El mundo Chacarita (1)

Escribe Julio Benegas Vidallet

Fotografía Juanjo Ivaldi Zaldívar

 

En un tarro de plástico, la luz de la vela dora el rostro de las vírgenes y el Niño Jesús. Don Francisco Vázquez, arrodillado, reza a su santo predilecto, el San Francisco. En el centro del vestuario local ha ubicado el santuario. En una hora comenzará el partido. Resistencia necesita ganar para acercarse a Primera División. Pronto los jugadores dejarán el duro entrenamiento, se arrodillarán frente al santuario de vírgenes y múltiples santos antes de ingresar al partido con San Lorenzo. “El presidente –Humberto Garcete- es muy creyente”, cuenta Don Francisco. “Yo tengo 43 años de servicio en el club”, agrega, cebando una vela de repuesto, este señor de 83 años.

_b1c9193Las graderías de visitantes se llenan. Las de Resistencia se llenarán en seguida, con la gente agolpada en Florencio Villamayor. La barra ya ha tomado lugar de ensayo.

Es domingo de luz plena y de sombras muy nítidas. Florencio Villamayor es un mundo de gente que se cruza, se saluda, sube las pendientes, camina las callejas y los pasillos. “Acá termina Resistencia y allá, al otro lado del arroyo Antequera, comienza Oriental”, nos cuenta Oscar Fariña. Un señor tomado por el alcohol, los andrajos y el olvido se rebusca alimentos en la basura. Los arroyos que confluyen en la bahía están tapizados de residuos, venas de un mundo paralelo detrás de las casas, de las callejas, de los pasillos. Oscar se saluda con medio mundo. “Yo soy de tercera generación de chacariteños. Mis raíces, en la Chacarita, se remiten a 1870”, sostiene firme, seguro, un sesgo que lo acompaña en casi todas sus opiniones.

En su niñez, la bahía y el banco de San Miguel eran su escenario de juego, de caza, de pesca. Desde ahí veían, sin marañas, el Palacio de Gobierno, el Panteón de los Héroes y seguían, alucinados, la irrupción de la nueva modernidad: el Hotel Guaraní.

Un barrio de trabajadores

En ese mundo, en el más antiguo, los pobladores de la Chacarita eran los comerciantes de a pie de los alrededores de Plaza Uruguaya, la Terminal de Ómnibus de Asunción y del Ferrocarril Carlos A. López. Trabajadores en las tiendas, en las construcciones, en las plazas del micro centro. “El micro centro siempre fue parte integral de nuestro mundo”, sentencia Oscar. Pero más antes todavía, de Chacarita eran una buena parte de los obreros, estibadores del Puerto, contramaestres, en ese largo tiempo en que el microcentro partía del Puerto de Asunción y se extendía por Colón y alrededores.

Ese mundo obrero impactó sobremanera en la composición  de la Chacarita durante las primeras décadas de 1900. Resistencia, por ejemplo, antes se llamaba Criollo, hasta que la comisión liderada por obreros, algunos dirigentes comunistas, la refundó con el nombre de Resistencia. Entre ellos, Sandalio Riveros, abuelo de Alberto Riveros, un músico anarquista que ha dispuesto su hogar como un vello jardín para descansar, conversar y crear.

_b1c1548El mundo era – y lo es aún- una permanente ocupación. Los primeros se asentaban en los lugares más altos, los últimos engrosaban las riveras. Unos se escapaban de la inundación y otros se sumergían en ella con la esperanza de conseguir, en cualquier momento, un lugar más arriba. La antigua casa de la abuela de Oscar se encuentra al lado de la cancha de Oriental. Ya abandonada, registra la marca inconfundible, casi de un metro y medio, de la última inundación, que llegara a los 8 metros del río Paraguay. En el centro del mundo llano sobreviven las canchas de Resistencia, Oriental y 3 de Febrero. Las canchas no solamente definen el humor y la pertenencia futbolística de la gente, definen el nombre de los barrios.  La mayoría de la gente dice: “soy de Oriental, soy de Resistencia o soy de 3 de Febrero”.

