El karma de ciertas chicas

Homenaje a un cuento homónimo del escritor argentino Juan Forn.

Juan Forn, escritor argentino (internet)

Se le estaba acabando el libro. Hizo una pausa y se puso a fumar para no terminarlo aún. Recordó aquella habitación de hotel en Buenos Aires. Él se hizo de un ejemplar de Nadar de noche y leía en voz alta El karma de ciertas chicas. Le gustaba mucho Juan Forn. Ella escuchaba, acostada a su lado en la cama, mientras tomaban un ferné. Los veladores prendidos y las últimas columnas de vapor que salían del baño. Recordó algunos detalles de aquella habitación. El balcón, las perchas, las ropas desparramadas en el piso y las manchas en la sábana.

 Recién un tiempo después entendió acabadamente el cuento. Se lamentó de ello. Tal vez hubiera podido evitar ese apagón. Una relación difícil que se complicaba con los apagones de cada tanto. Estos eran cada vez más frecuentes. Pero bastaba sumergirse en la bañera y no pensar en nada para que todo pase.

 Ella era lo que podría decirse la expresión consumada del género femenino. Pero no era feliz. Lo decía con frecuencia. Si ella no era feliz con él, él sentía la obligación de tampoco serlo. Ella tenía un karma. Tal vez le pesaba su belleza. A él también le pesaba estar con una mujer así. No era lo que podría decirse un pesar, sino una necesidad algo destructiva. Su irrefrenable emocionalidad lo hostigaba. Era adicto a la violencia femenina. Le gustaban las mujeres autoritarias. Pero hubo momentos en que él no la soportaba más. Sin embargo, lo que más extrañaba eran sus regaños.

 Evocó uno de sus tantos reproches: “Por supuesto que estoy harta, y por supuesto que tengo razón. Vos no entendés nada, vivís en tu burbuja, y todo lo que no te interesa lo ignorás olímpicamente”.

 Esos días de Buenos Aires fueron como esa bañera que remediaba momentáneamente la crisis, pero no alcanzaba a anular el problema. Los apagones volvían indefectiblemente.

 Llovía en Corrientes e iban del brazo. Era viernes y compró el diario. Hacía años que no se perdía una sola de sus contratapas. De entre todas ellas, recordó especialmente a una de las heroínas de sus historias, aquella que se reencuentra con un amor adolescente y le recuerda a él, sin reprocharle nada, que sabía por qué él no fue a buscarla. Ella le dice que entendió con el tiempo que para un escritor lo más importante no es tener una musa, sino perderla. Él también había perdido a la suya.

 Recordaba con frecuencia esos paseos por el arrabal de colores. Pensó en aquel refrán que recordaba de la boca de uno de los personajes de Forn. “Nunca vuelvas adonde fuiste feliz”. Pero los refranes –por suerte– a veces se equivocan, medita el narrador.

Cuando salía del diario cada tarde iba a caminar por las calles o se sentaba en algún bar en la misma mesa que había compartido con ella. Él no podía volver a aquel lugar en el que fue feliz porque nunca se había marchado de ahí. Asunción, la oscura ciudad que se caía a pedazos como él. Ella estaba tan solo a unas cuadras… pero tan lejos. Tal vez yacía acostada en el sofá con el tipo con el que ahora salía mientras veían una película.

Intentó tranquilizarse. Hojeó el libro buscando aquel cuento en el que aquella chica de los vídeos y la comida china decía que los hombres éramos todos unos hijos de puta, ya que nos preocupaban más los cuernos que la posibilidad de ser felices. Quizá fuera necesario y hasta beneficioso este paréntesis para salvar las cosas. Qué importa lo que ella esté haciendo con otro ahora si en esta o en otra hipotética vida la vuelven a pasar juntos.

Todos los días luego de poner el punto final al último artículo bajaba las escaleras y atravesaba la puerta hacia afuera, donde contemplaba esa inmensa pesadilla que restaba de noche antes de quedarse dormido. Una imagen lo perseguía: el sudor que brota de su cuello, le corre por el pecho hasta la punta de sus senos y cae en pequeñas gotas sobre él.

 Un día la llama y ella acepta que se vean en su apartamento. Cuando llega encuentra que la puerta está abierta. Entra y escucha la ducha. Ella se está bañando. Da unas vueltas por la sala, un tanto nervioso. Se asoma al ventanal de vidrio y observa el antiguo altillo desde el balcón. El reflejo de las luces dibuja formas sobre la bahía.

 ¿Qué, te vas a quedar ahí para siempre?, dice ella desde el baño.

 Respira hondo, se decide y entra. Ella lo mira con los ojos fijos, desnuda, con sus formas fluctuando por los efectos del agua. Allí estaba esa chica para quien era un verdadero problema ser linda y se dijo entonces que ella, no la del cuento, sino ella, la pebeta de la Boca, a la que tenía enfrente, tal vez también necesitara una pequeña ayudita para seguir soportando su belleza.

 En el momento en que se frenó delante de la bañadera ella miró hacia arriba y le dijo, formando las palabras sin sonido: ¿Hacemos las paces? Después, la sonrisa fue atenuándosele en la boca y le empezó a brillar en los ojos, temible y desvalida al mismo tiempo.

Mientras se metía en la bañadera, él pensó si eso que estaba pasando era el principio de una maratón altruista o apenas una claudicación más. Pero no le importó demasiado; siempre le había resultado difícil pensar adentro del agua”.

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