El mundo Chacarita (2)

Escribe Julio Benegas Vidallet

Fotografía Juanjo Ivaldi Zaldívar

 

En sus confines, al  tomar un  recodo de calleja cementada, la calle Caballero recorre un cuadro postal de la Chacarita.  En su cumbre barrancosa, el camino nos ubica en Punta Karapâ. La luz de la tardecita vuelve más intenso el azul en el rostro de José Asunción Flores pintado en la pared. El muro de la costanera impide ver en su plenitud la bahía, pero no las casitas encimadas en medio de un follaje verde en las laderas del barranco. Tampoco impide la vista de esa especie de palangana en la que ha quedado el mundo, entre la Avenida Costanera y los lugares firmes de la rivera de Asunción.

_b1c8463-2El martes 13 de setiembre, con el sol brillante y el aire ya más fresco, nos sumergimos por el vientre de la Chacarita. Bajamos una pendiente empinada de pasillos en grada, una más baja que otra, de múltiples brazos. Ese mundo aparentemente inaccesible desde el mirador de Punta Karapâ estaba ahí, en sus formas de casitas de madera y otros materiales, cruzadas por senderos múltiples. Uno de los pasillos nos conduce a una lengua cementada del barranco. Allí, en un recodo, termina la urbanización. Es un agujero que filtra el viento de la bahía y los intensos claro oscuros que inundan el paisaje interior. Hasta allí, en los barrancos y sus laderas, no ha llegado el agua el año pasado ni este año.  Ganar territorio en los barrancos fue una de las salidas que la gente encontró durante la gran inundación de 1983, aquella que dejó bajo agua Pilar, Alberdi y todos los poblados de la rivera del Río Paraguay. Aunque muchos chacariteños se refugiaron en los asentamientos Manos Abiertas promovidos por la Iglesia, en Ybyraro, kilómetro 23, Capiatá. Algunos volvieron, otros, como Salvador Acosta, pensaron en volver, pero “ahí ya tengo mi casa, mi familia. Mbae ajapóta”. Le hubiera gustado cruzar nomás el centro para llegar a su puesto de trabajo, en Simón Bolívar y Parapití, detrás del Santa Clara, donde cuida y lava autos. Todos los días, sin embargo, debe movilizarse a las cinco de la madrugada, en una rueda que termina, de regreso a su casa, alrededor de las 19.00.

Carolina

A diferencia de Salvador, durante aquella inundación la familia de Carolina Olmedo se asentó en las colinas.En su memoria son un fresco fulgurante el agua al cuello, botes transportando camas, tablas, roperos, colchones y la imagen del río, la bahía y los arroyos como un solo lienzo.

“Jugábamos en el agua y con el agua. Me acuerdo tan bien”, nos cuenta con enormes ojos, atropellada por esa memoria a punto siempre de darnos una sorpresa en un giro de esquina o en una discordia química entre el tabaco y el alcohol. En el mundo llano, detrás del Club Oriental, tenía la casa la familia Olmedo antes de la gran inundación.

A Carolina se la siente muy bien en la Chacarita. “Acá nací, acá me crié, acá vivo”, asume, afirmándose toda ella en esa frase. Al igual que la mayoría absoluta de su generación, ella estudió en el colegio Juan Ramón Dahlquis, fue parida en la Cruz Roja Paraguaya y allí parió a sus hijos. “Es que la Chaca tiene todo a mano tío. Es la posta”, afirma Miguel Fariña, un joven que no puede salir de los enredos del crak, la cárcel y su amor por la faca.

Carolina atiende un puesto de quiniela en la calle Mompox. Mujer jovial, conversadora, casi siempre acompañada de amigas en su puesto, nos confiesa, sin dramatizar: “tengo un hijo adicto”. Desde que ella se alistó como voluntaria del centro comunitario de adicción, asume sin dramas la situación. Aunque agrega, con cierta pena, que la mayoría de la gente que acude al centro no es de la Chacarita. “Parece que los padres no entendemos que la adicción es un problema familiar y comunitario”, arriesga.

No solo se vive de la quiniela. A la noche, en su casa, Carolina vende asaditos. Antes fue pedicurista y modista, pero una columna desviada le impidió encorvarse tanto tiempo.

Conversar sus problemas con otras personas, escuchar y creer en una salida del drama humano le ha conferido a Carolina un humor optimista. Ha retomado el segundo de la media y piensa ir a la facultad.

Los pasillos

_b1c9237De los pasillos y las gradas que se cruzan en el barranco y sus laderas, bajamos a Florencio Villamayor, la vértebra asfaltada de la Chacarita. Esta calle de bodegas, despensas, carnicerías, bazar, asaditos, hamburguesas, nos conduce hasta a la ferretería de Ángel Ruiz, campeón con Libertad en 1976, ese libertad que tuvo en su equipo a Justo Pastor Ledesma, uno de los más grandes bochófilos de Paraguay. En la pared de fondo el registro de periódicos de aquel equipo, la virgencita de Caacupé, y en su sala, entre el salón de ventas y el baño y las piezas de la casa, los cuadros firmados por Félix Toranzos, el arquitecto y diseñador gráfico. Ángel es su fletero. En su niñez y en su primera juventud, Ángel vendía comidas en la Plaza Uruguaya. Ese mundo “bullía de gente”, recuerda. Plaza Uruguaya era el centro de un mundo constituido, entre otros espacios de concurrencia, por el Ferrocarril Carlos A. López y La Terminal de Ómnibus de Asunción. El ferrocarril ya no funciona  desde mediados de los 90 y la terminal se  mudó, 35 años atrás, a República Argentina y Fernando de la Mora.

