El Estado no es una empresa privada

El gobierno de Horacio Cartes cerrará el ejercicio fiscal con una ejecución presupuestaria que probablemente no supere 60% en Salud y otras áreas sensibles de atención social.
Esta situación ha paralizado la satisfacción de necesidades básicas de la población al igual que cierta área de la competencia económica. Muchos proveedores del Estado quedaron marcando ocupado en este tiempo.
El secretario general del presidente Horacio Cartes, Juan Carlos López Moreira, es el gerente general de sus empresas. Buena parte de la tecnocracia que ahora gobierna el país está formada en el “espíritu” empresarial.
Cartes lo necesita a López Moreira muy cerca.
Fuera de sus necesidades, gran patrón y presidente, Cartes ha instalado en gestión pública una tecnocracia que piensa como gerente de empresas privadas
El actual “espíritu” del capitalismo, en su dimensión empresas privadas, es la mayor renta posible a menor costo. Este espíritu echó por tierra antiguas formas de gerencias y de organización productiva. El activo financiero se apropió de la acumulación mayor, dejando rezagadas muchas formas reales de producción de riquezas. Y así nos va.
El antiguo administrador, encargado de mantener buenas relaciones con proveedores y el prestigio de la marca, fue cambiado por gerentes que tienen la responsabilidad de juntar la mayor plata posible para los patrones, generalmente invisibles.
En este tránsito, adquirió gran fama la gerencia de marketing y, aunque sombría, anodina y casi fantasmal, la dirección de recursos humanos se convirtió en la herramienta de ajuste de costos más importante: el costo laboral. Como ocurre con los capataces en las estancias, se convierten en la imagen de todo mal para los trabajadores. Con patrones ausentes, gerentes ágiles que proyectan la imagen de que la empresa se mueve gracias a ellos, la bronca ope contra recursos humanos: por el no pago de seguro social, las jornadas nocturnas mal recompensadas, las condiciones generales de trabajo pauperizadas. Ere, eréa.

Así como en la estancia no es el patrón sino el capataz el malo, en las empresas ocurre algo parecido con los jefes de Recursos Humanos.
Gerentes que cobran 20 o 30 millones y trabajadores que apenas sobreviven con sueldos mínimos son resultados concretos de ese “espíritu” de mayor renta a menor costo.
Hasta acá sirva lo dicho (hay mucha literatura sobre este “espíritu”) para distinguir con precisión qué es hoy una empresa privada de envergadura de lo que es el Estado, sus deberes y sus funciones.
El Estado, a diferencia de las empresas privadas, es una entidad de servicio, no de renta. Recauda para satisfacer demandas sociales: salud, educación y demás servicios básicos. La ecuación es completamente distinta: a mayor uso de dinero recaudado, mayor satisfacción del público tributario.
Su público tampoco es cliente, como en las empresas privadas, aunque en nuestro país exista el modelo clientelar como forma de gestión pública. Hoy busca recrearse a toda costa.
El Estado necesita tecnocracia que administre bien el dinero, utilice correctamente y precautele los derechos básicos establecidos.
Y claro, que no le tenga miedo ni amor al patrón.

 

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