El guaraní goza de muy buena salud

El guaraní es nuestro idioma fuerte. Mucho más fuerte que el castellano.

  • Por eso lo inunda no solo de sus vocablos sino de su ritmo vital.

"El guaraní del mundo rural y sus pequeñas aldeas irrumpe el asfalto". Foto: Camino al Paraguay.

El guaraní del mundo rural y sus pequeñas aldeas irrumpe el asfalto recreándose todos los días e influyendo decididamente en el castellano. Del castellano y otros idiomas toma prestado la cantidad de vocablos que le sirve para comunicarse, incluso mucho más de lo que necesita, pero mantiene su estructura linguística. Los guaraní hablantes acomodan esos vocablos a la estructura lingüística, mientras que el castellano, en esta préstamo, sufre alteraciones importantes hasta, por ejemplo, utilizarse casi una sola preposición para todos los casos: chutamos por la pared, pegamos un clavo por la pared y casi todo lo hacemos por, una preposición que implica razón o a través de. Traemos el por del mundo guaraní y su vocablo re con que decimos parere, itare… Igualmente, en nuestro castellano paraguayo los tiempos pretérito perfecto y futuro perfecto son un decorado escolar. El mundo guaraní trasmite el movimiento en su lengua y por lo tanto las acciones tienen movimiento, un movimiento que avanza en el castellano sin pedir permiso. Difícilmente digamos “iré a tu casa”. Diremos, en cambio, “me voy a ir a tu casa” (Ahata nderoguape). En vez de “llegaré en diez minutos”, diremos, probablemente: “voy a llegar en diez minutos”. El “voy y vuelvo” en vez de volveré no es otra cosa que la traducción literal de la frase guarani “ahata aju”.

Esa irrupción del mundo campesino en el paisaje suburbano paraguayo ha impuesto en el castellano una cantidad de interjecciones: na, piko, niko, rahe… “¿Ke pio lo ke tanto, soy paraguayo y qué?”, nos dice Ulises Silva en esa polca cumbiada que invadiera las radios comerciales en el 2007

Escuchar hoy frases como “¿querés piko venir hoy a mi casa? o “nderana” (asombro) aun en gentes de clase media o alta es muy común. La configuración de una nueva masa con gente principalmente de orígenes rurales ha generado fenómenos antes no visto en el propio microcentro de Asunción como el de escuchar purahei jaheo a las tres de la mañana en el panchero de Azara y Antequera. Algo similar está ocurriendo en Buenos Aires, donde ya somos una “inmensa minoría”. No solo en las construcciones se escuchan a los nuestros hablar guaraní sino que ya lo hacen en los trenes, en las calles de Constitución, Retiro y en intermedios laborales en las tiendas.

Sí, nuestra lengua es muy promiscua. Decimos “ha prepará la informe ina”, utilizando, por ejemplo, en una frase de cinco vocablos dos de supuestas raíces españolas. Nótese, sin embargo, que esos vocablos se introducen en la estructura lingüística sin romper el ritmo vital del idioma, cuestión que no pasa con el castellano al sufrir éste alteraciones principalmente en los tiempos.

Muy por el contrario de los que genuinamente se preocupan “por rescatar el guaraní”, son los puristas del castellano los que en nuestro país deben sentirse seriamente preocupados y analizando cómo «rescatar» su lengua madre de la extendida influencia guaraní. Como todo lo vital, el guaraní es irredento y, por lo tanto, sin nada que rescatar. Sí se lo puede encausar, jerarquizar e institucionalizar para revertir el status de “idioma de pobres”, “lengua de campesinos”, “lengua de retraso”.

Todo el trabajo en ese sentido es absolutamente necesario y contará con el esfuerzo de la gente que entiende -y somos muchos- que una compuerta enorme para el progreso humano en nuestro país seguirá cerrada en tanto se mantenga el guarani como el idioma doméstico, kachiai, folklórico y fuera de los espacios públicos: escuelas, universidades, ministerios, medios de comunicación…

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