Es domingo 11 de setiembre. En la semana hubo días de 7 grados, pero un viento norte, ventoso, levantó la temperatura a 37. Las calles están tomadas por la gente, el olor a la parrilla,  los pequeños negocios y rondas de terere. “Florencio Villamayor es nuestra Calle Palma”, asume Oscar, durante la caminata por esta vértebra asfaltada de la Chacarita que la parte en dos, la zona alta, de acceso al centro, y las zonas más llanas y rivereñas.

Es 11 de setiembre; en Chile, en 1973, habían matado a Salvador Allende. En Paraguay se recuerda el aniversario del Partido Colorado. No se escucha polca Colorado ni hay banderas ni petardos ni referencias de dicho aniversario. La seccional colorada, sobre Florencio, casi la mitad de una cuadra, está silenciosa. “Ya no es lo mismo que antes”, dictamina Oscar. “Ña Deló (Del Rosario Riveros, la líder colorada más conocida de la Chaca), por ejemplo, quedó tercera en la última elección”. El gobierno de Horacio Cartes adelantó los festejos al viernes 10, en el estadio de Capiatá.

«Somos del bajo…dejen de denigrarnos»

_b1c9388En la Chacarita viven unas 10.000 personas, el 35% de esta gente en zona inundable.

La Chacarita es uno de los barrios más antiguos de Asunción. A la llegada de los españoles, ocupaba, sin establecer posesión, una comunidad guaraní que vivía de la caza y la pesca. Esa gente convivió con los nuevos asentados por mucho tiempo. Algunas personas de más de sesenta años las recuerda en sus cachiveos, con sus cañas de pesca, confundiéndose con los camalotes, en las mansas y templadas aguas de la bahía y sus deltas.

M.A. saluda, mirando de reojo. Conoce al reportero de la nota, lo conoce de las plazas del microcentro, de las calles y de las damas (el juego). Se lo siente inquieto. En un momento en que puede acercarse más, pide –el no fuma- un cigarrillo y pregunta: “mba’e rejapo ko’ápe hína”.

-Acá, tranqui, esperando el partido de Resistencia.

Ah, bueno, chau. Sale raudamente. En la esquina, cerca del puente Antequera, hay un campana. Él lo ha enviado junto al reportero. “Sí, en la Chaca hay muchos adictos y también mucho micro tráfico”, nos cuenta la señora Carolina Olmedo, muy segura de sí desde que ayuda, en un centro comunitario, a las madres de chicos adictos a descargarse, a conversar, a asumir las dificultades del vicio en sus hijos, en sus familias.

La existencia de campanas en algunas cuadras forma parte del paisaje. A nadie parece llamar la atención ni se crea un clima especial en torno de los microtraficantes. “Acá todos nos conocemos. Afuera se tiene miedo de lo que aquí pasa, pero muy poca gente conoce realmente la Chacarita”, nos dice el músico Eladio Rojas, hijo del gran lutier, Timoteo Rojas.

_b1c8767“Somos del Bajo, igual a los de afuera, misma pasión, mismo sentimiento, dejen de denigrarnos”, reza un cartel pegado en la pared del estadio cementado de Resistencia.

Dos días después, Eladio Rojas desenfundaría una de las guitarras para ubicarla a la altura del pecho.

“No hay paisaje más bello, señor…Mi casita fue iglesia, señor…”

“Soy de la Chacarita”, de Maneco Galeano, suena hermoso en la guitarra y en la voz de un chacariteño. Trae ondas de muy lejos, melodías de José Asunción Flores, violines de Arturo Pereira y trombón de Remigio Pereira.