-Y no había la violencia de hoy.

Qué pasó

-Creo que las drogas y la televisión destruyeron el mundo

_b1c9254Ángel jugó dos años en Ecuador, en Emelec y el Barcelona. Volvió al país porque ya no se hallaba. En ese tiempo el fútbol de Primera pagaba mucho menos que hoy. “Yo ganaba G.2000 mensuales”, recuerda. Era back centro, una posición en que muchos paraguayos destacaron. “Qué falta nos hizo Gustavo Gómez frente a Uruguay”, reflexiona, en relación con el partido que la albirroja perdió 4 a 0.

“La Chacarita vive y se anima a todas las horas del día y su ambiente configura una red intrincada de espacios abiertos utilizados constantemente”, nos cuentan Mabel Causarano, Juan José Bosio y Beatriz Chase, en su estudio sobre el barrio Ricardo Brugada.

Sobre la calle vértebra, la Florencio Villamayor, estos expertos en urbanismo y medio ambiente nos dicen: “es un canal en el que convergen funciones comunicacionales e importantes roles urbanos que identifican al barrio: actúa como aglutinador, transmisor, filtro. Posibilita el desarrollo de actividades sociales, comerciales, deportivas, religiosas, políticas y culturales”.

Las venas cementadas de la Chacarita son los pasillos. Los pasillos son conectores y también divisores de casas. La gente habita sus zaguanes y pequeñísimos patios, se la ve cocinar, lavar la ropa, tomar terere y jugar.

Chacarita también tiene sus horas pico. A la tardecita, sus calles de acceso, entre ellas Paraguarí, se llenan de trabajadores y estudiantes, niños, jóvenes que retornan a sus casas. La mayoría trabaja y estudia en el centro de Asunción. Casi todo lo hacen a pie, aunque ya muchos recorren las arterias principales en autos y motos.

A esas horas muchas personas más ocupan el Parque Caballero, juegan al futbol, caminan, ocupan sus parquecitos y venden cosas.

Así como en otros tiempos la plaza uruguaya era el centro de concurrencia de buena parte de los trabajadores, el Parque Caballero siempre fue el lugar de recreación más importante. “Parque Caballero es de los chacariteños”, suelta risueño Oscar Fariña, nuestro baqueano.

Entre damas, marinera y trabajo

_b1c8755Quien vive a plenitud ese recorrido de casa y centro histórico asunceno es Mariano Argaña, 60 años, flaco, de pómulos altos. Todas las mañanas cruza Plaza Uruguaya, camina Estrella, se mete en Plaza de la Libertad, conversa con los trabajadores, la mayoría vendedores, camina por Chile hasta el Stock. De este supermercado, Chile entre Manduvira y Manuel Domínguez, se surte. Podría comprar de otras partes, tal vez del antiguo súper, más cercano, El país, pero en el caminar él queda a conversar, a jugar una o dos partidos de dama al paso y chupar dos o tres vueltas de terere. Ya sin bigote, en las plazas a Mariano se lo conoce por “bigote”, así como a otros se los conoce por Kyju, la Rata, Rubio Feo, Martillito, Tupamaro, Escribano y Mickey. A nadie de sus contertulios parece importar el nombre oficial de las personas.

Mariano ha hecho “de todo” para mantenerse como proveedor. Para ser él “el único proveedor”. Su pareja maneja el hogar con “mano de hierro”. Ella adentro, a cargo de las criaturas, de las comidas, de las ropas, y él afuera, como antes, como “debe ser”.

Ahora, en este tiempo, después de hacer “de todo”, Mariano llega a la Plaza de la Libertad antes de las cinco con la merienda: marineras, empanadas y tortillas. Ya cuando la Plaza de la Libertad se ha despoblado de vendedores de comidas rápidas, frituras en general, él aparece, con su hijo de 12 años, con unas enormes tortillas, sus empanadas secas y sus gordas marineras de G.5000. Las tortillas y las marineras terminan en menos de media hora. De vuelta a la casa, en 3 de Febrero, la doña ya tiene la lista de mercaderías para la cena. A la calle otra vez, cruza Plaza Uruguaya, camina Estrella, se mete en  Plaza de la Libertad, juega, si puede, dos partidas de dama. Es un jugador experto, desde afuera.

“Oréko chacariteño pe aña memby. Naipóri ore mokeche va’erã”, suelta, durante la ronda de damas, La Rata, pintor de obras. Con su prole, en una casa de madera terciada resiste, detrás del Congreso Nacional, a un nuevo intento de desalojo.

“Ajagarráta chugui kuera la plata, ha ajujeýta. Naipori oremokeche va’erã”, asume. Arriba, la costanera se ha poblado de autos, motonetas, bicicletas. Kyju, hijo La Rata, levanta las pandorgas. Desde que se habilitó la Avenida Costanera alterna la venta de telebingo y Senete con la venta de pandorgas “y lo que venga nomás” a los transeúntes.

El sol adormece, la bahía se vuelve plata y oro. Las criaturas juegan en la arena y con la arena. Oscar Fariña recoge su bote a motor. El también, a su edad, hace “de todo”. En su casa, un trapiche nuevito lo espera. Cree que con el calor de verano mucha gente querrá un mosto bien helado.

 

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