El lago y la Ecopolítica del Paraguay

La muerte del lago Ypacarai (y de otros recursos naturales) representa la muerte de centenares o miles de personas, muertes que transcurren en forma silenciosa o se extienden durante varios años, a través de enfermedades insidiosas, a través de un medio ambiente contaminado que vuelve irrespirable el aire y la convivencia.

Fuente de Imagen: SEAM

El lago de Ypacarai es uno de los pocos símbolos que en el imaginario mundial evocan de forma positiva al Paraguay. La música “Recuerdos de Ypacarai” de Demetrio Ortiz y letra de Zulema de Mirkin, fue interpretada tanto por artistas de renombre internacional,  como por anónimos músicos populares de los más diversos rincones del planeta.

El mítico lago y el romance que se desarrolla junto a sus idílicas aguas, hoy dan paso a un paisaje dantesco y nauseabundo.

¿Cómo puedo llegarse a semejante situación? Sin entrar en los detalles técnicos, la respuesta debe buscarse en el tipo de sociedad construida en el Paraguay durante el último medio siglo.

A partir de los años 70, la “lumpenburguesia” criolla transforma la bucólica ciudad de San Bernardino, en una ciudad balneario. Como no podía ser de otra manera, se comienza “privatizando” las orillas del Lago con residencias de lujo y exclusivos clubs en el que los socios son electos en función de la cantidad de ceros que pueden agregar al costado derecho de los números de un cheque. Luego vinieron los hoteles de lujo, las discotecas y posteriormente las industrias, vinculadas o no, a ese nuevo y frenético mundo de las vacaciones eternas en un país en el que es verano al menos 300 días al año y no tiene costas marítimas.

Por supuesto, toda planificación urbanística o simplemente planificación sin más adjetivo,  estuvo ausente en el proceso. La falta de infraestructuras en el país, hace que toda la eliminación de residuos domésticos y/o industriales se haga simplemente conectando un caño de drenaje al curso de agua más próximo. En el caso de San Bernardino, Aregua e Ypacarai, ese curso hídrico era, ni más ni menos, el lago azul.

Las reglamentaciones o prohibiciones tanto municipales o nacionales con respecto al tratamiento de residuos, son letra muerta en un país en el que quien tiene dinero puede comprar el silencio y la complicidad de las autoridades locales o nacionales. Eso en el caso en que sea necesario “comprar” dicho silencio o apoyo, algunos poderosos con una simple mirada de furia a un intendente local o autoridad sanitaria, pueden aplacar toda veleidad institucionalista que pudiera sobrevivir en éstos.

Desde aquellos años, los bañistas de lago lo hacen literalmente en una gran cloaca, eso sí, chapotear en la mierda era sumamente democrático. Desde las orillas de “Sanber” nadaba en la mierda, la burguesía asuncena, y del lado de Aregua, las clases populares hacían lo propio. Todo el mundo tenía derecho a su porción de lago contaminado, ricos y pobres, desde distintas orillas, pero todos nadando en la misma mierda.

La situación comenzó a ser insostenible desde hace unos 5 años y ya no se podía tapar el sol con un dedo. Pero en el Paraguay, la contaminación y el riesgo sanitario nunca fueron una prioridad de las autoridades, es más importante callar y anunciar que el lago “no está contaminado” para no disminuir la cantidad de visitantes y dañar el comercio local de estos municipios.

Hace pocas semanas, en el mes de enero del 2013, a pesar de los sendos carteles que prohibían bañarse, las cámaras de televisión entrevistaban a veraneantes que miraban impasibles como sus hijos pequeños se zambullían en la gran cloaca, que para ese tiempo ya no contenía solo excrementos y desechos de los cientos de mataderos que vierten sus residuos en el agua, sino también contaminantes tales como metales pesados y pesticidas altamente cancerígenos. Ninguna autoridad sanitaria reaccionó a tales imágenes, ninguna autoridad municipal desplegó personal para que se respete la prohibición y preservar la salud de los ciudadanos, incluso la de aquellos inconscientes e irresponsables que desafiaban las restricciones.

Semanas más tarde, la brillante solución encontrada por las autoridades sanitarias del país, fue el vertido de “agua oxigenada” (sic) al lago, también anunciaron que derramarían “Lavandina” (un poderoso detergente de uso doméstico). Con lo cual, se demuestra que el ridículo nunca fue un problema para las autoridades y que prefieren el bochorno a las respuestas serias.

La destrucción criminal del Lago Ypacarai, a causa de la voracidad  de sectores dominantes ignorantes y egoístas sumada a la ausencia total de un Estado que debería velar por la salud de sus ciudadanos y la integridad de su territorio, son el reflejo de lo que ocurre en el país. La indolencia en la que todo transcurre, también debe notarse. Son tantos los problemas del país, que preocuparse de la ecología hasta parece “un lujo”. Pero hablar de ecología es hablar de la vida en todas sus formas (animal, vegetal, humana). Por lo tanto, es un debate vital.