Un gol en contra, fruto de una entrega en el medio campo, deja a la reserva de Resistencia 4 a 0, abajo. A pocos interesa este partido. Don Francisco ya tiene el santuario dispuesto. Pronto ingresará el equipo de primera para enfrentarse a San Lorenzo. San Lorenzo, que estuvo en Primera el año pasado, ya no quiere descender más.

Dos vírgenes de madera abrigan, en una pilastra de la pared, un cartel que pide a los jugadores: “honrar la bandera y mojar la camiseta”.

Al rato se llenan las graderías, el color celeste de Resistencia pinta el paisaje. Los petardos ensordecen como en los antiguos encuentros de la seccional colorada, en la época de Ramón Aquino –hombre fuerte de Alfredo Stroessner en el barrio- y en el mejor momento de Del Rosario Riveros. En medio de los 37 grados ingresan los equipos.

Un 2 a 2 deja todo con sabor a poco, tanto a Resistencia y a San Lorenzo. Afuera hay un mundo que no se ha detenido por el fútbol. Después del asado o el tallarín, las bodegas se llenan de clientes.

Se escucha Callejeros en una esquina y Alberto del Paraná en otra.

Luego del partido, dos camionetas policiales se abren a tiros entre la gente. Mucha gente ocupa ventanas y balcones, aún improvisados, para grabar el espectáculo. Don Francisco  apaga la vela y se mete en su pieza a descansar. A cargo del santuario, las ropas de los jugadores, de sus celulares, ha sido un día intenso.

El mundo como fragmentos

_b1c9265“Parte importante de los excluidos se asienta en áreas desvalorizadas. La ciudad se divide en dos partes: una ciudad oficial, homologable a cualquier otra, en la cual se asienta el poder y otra “oficiosa” que, en su aparente anonimato y en su falta de grandiosidad, representa el producto coherente de la discriminación socio espacial consecuente al mismo modelo”, nos dice el estudio de Juan José Bosio, Mabel Causarano y Beatriz Chase, publicado por el Centro Paraguayo de Estudios Sociológicos y Alter Vida.

“La bahía, los arroyos, los humedales forman parte de un sistema hídrico y ambiental más grande. Limpiar sus cauces, drenar, recrear el escenario deben formar parte de cualquier proyecto de revitalización”, sostiene, por su parte, el arquitecto Víctor González, responsable de varias de las construcciones del denominado “eje corporativo”, ese mundo que se levanta como una instalación, en una ciudad que se afirma en la diferencia, la desigualdad, muy lejos de la concurrencia y el acceso igualitario a los espacios de la nueva modernidad.

En Chacarita, como en los demás barrios de la rivera, todo es asentamiento. Las calles, los pasillos, las casas son diseño y obra de la gente. Quién tiene más vive en zonas altas, con casas de buen material, quien tiene menos, abajo, en ranchos precarios, en zonas inundables. En los fondos, entre los residuos, la gente sobrevive, entre otras cosas, sin desague cloacal.

Sin titulación, las casas ocupadas forman parte de un derecho consuetudinario. Ésta, la casa de Doña Úrsula, aquélla de Don Remigio. Como en la antigüedad, sin documentos de propiedad.

En el barranco, a la salida por Paraguarí, en un patio de yvapovô gigantesco, algunos dirigentes colorados festejan el aniversario de la ANR. En un auto está pegado “Marito (Mario Abdo Benítez), presidente”. En el recodo ya se ve la antigua estación del tren y se divisa la floresta de la Plaza Uruguaya. Es domingo de luz fuerte. El aire está despejado de ese tráfico que entre semana desborda toda la ciudad. En Plaza Uruguaya, dos parejas de trotamundos descansan en los pastos, una familia pide panchos y varios jóvenes buscan figuritas de Pokemongo.

Pocos, muy pocos, saben que ahí, a metros, hay un mundo de pasillos, callejas, casitas encimadas, barrancos, riveras y arroyos que rumorean por debajo de Asunción.

 

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