El gobierno del azar, el matador y la fiesta en España

En el país donde se inventaron las máquinas modernas han expoliado la intuición de un pulpo en apuestas por partidos del mundial. El pulpo, un bicho extraordinario, le dio en el clavo en todos los partidos que ha jugado Alemania y en el partido final eligió comer de la caja con la bandera roja y amarilla de España.

Con el pronóstico en contra, Holanda jugó un partido para olvidarlo, salvo por dos entradas de Robben que el azar, el estirón de Pujol y la concentración excepcional de Iker Casillas definieron que las redes no sean el destino de esa pelota endiablada para los arqueros en los primeros partidos.

Este mundial nos demostró, una vez más, que sin magia rara vez salen todas las cosas. Y que sin esquema depurado no hay magia que salve. Dos extremos con idéntico resultado fueron, en este mundial, Brasil y Argentina.

En Argentina, con Maradona, un líder de emociones desbordantes, encontró un paredón demoledor en Alemania.

Brasil, que apostó a un esquema sólido, vertical, pragmático, no tuvo cómo reponerse a dos jugadas desgraciadas. Un poco de aceite quemado en el motor hace que este chispee, que las tuercas se desacomoden, que el pistón jale a destiempo y que las corridas por los laterales de Maicom y esa pelota que Kaka disputa, gana y triangula arriba, terminen en el enredo como en una maraña existencial.

Cómo reponerse de una catástrofe

En el Mundial del 2006, la escuela contemporánea de la Argentina del fútbol total -la que había sacado a Velez Sarsfield campeón intercontinental de la mano de Carlos Bianchi y de un José Luis Chilavert que nos demostró que la soberbia no es patrimonio particular de los porteños-, no pasó, de la mano de Marcelo Bielsa, uno de sus más encumbrados maestros, la primera ronda. Era una máquina poderosa que presionaba por todos lados, recuperaba balones y recreaba con precisión. Con ese esquema aparentemente infalible ganó las eliminatorias sudamericanas de punta a pértigo. Pero en la primera ronda del Mundial, Argentina enfrentó a otros inventores de la máquina moderna: Inglaterra y Suecia. Con la magia ausente, la máquina se desenchufa.

El fútbol total, que dominara la última década del campeonato argentino, no pasaba primera ronda. Es una catástrofe que en Argentina no se discutió sino que explotó en caos, en negación, en bulla, en desazón y desorientación. Un golpe incomensurable como el que sufriera Brasil en 1982 con el equipo de Zico, Falcao, Sócrates, contra Italia, cuando Paolo Rossi actuó de ladrón y encajador de pelotas, colgando de una nube cenicienta el juego bonito. En la desorientación, en la Argentina se apostó, luego de otras apuestas, por Maradona, un mago con las pelotas, al que en el último partido de las eliminatorias lo vieron sacar de la galera al viejo, zancudo, pelilargo, estirado Schiavi y a Palermo. En el último segundo del partido contra Perú, Palermo metió la pierna en el enredo defensivo para bailar la danza antigua de pasión en un campo mojado por la lluvia, la ansiedad, el sudor y una muchedumbre que desbordaba incontenible.

“Que me la chupen…”, vomitaría, en conferencia de prensa, con esa rabia y coraje de barrio, alma y centro del lenguaje popular argentino, Diego Armando Maradona, a los que cuestionaban su designación como director técnico de Argentina.

De la Argentina del Marcelo Bielsa tenso, contenido, huraño, que rumía cada palabra que sale de su boca con letargo de tantas neuronas atropelladas, al Dios del desafuero, a Dios del pibe y el obrero que orinan en la muralla, del chico que juega para halagar a su nena, a su madre, a sus amigos, del chico de las pelotas dominadas en los pies en las cuadras, en el baldío, en las callejas; en fin, el fútbol de los pobres, masa primera de este gran negocio planetario.

El extraño caso

Un director técnico que combinó excepcionalmente la razón con el corazón y las vísceras, como en una catarsis esencial o una liturgia de sanación, es Washington Tabarez. Sus jugadores eran obreros construyendo una misma casa, la suya, la que se hace con esfuerzo, dedicación y eso que llaman amor. De ese obraje, sobresalieron nítidamente sus jugadores con mayor capacidad técnica: en la delantera Diego Forlan, Luis Suárez y en el medio campo Diego Pérez. Esa mano de Luis Suárez que evitara el gol en el último segundo del partido contra Ghana no era la mano de Dios, sino del hombre en defensa de su frontera vital.

Luego, el penal errado, suerte dicen, mas cómo explicarse la suerte sin el esfuerzo, sin ese ánimo generalizado entre los jugadores y el arquero, cómo entender la energía de un arquero que acaba de vivir tres pelotazos interceptados por sus compañeros en motines de trinchera. Suerte, suerte, sí, claro, pero hay un ánimo que se vive, asusta y se teme. Absoluta concentración es lo que Tabarez logró con su equipo, de obreros en general, y algunos con ese algo tan necesario para concretar las jugadas en los pies como Forlan, elegido, con todos los méritos, el mejor jugador del Mundial.

¿Dónde estás matador?

En Paraguay cómo nos faltó Salvador en este mundial. Cómo. Para derrotar a Iker Casillas, inspiradísimo con su churra en las gradas y en las cámaras, se necesitaba algo más, algo más que las piernas pesadas de Roque (tantas hormonas le habrán puesto en Alemania), la zurda temblorosa de Tacuara y esa exquisita técnica de fútbol de salón de Lucas Barrios. Salvador lo tenía. De lo que se salvó España. No habrá justicia mayor que terminar con el negocio de las apuestas en México. “Te están buscando matador…” para agradecerte con un “sombrero español, sombrero español, sombrero español…” Hay fiesta en Madrid y en “toda España”. Bien por Sabina, Serrat y Rosario. Que lo disfruten.

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