”, “infiltrados”, “desubicados”, “saqueadores”, “marginales” gritaban los encorbatados y maquillados perifoneros y loritos de la patronal, en las cómodas cabinas y estudios de radio y tv. Los comunicadores obreros, los reporteros gráficos, los camarógrafos, que eludían las balas de los cascos azules, los que evitaban la detención de los menores,
daban la batalla mediática. ¿Comisario, por qué los represores no portan identificadores?, la manifestación avanza hacia el supermercado, las víctimas ingresan y hacen justicia, están indignados contra el sistema, relataban los periodistas de verdad y las cámaras mostraban la bárbara represión.

A la noche, las compañeras del Buen Pastor se anotaban en la lucha. Paiva inocente, vendedora de quiniela mau
extremadamente peligrosa. Esto es violencia. Esto es terrorismo de Estado. Y contra ello se levanta el país.
Ni el aviso de Barrio Obrero contra Piatti y las comisiones de criminalidad ciudadana, ni la barrera de
los trabajadores de la salud en el Senado o las extremas muestras de sacrificio de los adherentes oviedistas fueron analizadas correctamente por este modelo criminal.

"Ni olvido ni perdón" era el principal cántico de aquella manifestación.

La impunidad quería perpetuarse de la mano de los autores materiales Elio Ovelar y Manuel Aguirre. Pero
no esperaban el desenlace. No esperaban que el pueblo los desbordaría. Firmaron su sentencia de muerte. De
muerte civil. Sus casas están marcadas. Sus rostros asesinos ya son públicos. El Bolsi empezó la ola de
cierre de puertas a los magistrados enemigos del pueblo. Le seguirán el comedor de Ña Sara, el bar el
Quincho, la cancha, el templo, los taxistas. El infierno que fue Ycuá Bolaños para los paraguayos se traslada a estos venales jueces.

Los plagueos de Galaverna urgiendo al comandante policial más represión ya no podrán atemorizar a la
gente. El pueblo sabe que es posible rebelarse y buscar un país justo. Las puertas ya están abiertas.

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