La muerte del lago Ypacarai (y de otros recursos naturales) representa la muerte de centenares o miles de personas. Esas muertes no son espectaculares, como en un atentado terrorista, son muertes que transcurren en forma silenciosa o se extienden durante varios años, muertes lentas a través de enfermedades insidiosas, a través de un medio ambiente contaminado que vuelve irrespirable el aire y la convivencia.

Atrás quedaron los tiempos en que se consideraba que el planeta tierra y sus recursos eran inagotables, la actual crisis mundial, no es tan solo social y económica, es también una imponente crisis ecológica. En las últimas décadas, el género humano tomó conciencia que el recurso natural llamado planeta tierra está gravemente dañado y que el paradigma capitalista de sobreproducción y explotación puede llevar a la hecatombe y a la desaparición de la vida humana. Los plazos ya no se cuentan en siglos, sino en décadas.

En el Paraguay, ese sistema se encarna en una mezcla que reúne lo más arcaico con la cibernética y la biotecnología, es decir, un sistema feudal de distribución de la tierra y la especulación financiera que convierte el recurso tierra y la producción agrícola en un producto financiero; esas tierras y productos agrícolas deben obtener una rentabilidad máxima y en el menor plazo posible, aunque ello implique graves e irreversibles daños al ecosistema y a la vida de las comunidades afectadas.

Por supuesto, las tierras convertidas en producto especulativo ya no son territorios que pertenecen a tal o cual estado, sino simplemente un logaritmo en una computadora que debe fructificar en moneda internacional. La explosión de las millones de hectáreas cultivadas con soja transgénica, que supuso la cuasi desaparición del Bosque Atlántico sobre el territorio paraguayo en unas pocas décadas, es una muestra de esta lógica criminal. Y por otro lado, supone la trágica paradoja de ubicarnos en los primeros puestos de países exportadores de alimento (soja y carne) y al mismo tiempo contar con los niveles de pobreza y malnutrición más importantes de la región y el mundo.

Este sistema se expresa en lo que hoy ocurre en el Lago Ypacarai. La vida humana y la naturaleza son tan solo variables de ajuste, que deben favorecer la producción de ganancias, si por el contrario éstos se vuelven obstáculos a la producción del lucro, deben ser eliminados o neutralizados.

En la periferia capitalista, no necesitan andarse con vueltas y sutilezas. No hay miramientos a la hora de interrumpir procesos de democratización, destituir gobiernos electos a través de mecanismos espurios o fabricando matanzas. No hay pudor alguno, cuando luego del cambio de gobierno se nombran ministros a lobbystas del agronegocio y las multinacionales y en menos de una semana,  se eliminan las leyes que restringen y regulan la acción de las multinacionales en el país.

Lo dicho, la vida humana y la naturaleza son sólo variables de ajuste, a eliminar o neutralizar en caso de obstaculización.

Pero ningún poder es absoluto y sin fracturas. Aunque no se pueda ver en lo inmediato, muchas cosas cambiaron definitivamente en la conciencia de la gente. Ese cambio en las mentalidades y esa indignación necesitan canales de expresión, dichos canales son los movimientos sociales, las organizaciones de base y las organizaciones políticas que luchan contra la explotación y la destrucción capitalista. Esa tarea de reconstrucción del poder, pero el poder que reside en la gente, en las ideas de dignidad y justicia, es urgente.

Para reconstruir ese poder se debe romper con un mito que destruye toda idea de transformación y es el veneno que el capitalismo logró introyectar en las fuerzas del cambio y es la siguiente: la monetarización de la acción militante. Una variante de esta idea la he escuchado de ciertos compañeros, diciendo, palabras más, palabras menos,  que la gente no salió a defender masivamente el gobierno de Lugo porque no había dinero para pagar los colectivos que los transporten a las manifestaciones, que había cientos de miles de campesinos dispuestos a tomar la capital, pero que no podían movilizarse por falta de recursos. Bastaría recordar que 4 campesinos determinados y firmes en sus convicciones, hicieron tambalear al gobierno espurio con una huelga de hambre. No faltaron recursos, faltó organización y convicción; y eso comenzando por la principal dirigencia que estaba en el gobierno.

Pero al mismo tiempo, el Paraguay necesita en estos momentos la convicción de que el cambio empezó y no podrá detenerse, que los sectores oligárquicos lograron un triunfo táctico, pero en el terreno estratégico están perdiendo la batalla. No sabemos cuánto tiempo llevará, pero el cambio iniciado continúa. A pesar de una probable derrota electoral, la verdadera lucha es por la organización de los sectores populares en torno a propuestas que respondan a sus intereses genuinos.

Un sistema inicuo, ejecutado por líderes serviles y corruptos, convirtió un orgullo nacional, en una cloaca a cielo abierto, pero la dignidad que vive en cada paraguayo y paraguaya decente, puede recuperar el lago, puede recuperar la soberanía y eso pasa por acciones muy concretas y sencillas de todos los días, acciones que aumentan nuestra dignidad y que se transforman en procesos sociales de amplitud. Ese proceso está en marcha, esa energía que quisieron aplacar está encendida.

Nunca olvidemos que al lado de San Bernardino, sus hoteles, sus clubes plutocráticos, sus discotecas y mansiones, vive la generosa y solidaria Atyra.

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