El pobre oro de Rogelio

«Nunca tendrá un escuadrón de la policía protegiéndolo, como don Juan Díaz, el buscador de oro de Capiatá». 

Rogelio Goiburú, buscando los restos de su padre desaparecido durante la dictadura.

La tierra colorada le tiñe la ropa, pero el drástico misterio de la tumba, los mosquitos, la humedad que sube de la panza desnuda de una vieja comisaría stronista, la soledad, la ausencia del mínimo recurso, las espaldas anchas de la indiferencia, no modifican en un milímetro el suave viaje de ida y vuelta del pincel que retira, como con caricias, el lodo de la muerte del rostro esquelético de un desaparecido de la dictadura.

La hendidura de un golpe, el refilón de una bala, un diente de oro que se descuidara del arqueo miserable del torturador a la muerte del combatiente, un diseño sobreviviente en la camisa a jirones, la hebilla del cinturón, cada milimétrico gesto es un grito espantoso y sordo sobre quién es él. Y Agustín se acuesta sobre el mismo lecho de tierra para no conmoverlo, y trata a cada vestigio de prójimo inhumado, como si fuera el corazón latiente de su padre desaparecido.

Alguien tomará una foto para el registro, quizás incluso alguien más arribe con un tereré desde la vecindad, aún temeroso y mudo, para que Goiburú se beba el agua fresca que le permitirá bucear de nuevo en el aire viciado del Paraguay secreto.

Al día siguiente, lavará la ropa que recoge la tierra colorada de los caminos del dolor, el grumo de las fosas malditas de la dictadura, e irá de nuevo a las oficinas, a rogar dos monedas para seguir buscando el mayor tesoro escondido del Paraguay de oro: el cuerpo de sus luchadores.

Nunca tendrá un escuadrón de la policía protegiéndolo, como don Juan Díaz, el buscador de oro de Capiatá. Ni será noticia a las 20. Tampoco discutirán sobre él parlamentarios ni autoridades de gobierno, ni tendrá retroexcavadoras, ni equipos electrógenos, ni alimentos, ni recursos para viaje alguno. Es más, no habrá vecinos que esperen una recompensa.

El pobre oro de Rogelio no sirve para la riqueza. Sirve solamente para recordar que en veinte años, otro Rogelio, te puede buscar, de la misma forma, en el mismo hoyo y con la misma indiferencia general, si llegas a olvidar que las dictaduras sirven para matar.

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