El nacimiento de Chachúgi y mi transformación en Modoarégi

Enero, 2012. Comunidad de Kuētuvy, Canindeyú, Paraguay. Me había enterado en la mañana de que en alguna parte de la aldea se estaba esperando un alumbramiento. Hacia allá había ido Mbyvāngi para ayudar en el parto. El hecho era asumido por grandes y pequeños con absoluta naturalidad y aunque la rutina no se veía alterada, por lo menos en apariencia, todos sin excepción estaban enterados y pendientes del hecho.

La pequeña Chachúgi y su mamá.

Transcurrieron las horas. El sol abrasador hacía sofocante el aire que se aliviaba con la rumorosa brisa que llegaba desde el denso bosque.

Después de un largo y pausado recorrido por el caserío, regresé hacia el lugar donde la comunidad decidió alojarme, para preparar algunas cosas y esperar a Vychégi con quien había acordado internarme en la selva profunda para grabar imágenes y sacudir la modorra nadando en las aguas iniciáticas del hueco de la tierra, semi-ocultas en la espesura. Al día siguiente debía regresar a la ruidosa ciudad.

A unos 10 metros antes de llegar a “casa” estaban algunas mujeres y hombres sentados en silencio, en actitud de espera. Los ruidosos niños, el cortejo que no me abandonaba ni un instante, repentinamente quedaron callados. Percibiendo que algo importante estaba ocurriendo desvié el rumbo y me acerqué a hablar con ellos. Esperaban el nacimiento del bebé de Chachúgi y Takuāngi. Sería su tercer hijo. El primero había fallecido.

Estuve un buen rato conversando en voz baja, mientras se escuchaban los ruidos que hacía la mujer en trabajo de parto. Había preocupación porque las primeras contracciones comenzaron a la medianoche y era media tarde y aún no se había producido el alumbramiento. La choza que permanecía cerrada guardaba a la mujer, al esposo, a Mbyvāngi que hacía de partera, otra mujer y dos hombres mayores, uno de ellos ya anciano, Chimbégi, víctima sobreviviente de las cacerías humanas en los ’70. Afuera había una calma que no dejaba de trasuntar cierta inquietud por el momento especial que se estaba produciendo.

Esperando no perturbar más aquel instante, me retiré silenciosamente. No pasaron 5 minutos cuando en la ventana los niños llegaron agitados gritando, Bretetégi, Krombégui (los nombres aché que me asignaran) Mingué, krumi opóma..! Agradecí la noticia e intenté permanecer allí, pero insistieron: Krumi opóma, ekõna. Ija pota je ekõ. Nació el bebé, vení. Ellos piden que vengas. Salí presuroso y llegué al lugar en menos de 30 segundos. Quedé en silencio. La choza seguía cerrada y solo se escuchaba el llanto nervioso de la recién nacida en su primer contacto con el mundo de afuera. El tiempo pareció detenerse. Luego, lentamente la placa de tacuara que hacía de puerta se corrió y asomaron los dos hombres mayores, como explorando el exterior; entonces el anciano Chimbégi hizo un gesto y dijo, dirigiéndose a mí: ekõna. Conocedor de los códigos internos de aquel grupo aché ingresé presuroso, bajo la atenta y expectante mirada de quienes afuera aguardaban. La puerta volvió a cerrarse.

Hacía mucho calor. El fuego que agonizaba en medio de las cenizas al costado del lecho y las personas que llenábamos el lugar elevábamos aún más la temperatura. Estábamos bañados en sudor. Nada de eso era relevante. Todo pasaba a segundo plano, se sentía. Entre los aché el nacimiento es un momento especial, rodeado de silencioso y metódico ritual.

El anciano me entregó una hoja filosa sin mediar palabra. En ese instante entendí la dimensión del papel crucial que estaba desempeñando en aquella historia que me uniría en un indisoluble lazo de parentesco con la recién nacida. Mbyvāngi sujetó en una mano el palpitante cuerpecito y con la otra extendió el venoso largo cordón umbilical que le unía a la placenta. Modona, me susurró Chimbégi. Mavépe, pregunté. Con un ancestral gesto circumbocal aché me señaló el lugar exacto y de un firme trazo lo corté. Apenas salió un fino hilo de sangre y luego envolvieron a la criatura con un paño de algodón. Mbyvāngi la apretó contra su pecho, pasando a ser su Upiarégi, su protectora, y comenzaron a murmurar en coro el agradecimiento a sus dioses por aquel nacimiento. La niña acababa de convertirse en mi Chave, mi ahijada, por decisión de aquel ritual; y yo me transformaba en su Modoarégi, el protector que la separó del útero materno y la liberó al mundo. Takuāngi, el papá, enterró la placenta en un rincón de la pieza. Acabó todo y salimos de a uno.

Afuera los rostros en vigilia habían cambiado. Todos dibujaban una calma y suave sonrisa cuando me miraban. La abuela, Tykuarángi, me ratificó: ya tenés una hija acá; y me explicó que debía lavarme las manos y bañarme como acto de purificación después de haber absorbido los males que acechaban a la recién nacida. Así lo hice. Cuando terminé, salí a regalarles caramelos, como muestra de alegría y agradecimiento. Después, con Vychégi, nos internamos en la espesa selva. Los niños nos siguieron hasta el arroyo iniciático, luego regresaron. Nosotros seguimos hacia el noreste, hacia los límites de la reserva de la biósfera del Mbaracayú. De allí volvimos como 2 horas después. Cuando ingresamos a la aldea todos hablaban de lo que había pasado: Bretetégi, Krombégi, modóma krumi.

Al oscurecer visité a mi chave, mamaba tranquila en el regazo de su mamá (mi Baychy) sobre unas tramas en el suelo de la choza, en el mismo sitio donde había nacido. Al amanecer su papá (Takuángi, mi Kaviru) me anunció que el nombre de la niña, su mbykuapyre, es Chachúgi, perteneciente a los pecarís salvajes, igual que la madre. Lo ocurrido me recordó a lo que el filósofo-antropólogo Pierre Clastres narró en la década del ’70, en el capítulo Nacimiento, en su famoso libro Crónica de los indios guayakíes. Lo que saben los aché, nomadas del Paraguayhttp://alasbarricadas.org/forums/viewtopic.php?f=13&t=40133. Aunque con algunas visibles diferencias, por el grupo que él observó en Cerro Morotĩ, Caaguazú; y por el grado de relación que él y yo desarrollamos con los aché.

Partí de la aldea hacia Asunción a la media mañana. Una breve llovizna había traído bonanza a aquel nuevo día. Todo estaba mojado y se respiraba el profundo aroma de la tierra húmeda mezclada con el vaho vegetal que exhalaba la selva.

Diez días después del parto, a unos metros de la choza, falleció el tío de Chachúgi, el joven Fernando Anégi (19). Un cáncer del hígado derivado de un cuadro de hepatitis B acabó con su existencia. Había regresado días antes desde Brasil donde fuera derivado en la desesperada búsqueda de su gente por mantenerlo con vida. En la madrugada había hablado con sus padres pidiéndoles serenidad, no llorar y estar en paz, para desconectarse el oxígeno que prolongaba su dolorosa e irreversible agonía. Sus restos reposan desde entonces en alguna parte de la selva que lo vio nacer, crecer y extinguirse.

Como en todos los tiempos, desde que el mundo es mundo, desde que ellos son y la selva los engendra y pare, el eterno ritual de la vida y la muerte se sigue dando una y otra vez, quizás con la misma intensidad, en aquel rincón de la tierra. Esta vez me tocó a mí quedar atrapado en medio de ese no-tiempo.

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