El mundo como alegoría

Una alegoría del mundo, de la vida y de la oscuridad. Mucha síntesis, mucha magia, mucha historia en la inauguración de la Semana del Teatro. Una obra gigantesca en la plazoleta Comuneros que nos recuerda que el teatro se vive intensamente. CicuentaCincuenta años de teatro independiente. Más de 40 funciones en un año. Y una generación que se suma a esta historia con mucha energía.

El encuentro estaba previsto para las 19 en la plaza Comuneros. Allí, los espectadores nos hallábamos un tanto dispersos, conversando algunos, contemplando el lugar otros. Un niño quería besar a una niña. En una esquina unos músicos afinaban sus instrumentos. Escenografías montadas en distintos espacios de la plaza. En ese escenario nos encontrábamos esperando la apertura de la semana internacional de teatro organizada por el Centro Paraguayo del Teatro. De pronto, sin consideración alguna, una voz irrumpió la dispersión y le sucedió la pronta concentración de los presentes a un punto de la plaza. Un pájaro con aguda voz dio inicio a la obra «Teatro Árape javy’a». Se trataba de la representación alegórica del mito de la creación «apapokuva guaraní», una adaptación de Moncho Azuaga de la versión poética de Augusto Roa Bastos, bajo la dirección general de Teresa González Meyer.

«Ñanderuvusu oguahe ouvo, Ñanderuvusu…», con estas palabras los actores nos sumergieron en la cosmovisión guaraní de la creación del mundo. El punto de partida, la explicación a la sempiterna interrogante de dónde venimos y de qué estamos hechos. Con música experimental en vivo y danza con fuego figuraron la creación del primer hombre. Acto seguido, a nuestras espaldas, una luz destelló sobre un árbol y de sus ramas, colgada de una cinta con delicados movimientos acrobáticos, descendió una mujer. Giramos formando un círculo alrededor de ella, nuestras miradas se perdieron en el brillo de los abalorios de su destreza, representaba la luna mansa, la mujer diosa.

Guiados por los actores nos trasladamos a otro punto de la plaza para encontrarnos con la parábola de kuña, hecha de barro, color tierra y agua. Un desnudo pintado interpretó la creación de la primera mujer, el castigo a ésta y su muerte con el nacimiento de los gemelos, que provenían de su vientre. Finalmente, entre riñas y juegos, los gemelos nos condujeron al escenario central para concluir con la composición simbólica de nuestros antepasados, dejándonos con la reflexión de nuestras construcciones imaginarias, remitiéndonos a nuestra esencia para sentirnos, sentirnos colectivamente.

A esta atmósfera de embrujos imaginarios devino la letanía de unas lloronas que nos recordaban, sarcásticamente, que la realidad existe, es concreta, objetiva y, por cierto, capitalista. Entre las risas de los presentes, ellas sollozaban «…artistas con dramas, dramas de fin de mes… Icen, Correa, la rubia Inés no se come con Bertolt Brecht», y si por si acaso aun seguíamos dilucidando problemas metafísicos exhortaron «…el presupuesto nuestro tan raquítico y pelado ruega por nuestros males tan parecidos al Estado, pobre, ausente, chiquitito y esquilado…».

Los pintorescos presentadores Regina Bachero y Ernesto Centurión hicieron el resto. Anunciaron el lema de la semana: «Teatro en tiempo nuevo»; en tanto las lloronas murmuraban «jaha pÿ mbaœe vai, mbaœéicha mba’e porã». Jocosamente, el elenco ilustró las penurias cotidianas que acarrean los males neoliberales pero con la fuerte y vívida esperanza en la construcción de un nuevo Paraguay.
Invitaron al escenario al ministro de Cultura Ticio Escobar y al director de Cultura de la municipalidad de Asunción Fernando Pistilli, quienes resaltaron la emblemática y sostenida labor del cepate.

Este año la semana de teatro rindió homenaje a Tito Jara Román y con él a los 50 años del teatro independiente en Paraguay. Tito, con su grupo Teatro Experimental Asunceno en la década del 50, impulsó una nueva corriente escénica presentando una alternativa diferente para los trabajadores de las tablas. En los sesenta y setenta estos elencos rompieron con las estructuras convencionales de representación y en sus parlamentos, en plena dictadura militar, cuestionaban el orden social imperante. «Éramos tozudos», me dijo Tito antes de subir al escenario y regalarnos con su típica sonrisa y mirada llorosa unas palabras. Subió, y antes de hablar, observó atentamente a su alrededor los vestigios de las escenografías montadas, rostros nuevos y otros que ya conocía por haber compartido en otro tiempo infortunios y alegrías. Estaban allí aprendices de él, ya constituidos hoy en representantes del teatro nacional. En primera fila, su compañera de siempre, Haydée Vera y Aragón. Con una bocanada de aire, arrancó Tito. «Tan emocionado estoy ha ndaikuáai mba’épa haœétava». Con un poco más de impulso, retomó: «realmente me emociona estar vivo y ver como han transcurrido estos 50 años donde el teatro independiente ha logrado liberarse de las ataduras de la dictadura y la crematística, significa que ese espíritu independiente continuó». Luego recordó a Emilio Barreto, Rudi Torga y Arturo Pereira.

También Moncho Azuaga, en representación de la organización, subió al escenario y se dirigió a los trabajadores y trabajadoras del teatro. «Convocada la fiesta del teatro en el tiempo justo de la primavera, escucho voces conocidas, textos dictados desde el sueño. Alegrías y lamentos que vienen del río, rumores que trae el viento. Son voces, teatristas, voces que navegan en la memoria y que hoy resuenan en esta plaza con un: «Presente compañeros, presente compañeras!» Recordó a muchos forjadores de la escena nacional, como Roa Bastos, Hérib Campos Cervera, Julio Correa, Josefina Plá, Máxima Lugo, Pedro Moliniers, Antonio Escobar Cantero, los hermanos Rivarola Matto; los nombró como «nuestros héroes culturales» que «cruzan la frontera de la muerte y el olvido, para celebrar la democracia y reclamar por la razón de sus vidas… Nos interpelan Rudi Torga, Jorge Aguade, Edda de los Ríos, Gardes Gardes, Ernesto Báez y tantos otros, cuyos nombres brillan en los afiches del recuerdo…»
Señalando a la Chacarita y con un tono nostálgico pero firme expresó: «Allá va, en su bicicleta azul, con su guitarra compañera y su cepillo de dientes, Rubén Vysokolán, y desde aquel campanario nos saluda irreverente».

Los presentadores no anunciaron otro disertante; más bien, y oportunamente, invitaron a seguir celebrando con música, baile, empanadas, pororó y cervezas en el local del cepate. Y así fue que con mística, remembranzas, reivindicaciones, reclamos y sueños terminamos bailando Creedence y eligiendo a miss cepate 2008.

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