El mal vecino

Las recientes negociaciones de la Cancillería paraguaya para la revisión del Tratado de Itaipú volvieron a desempolvar un viejo problema paraguayo: la política subimperialista del Brasil y la siempre opresora relación que mantiene con sus vecinos pequeños. Una historia que tiene larga data y que pervive por encima de los signos políticos que gobiernen desde Brasilia.

La conflictiva relación entre Brasil y Paraguay tiene profundas raíces históricas que no son exclusivas. Ya en tiempos de la conquista, la mayor colonia portuguesa acechaba a la provincia española del Paraguay. De Sao Paulo partían los bandeirantes, mestizos e indígenas mercenarios que asaltaban las reducciones jesuíticas y fuertes españoles ubicados en frontera, saqueando y capturando a los indígenas conversos, el principal botín de guerra, que posteriormente comercializaban en los mercados de esclavos. Los bandeirantes fueron los principales responsables de la expansión del territorio brasilero más allá de los límites trazados en el tratado de Tordesillas.

Se denomina imperialismo “a la práctica de dominación empleada por las naciones o pueblos poderosos para ampliar y mantener su control o influencia sobre naciones o pueblos más débiles”. Esta ha sido una política inmanente del Brasil desde su creación. Este afán de control desencadenó la guerra de la Triple Alianza, cuando un golpe de Estado impuso en el gobierno uruguayo al pro-brasilero Partido Colorado. El pedido de ayuda del depuesto Partido Blanco al Paraguay iniciaría la guerra más grande de Sudamérica. Luego del exterminio de las tres cuartas partes de la población paraguaya, Brasil se anexionó una parte importante del territorio paraguayo. Desde entonces, el Brasil y la Argentina se turnaron en el manejo de los hilos de la política y los gobiernos del Paraguay.

En su ambición de expansión territorial, Brasil hizo frente a otro vecino pequeño: Bolivia. A fines del siglo XIX el auge del caucho hizo apetecible al otrora estado boliviano de Acre. Una sequía de 1877 intensificó la inmigración ilegal de brasileños a territorio boliviano. La escasa presencia boliviana y el ausentismo de sus autoridades hicieron que los extranjeros ganaran preeminencia. Ante la alarma, los bolivianos tomaron medidas desde impositivas hasta migratorias a fin de resguardar su soberanía. Esto hizo que los pobladores brasileños se levantaran en lo que se conoce como la Revolución del Acre, desencadenando una serie de conflictos bélicos que involucrarían luego a los ejércitos de ambas naciones. Las autoridades bolivianas capitularon y a cambio de lo que hoy serían unos 293.774.770,80 de dólares, y otras concesiones menores, le vendieron al Brasil 191.000 km2 de superficie acreana. Ya anteriormente habían cedido 164.242 km2. Perú también sufrió el saqueo, pues parte del territorio del Acre estaba en su jurisdicción.

Desde fines del 1800 el imperialismo adoptó un nuevo método: el económico. En los años 40, el proceso de industrialización y hegemonía continental impulsado por los gobiernos militares del Brasil abre un nuevo panorama, mientras Estados Unidos afianza su influencia en America Latina. A este proceso el sociólogo brasileño Rui Mauro Marini le brinda la denominación de subimperialismo; es decir, un “dinámico proceso de capitalismo nacional que amplia su capital en las economías vecinas, pero bajo los límites impuestos por el capital monopolista del mundo”. Esta situación se extendió hasta la actualidad, incluso bajo el gobierno “progresista” de Luis Ignacio Lula Da Silva. Un hecho que la grafica es la mayor empresa brasilera existente: Petrobras. El gobierno brasilero controla en la misma solo el 32% de la capitalización total del mercado; el resto está manejado por multinacionales norteamericanas o testaferros brasileros.

Hoy Brasil es la novena potencia económica mundial y la segunda economía más importante del continente. Toda la región muestra síntomas del subimperialismo.

En Uruguay, los brasiguayos, como les denominan a los inmigrantes y capitalistas brasileros, están acaparando las tierras del campo mientras los empresarios del Brasil tienen en su poder los seis principales frigoríficos, en lo que se conoce como el cartel de la carne, acaparando la principal fuente de divisas del país.

En la Argentina, desde la década del 90 se han producido numerosas operaciones de fusión y adquisición acaparadas por grandes empresas brasileñas.

Cuando Evo Morales llegó a la presidencia en Bolivia, Petrobras comandaba las actividades del sector de hidrocarburos, mientras adquiría gas, el principal recurso energético boliviano, a precios irrisorios. Las medidas del gobierno de Morales han disminuido dichas disparidades, aunque dista mucho de lo que podría considerarse justo. La reforma agraria boliviana encuentra en los campos de Santa Cruz un fuerte enemigo, los “brasivianos”, unos 200.000 brasileños productores de soja.

En Perú y Ecuador la situación no es distinta: las actividades de hidrocarburos y minas, principales productores de sus divisas, están controladas por Petrobras y otras empresas brasileras.

En Paraguay, sin duda, el mayor efecto del subimperialismo brasilero es el sometimiento de la soberanía energética paraguaya en Itaipú. Producto del pacto de dos dictaduras corruptas que hoy imposibilitan la venta libre, y a precio de mercado, de nuestra energía, además de los intereses usurarios que se le han impuesto.

El segundo aspecto candente en las relaciones con el Brasil son los brasiguayos, inmigrantes y capitalistas brasileros, en su mayoría sojeros. Según fuentes extraoficiales, existen unos 380.000 con 1.200.000 hectáreas en su poder. Uno de los mayores latifundistas brasiguayos, Tranquilo Favero, estima que entre el 90 y el 95 % de la soja está en manos de brasileros.

Al igual que los demás países, las principales fuentes de divisas del Paraguay están controladas por brasileros. La demostración militar en territorio fronterizo el año pasado trajo recuerdos de las guerras del Acre, mientras en los distritos fronterizos la invasión cultural es un hecho: el portugués suplantó al guaraní y al español, mientras que los brasiguayos toman tierras, intendencias, controlan la mafia fronteriza. Los campesinos e indígenas paraguayos se ven obligados a migrar.

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